sábado, 15 de marzo de 2014

“MAMÁ NO TRABAJA, ES AMA DE CASA”

“MAMÁ NO TRABAJA, ES AMA DE CASA”

Es lo que les enseñaron a decir en el colegio a las hijas de María, ama de casa desde hace 30 años. Tanto las propias amas de casa, como sociólogos y economistas, entre otros, reivindican la necesidad de que la sociedad lo conciba como un trabajo y deje a un lado la carga ideológica que conlleva el término y que lo denosta.
amas de casa, trabajo no remunerado
María está acelerada todo el tiempo. Revolucionada. Incluso cuando descansa, parece que tiene pisado el embrague, siempre lista para arrancar. Acaba de comer, ha recogido la mesa y ahora suena el teléfono:
— Sí, sí, puedo hablar ahora. Tengo el tiempo justo, eso sí, que tengo que ir a comprar cuatro cosas, cebollas y pimientos que no tengo, y antes de irme tengo que fregar los platos.
Todavía nadie le ha preguntado cuál es, según ella, el trabajo de una ama de casa y sin quererlo ya ha contestado.
En su congelador todo está bien colocado. Con una perfección que casi da rabia. Y nunca falta nada: «Si veo que me voy a quedar sin carne, pescado o verduras, antes de que se me gasten, compro para poder reponer», explica. Pero no con orgullo, sino suponiendo que es un denominador común de los congeladores españoles. Es malagueña, tiene 52 años y lleva casada casi 30. «Yo no decidí ser ama de casa, simplemente asumí el rol. Me quedé embarazada en la luna de miel. Sabía coser, pero no había estudiado porque a los 11 años me sacaron del colegio para trabajar en el campo. No teníamos dinero para que alguien cuidara de la niña, que además era muy nerviosa, comía muy poquito, no engordaba, siempre estábamos de médicos…», cuenta.
María duda cuando se le pregunta en qué consiste su jornada laboral. «Depende. Cuando mis dos niñas eran pequeñas pues levantarme para hacerles el desayuno, luego ventilas la casa, vas al mercadillo, haces la comida, las camas, barres la casa… Luego friegas los platos, recoges a los niños del colegio, los llevas a inglés, tiendes la ropa o la recoges, planchas», enumera de memoria, sabiendo que se deja otras tantas tareas por el camino. A pesar de realizar todas esas labores, cuando a las hijas de María les preguntaban en qué trabajaban sus padres, en el colegio les habían enseñado a decir: «Mamá no trabaja, es ama de casa».
«Ser ama de casa por supuesto que es un trabajo»
«El perfil de ama de casa es el de una mujer que busca la perfección, algo que acaba generándoles ansiedad y depresión. Si ven la tele media hora por la mañana se sienten culpables. Por ello, acaban ‘inventando’ tareas o sobredimensionando el tema de la limpieza. Solo con ocuparse de los niños, hacer la comida y un par de tareas básicas, la mayoría cumpliría con una jornada laboral de 8 horas», apunta el doctor en Psicología Esteban Rodríguez.
Pero esto no convence a todos. Ser ama de casa parece estar cada día más denostado. «El concepto tiene una carga ideológica fuerte, muchas mujeres se desvinculan de él», explica Josep Lobera, profesor de Sociología en la Universidad Autónoma de Madrid. Como si fuese incompatible con el feminismo, como si se tratase de un paso atrás en la independencia de la mujer. «Dedicarse en exclusiva a las tareas domésticas es una opción más entre las que tanto hombres como mujeres deberían poder escoger», responde Lobera.
El sociólogo expone en el estudio Identidad y significado de las amas de casa, que está a punto de publicar junto a Cristina García Sainz, la importancia de romper con el tópico de que el trabajo solamente existe si es remunerado y si se realiza fuera del ámbito del hogar. «Ser ama de casa por supuesto que es un trabajo», concluye Lobera. «Sin embargo, los medios son los primeros en rendir homenaje a las mujeres que trabajan fuera de casa el Día de la Mujer Trabajadora. Nunca se habla de las amas de casa», se queja María.
La activista feminista Alicia Murillo acude al discurso de las nuevas corrientes de economía feminista. Sus estudiosas, según Murillo, defienden que el trabajo visibilizado es la punta del iceberg. «Debajo del agua está la parte del iceberg que no se ve, la más robusta: los trabajos de cuidado realizados por mujeres de forma gratuita sin los que nuestra sociedad se vendría abajo», argumenta Murillo. «Un tiempo en huelga de cuidados por parte de ellas y el mundo colapsaría. Pero para eso hace falta tener conciencia de que somos una clase», añade.Actividades invisibles para el sistema pero sin las que el sistema se vendría abajo.
La desigualdad está cada vez más erosionada y las mujeres se han incorporado al mercado laboral. Pero, ¿habría sido posible sin un desarrollo industrial que propiciase un cambio social? Según el tipo ideal ‘parsoniano’ de familia, el obrero asalariado y el ama de casa cumplen funciones complementarias para asegurar la eficiencia de la sociedad y de la familia. «El desarrollo industrial no habría resultado tan exitoso si no hubiera estado soportado sobre este modelo familiar», apunta Lobera. Es decir, sin las amas de casa.  Según la teoría deTalcott Parsons, cuando el sector terciario (servicios) aumenta su peso en la economía es cuando las mujeres se incorporan masivamente al mercado laboral. Y entonces este modelo familiar entra en crisis.
La escritora y profesora estadounidense Silvia Federici escribe en su libro‘Revolución en punto cero’ (editorial Traficantes de sueños) que «tras cada fábrica, oficina o mina se encuentra oculto el trabajo de millones de mujeres produciendo la fuerza de trabajo que se emplea en esas fábricas, oficinas o minas». Federici aboga por remunerar este trabajo: «Cuando pedimos un salario por el trabajo doméstico estamos creando un espacio de lucha, haciendo visible la explotación». Sin embargo, la doctora en Economía Valeria Esquivel aseguraba en la revista feminista ‘Píkara’ que dar un salario a las amas de casa «va en contra de la idea de redistribución del trabajo doméstico». «La remuneración cosifica; estaríamos cayendo en una naturalización de ese rol», añadía Esquivel.
Por su parte, Alicia Murillo argumenta que «si los trabajos de cuidado fuesen valorados y pagados en lugar de estigmatizados, las cosas serían diferentes». «Para empezar, ellos ya no tendrían problemas en trabajar en casa mientras ellas salen a trabajar fuera. Ahora no quieren porque no les apetece hacerlo gratis. Y está bien, tomemos ejemplo. Reinventemos el trabajo doméstico y hagamos que además de un trabajo sea un empleo», concluye.
Sin embargo, la economista Valeria Esquivel, aunque aboga por que todos recibamos el cuidado necesario, especifica que deben ser los instrumentos políticos los que lo garanticen: «Si la remuneración de las mujeres es menor que la de los varones, ¿quién va a estar más horas en el mercado de trabajo? El varón, porque para la misma hora recibe más ingresos». Según la teoría de Esquivel, los incentivos están hechos para que los hombres estén más en el mercado laboral y las mujeres, en los hogares. Por lo que aunque el trabajo de la ama de casa fuese remunerado, seguiría siendo algo casi exclusivo de ellas.
Cuando la economista neozelandesa Marilyn Waring se dio cuenta de queel sistema contable era capaz de anotar el precio de un biberón pero era ciego al valor del amamantamiento, se lo comentó al famoso economista John Kenneth Galbraith. Más tarde Galbraith afirmaba: «La economía tiende a contabilizar solo lo monetario. Si no hay transacción, si no hay precio, no se mide. Eso hace que el trabajo de las amas de casa quede fuera de la contabilidad de un país. Es lo que se conoce como‘deuda de cuidados’.
De doctora a ama de casa
Aunque el cambio de modelo productivo supuso un cambio de modelo familiar en el que cada vez menos mujeres decidían trabajar en el hogar,todavía las hay que por iniciativa propia o por necesidad económica optan por ser amas de casa. Según el estudio de Lobera y García Sainz, el 67% de las amas de casa españolas tiene más de 54 años y solo el 3%, menos de 35.
Blanca Nieves Sánchez tiene 58 años y durante años trabajó exclusivamente en su hogar. Ella estudió Medicina, hizo el MIR y la especialidad. Aprobó las oposiciones para médico titular y, entre medias, se casó y se quedó embarazada. Cuando nació el bebé, decidió pedir una excedencia para cuidarlo. «Las profesiones siempre están ahí, pero los hijos no vuelven a ser pequeños. Yo quería disfrutar de eso», cuenta. Su hijo Lorenzo, el mayor de los dos que tiene, reconoce que con el tiempo se ha dado cuenta de que los reproches que le hacía a su madre no eran justos: «Llegué a decirle que qué manera de tirar su vida, que si se hubiera reincorporado a su trabajo estaría ganando el doble que mi padre, que para qué había estudiado una carrera como Medicina. Supongo que, cuando uno hace una carrera, cualquier otra cosa que no sea triunfar en ese ámbito le parece un fracaso».
Elena Díaz tiene 34 años y estudió Periodismo y Humanidades. Tiene dos hijos a los que cuida día y noche. Decisión propia, sí, pero también circunstancial: «Tenía un trabajo mal pagado y frustrante. Me di cuenta de que con lo que ganaba solo pagaba la gasolina para ir y volver del trabajo y pagar la guardería del niño. Así que mi marido y yo hablamos, echamos cuentas y decidí trabajar en casa». «¿Estudié yo dos carreras para quedarme en casa?», se pregunta Elena. «No. Pero tampoco las estudié para cobrar una miseria por diez horas de curro al día», se queja. «Así que sí, esta ha sido mi decisión y nunca he tratado de imponérsela a nadie ni me avergüenza. Me fastidia mucho que me traten de ‘antigua’ o ‘antifeminista’. Una ama de casa no es menos independiente ni menos progresista por el hecho de serlo», defiende.
Un caso similar es el de Teresa Martínez. Tiene 28 años y se casó hace dos. Hace menos de un año que nació su hija, por la que decidió pedir una excedencia en su trabajo como profesora de Primaria. «Cuando digo que soy ama de casa me miran con pena o condescendencia. Parece que si no trabajas fuera de casa no eres una mujer realizada, no eres feminista. Yo pensaba que la igualdad era poder decidir. De hecho, mi marido y yo ya lo hemos hablado, que en el momento en que quiera reincorporarme al trabajo, él se encargará de la casa. Lo que tenemos claro es que queremos que uno de los dos esté con la niña, porque sí, porque así queremos criarla». 
Antes de irse a comprar los pimientos y las cebollas, María pide permiso para decir una última cosa: «¿No se dice que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer? Pues detrás de esta gran sociedad hay grandes amas de casa». La lucha ahora es que no estén detrás, sumergidas, sino a su misma altura. Visibles. Como el resto de mujeres trabajadoras. 
«Porque todas las comidas se han cocinado, los platos y las tazas lavado; los niños enviados a la escuela y arrojados al mundo. Nada queda de todo ello; todo desaparece. Ninguna biografía, ni historia, tiene una palabra que decir acerca de ello» (Virginia Woolf)
 Nota: Alicia Murillo resume con humor en este vídeo que hizo para ‘Píkara’algunas de las ideas recogidas en el reportaje.
)
Artículo de Noemí López Trujillo, visto en gonzoo.com

viernes, 14 de marzo de 2014

Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital

César Rendueles
Sociofobia. El cambio político en la era de la utopía digital
Madrid, Capitán Swing, 2013
206 pp. 15 €
Desde que se publicó hace unos meses, este ensayo no ha hecho más que venderse, hasta agotar sus dos primeras ediciones, encontrando además un considerable eco en los medios de comunicación especializados de nuestro país. Su tesis principal es que el capitalismo es un sistema de organización socioeconómica profundamente injusto, que ha destruido los vínculos comunitarios tradicionales, vínculos deseables que las tecnologías de la información sólo simulan restaurar; lo simulan, porque lo que en realidad hacen es extender los dispositivos del mercado a todas las esferas de la vida social. Acaso pueda resultar chocante que tesis tan radicales cosechen este relativo éxito, pero quizás este tenga mucho que ver, precisamente, con el juego de la oferta y la demanda en el mercado de las ideas: este libro dice cosas que una buena parte del público quiere leer, porque desea que sean ciertas. Que lo sean o no, sin embargo, es una cuestión distinta, que la obra misma no logra resolver.
Vaya por delante que, a pesar de la formación del autor, doctor en Filosofía y profesor del departamento de Teoría Sociológica de la Universidad Complutense, no estamos ante una monografía académica, sino ante un ensayo orientado al pequeño gran público. No solamente se trata de una opción legítima, sino saludable: el ensayo político sólo logrará un cierto eco si aligera su aparato erudito. Y las editoriales son las primeras en saberlo. Dicho esto, la obra habría necesitado de un mayor sostén bibliográfico, porque muchas de sus afirmaciones así lo exigen. Sostiene Rendueles, por ejemplo, que alimentar a la población mundial nos obliga a destruir el mundo tal y como lo conocemos; que el desarrollo tecnológico está correlacionado con un aumento de la desigualdad material a lo largo de la historia; que las pruebas empíricas sugieren que Internet limita la cooperación y la crítica políticas (pp. 31, 43 y 53). En ningún caso, sin embargo, se aporta ni una sola referencia que justifique tan discutibles argumentos. Se echa de menos, en fin, un trabajo de edición más riguroso.
Estos ejemplos nos ponen en la pista del estilo desplegado por su autor, una suerte de ironía tremendista cuya función es llamar la atención del lector sobre las iniquidades del capitalismo como premisa mayor de su ensayo. Así, se nos informa de que el mero hecho de llamar por un teléfono móvil nos convierte en cómplices inconscientes de la muerte de miles de personas en las guerras del coltán, que la industria del libro está integrada plenamente en la economía de casino, que lo que determina quién gana qué en la economía cognitiva global es la lucha de clases y no una evaluación ciega en la revista Nature, e incluso aprendemos que «si muere un hermano o un amigo no podemos buscar otro en una base de datos para reemplazarlo» (pp. 134, 63, 59 y 94). Pocas dudas caben de que esta clase de afirmaciones cosecharán el aplauso de su público objetivo, pero difícilmente servirán para que quienes se sitúen fuera de éste se interesen por las tesis principales del autor; y es una lástima. En realidad, la mayor parte de esas tesis podrían haber sido defendidas sin necesidad de elevar una enmienda a la totalidad de las democracias capitalistas contemporáneas, pero Rendueles ha elegido arrancar de una caricatura de nuestras sociedades en lugar de hacerlo de su retrato fidedigno. De alguna manera, su capitalismo es un hombre de paja, un antagonista imaginario creado por el autor.
Fiel a sus postulados, Rendueles plantea una crítica frontal del capitalismo. Por una parte, este «ha destruido las bases sociales de la codependencia instaurando un proyecto socialmente carcinógeno y nihilista» (p. 146), para sustituirlo por una utopía mercantil que promete satisfacer nuestros deseos «sin necesidad de atravesar una tupida red de conexiones familiares, religiosas, afectivas o estamentales» (p. 26). Rendueles es aquí seguidor de una larga tradición de estudios sociológicos, que, desde Durkheim a Weber, viene señalando el desmantelamiento de la comunidad tradicional a manos de la modernidad como uno de los aspectos decisivos de la segunda. La vieja contraposición, en fin, entre la Gemeinschaft y la Gesellschaft: añoramos la primera porque estamos a disgusto en la segunda; o eso creemos.
A eso añade Rendueles otra crítica de largo recorrido: reformula la declaración profética de Marx, según la cual todo sería mercancía algún día, de manera rotunda: «La compraventa ha colonizado nuestros cuerpos y nuestras almas» (p. 21). Por cierto que Michael Sandel, en su último libro, denuncia abiertamente el mismo proceso. Y no cabe duda de que le mercantilización se ha intensificado en el último siglo, a medida que el capitalismo organizado del fordismo mutaba en un capitalismo desorganizado basado en el consumo de masas y la hiperdiferenciación de la oferta de bienes y servicios, a la que han respondido con entusiasmo unos ciudadanos siempre dispuestos a ocupar su ocio yendo de compras. ¿Significa esto que estamos entregados, en cuerpo y alma, al intercambio mercantil? Se antoja exagerado, aunque bien puede verse así.
Más original es Rendueles cuando expone su idea principal: la crítica al ciberfetichismo dominante en nuestros días. Su noción de ciberfetichismo es una extensión del fetichismo de la mercancía enunciado por György Lukács, es decir, la deificación de la red como solución tecnológica a los problemas sociales. Para nuestro autor, el utopismo digital es una forma de autoengaño: «Nos impide entender que las principales limitaciones a la solidaridad y la fraternidad son la desigualdad y la mercantilización» (p. 35). ¿Y no podría ser que las limitaciones de la solidaridad y la fraternidad se expresen en la desigualdad y la mercantilización? La ideología de la red sería un obstáculo para lo que, a su juicio, debería servir la vida en común: cuidar los unos de los otros. De alguna manera, el auge de las tecnologías de la información opaca el debilitamiento de una comunidad tradicional cuya existencia es precondición para el compromiso social, la participación política y el cuidado mutuo: «Internet sirve para intercambiar series de televisión, pero no cuidados» (p. 148). Rendueles rechaza la idea de que las tecnologías de la comunicación tengan una capacidad intrínseca para facilitar la sociabilidad. Y de ahí la sociofobia del título, que parecería ser el producto de otra forma de fetichismo –fetichismo de la eufonía– antes que una descripción rigurosa del contenido.
Se diría que la lectura que Rendueles hace del impacto social de las tecnologías de la información es demasiado simplista, o, si se quiere, está condicionada en exceso por su deseo de llevar hasta el final su defensa de una comunidad altercapitalista. Desde luego, estas tecnologías poseen una capacidad intrínseca para facilitar la sociabilidad, en la medida en que conectan con extraordinaria facilidad a unas personas con otras. Cuestión distinta es el uso que se dé a este formidable instrumento comunicativo; tal vez la sociabilidad resultante no cumpla los estándares de cuidado demandados por el autor. (Ahora bien, dejando aparte el hecho de que hay formas del cuidado que no toleran la mediación, tampoco es evidente por sí mismo que Internet no sirva para intercambiarlos.) ¿O es que nos consta que nadie, en las redes sociales, se embarca en acciones empáticas? ¿No pueden unos padres primerizos encontrar consejo y consuelo a sus cuitas en webs y chats dedicados al particular? ¿No facilitan estas tecnologías, desde WhatsApp a Skype, el mantenimiento del contacto frecuente entre familiares o amigos que viven en países distintos? ¿No es la red en sí misma una fuente extraordinaria de consuelo y entretenimiento para quienes viven solos o en zonas rurales aisladas? Y eso, omitiendo las innumerables ventajas que proporcionan las tecnologías de la información en todos los campos de la vida social, facilitando la cooperación y amasando datos que sirven tanto al avance de la medicina como a los analistas de mercados.
Para el autor, Internet también reduce la cooperación y la crítica política, al tiempo que es incapaz de generar compromiso ético. Pero parecería más bien que sucede justo lo contrario. Por un lado, la cooperación entre sujetos, instituciones y empresas nunca fue más fácil ni abundante, por la sencilla razón de que los costes de oportunidad se han visto dramáticamente reducidos. Si empleásemos una fórmula del estilo de las que abundan en el libro, podríamos decir que Internet va más allá de Facebook. Hay toda clase de proyectos cooperativos que se originan en la red o se benefician de ella, haciendo uso de toda clase de instrumentos digitales, desde las wikis hasta las plataformas. Ahí está el fenómeno del llamado consumo colaborativo para ejemplificarlo, u otros instrumentos informales de cooperación, como las webs que permiten viajar con alguien que va en la dirección que nos conviene a cambio de contribuir al combustible, dormir en el sofá de un desconocido haciendo coach surfing, o diseñar una plaza de Nueva York. En todos estos supuestos, el contacto cooperativo facilitado por Internet da paso a un encuentro personal que no tiene nada de sociofóbico.
En cuanto a la participación política, tampoco parece lógico pensar que Internet la restringe, en lugar de potenciarla. Por una parte, la proliferación de toda clase de asociaciones y movimientos sociales, capaces ahora de conectarse entre sí en forma de redes regionales, nacionales o internacionales, obedece en gran medida a los recursos organizativos proporcionados por las tecnologías de la información, que hace mucho más sencillo organizarse, movilizarse y formular demandas sustantivas en la esfera pública. Y si nos limitamos a los ciudadanos no comprometidos con proyectos colectivos, ¿participan menos ahora que antes? Difícilmente. Sobre todo, porque la participación política puede entenderse no solamente como una acción directa (manifestaciones, asambleas, protestas), sino también como una panoplia de acciones indirectas (obtención de información, participación en el debate público, expresión no institucionalizada de las opiniones políticas propias). Y resulta difícil pensar que Internet ha reducido la posibilidad de llevar a cabo estas últimas; sería, más bien, al revés. Si entendemos la política en términos de deliberación pública e influencia de los ciudadanos sobre el gobierno, la multiplicación digital de las conexiones de los ciudadanos sólo puede ser tener efectos positivos. Otra cosa es que podamos expresar decepción ante la calidad de esa participación; pero esa decepción sería el fruto de unas expectativas absurdas acerca del interés y competencia del ciudadano medio.
Pero, ¿es el ciberfetichismo incapaz de generar compromiso ético? No está claro. Movimientos como el 15M, Occupy Wall Street, o el Cinque Stelle liderado en Italia por Beppo Grillo no habrían podido tener éxito sin las herramientas organizativas digitales. De hecho, no está muy claro por qué Internet habría de influir directamente en el volumen de compromiso ético adquirido por los ciudadanos, cuando lo que hace, primeramente, es facilitar el contacto entre ellos. Rendueles sugiere que Internet nos vuelve más egoístas, porque los vínculos establecidos en su interior difieren de los tradicionales y, al ser más abstractos y distantes, constituyen una versión paródica de los lazos comunitarios. El paradigma de ese comportamiento desapegado sería la solidaridad de coste cero consistente en pulsar me gusta en el botón de cualquier iniciativa solidaria condenada a ser olvidada de inmediato. Pero estas prácticas no vienen a reemplazar otras más virtuosas, sino que siguen coexistiendo con ellas al igual que sucedía antes del florecimiento de las tecnologías digitales. En Internet, por otra parte, el compromiso ético adquiere a menudo formas oblicuas, porque la constante producción de apps de todo tipo contiene un buen número de invenciones que hacen la vida más fácil: desde la organización del hogar o el control de la factura energética al préstamo de bienes o habilidades entre vecinos que no vivan a más de media hora de distancia a pie unos de otros, pasando por el acceso automático a diccionarios de lenguas extranjeras o listas de comercios de producción local. La solución de problemas expresa un compromiso, aunque no sea político ni radical.
Son significativas, a este respecto, las páginas que el autor dedica al proyecto socialista. Porque otra de sus tesis es que la izquierda se ha equivocado al abrazar el ciberfetichismo. Estaría abrazando un espejismo o, peor, un holograma proyectado sobre las verdaderas causas de la desigualdad y la anomia contemporáneas. Que el socialismo realmente existente renunciase a la moral en nombre de la revolución tiene, para Rendueles, su lógica: porque no puede combatirse un sistema injusto con la moral en la mano. Frente a éste, el socialismo es una propuesta ética sustantiva, ya que propone «un proyecto de organización social considerado preferible» (p. 138); aunque para quién sea preferible es menos evidente. Rendueles lo expresa a su manera: «Uno no hace la revolución para asentir plácidamente a un ideal de vida basado en los zapatos Manolo Blahnik, el paintball y los cruceros Disney» (p. 138). Paradójicamente, el autor admite que el hombre nuevo socialista fue un completo fracaso, que, sin embargo, apunta en una dirección interesante: la necesidad de fundar cualquier cambio político en el respeto a nuestros rasgos antropológicos, aquellos, justamente, que el socialismo revolucionario quiso dejar a un lado. ¿Y cuál es la conclusión esencial que se deduce de esos rasgos? «Sencillamente, no podemos vivir sin la ayuda de los demás» (p. 143). Naturalmente. De hecho, quien se compra unos zapatos de Blahnik busca la aprobación de los demás, igual que quienes juegan al paintball o hacen un crucero Disney persiguen su compañía. Si esas prácticas nos disgustan por su frivolidad o vulgaridad, es un problema distinto, aunque no sea un problema menor. Pero, por otro lado, podría decirse que el principio según el cual el ser humano no puede vivir sin la ayuda de sus semejantes está consagrado en las constituciones de los países desarrollados, adoptando en ellas una expresión muy precisa, en forma de políticas redistributivas y redes estatales de protección social. Esto puede considerarse un paliativo; quizá la vida sería más agradable si se pareciese a una película de John Ford. Pero quizás entonces no existirían la igualdad de género, los derechos de los homosexuales o el arte de vanguardia.
Si existe una alternativa precisa a la mezcla de capitalismo y ciberfetichismo en que estaríamos instalados, no se encuentra detallada en el libro. Así suele suceder con las propuestas neorrevolucionarias: sus autores saben que no quieren estar aquí, pero no poseen un dibujo preciso de adónde habríamos de ir exactamente. La vaguedad de esa alternativa se pone de manifiesto en los intentos que hace Rendueles por bosquejarla. Así, discutiendo la actual organización de las industrias culturales, dice: «Es verosímil pensar que se podía haber desarrollado un sistema de producción, difusión y remuneración cultural en el que el mercado desempeñara un papel marginal o, al menos, no central» (p. 56). Más adelante, más oscuramente: «Una sociedad postcapitalista debería ser capaz de articular su entorno productivo mediante institucionalizaciones diferenciales dependientes del contexto» (p. 171). A esto añade la conocida demanda de que las instituciones económicas se sujeten a deliberación democrática. Hay que suponer que se refiere a la deliberación ciudadana o popular, porque, en la práctica, las instituciones económicas no están sustraídas a la deliberación democrática: el diseño de los mercados, las políticas monetarias, la consolidación fiscal y su alternativa keynesiana; hay un permanente debate público en marcha sobre ellas, aunque diste mucho de articularse rousseaunianamente.
En última instancia, lo que Rendueles lamenta es que la ética del cuidado no sea el pivote central de nuestras instituciones sociales. A su juicio, necesitamos una refundación moral basada en el retorno de la comunidad: «El cuidado mutuo es la base material de un vínculo político racional alejado del capricho individual o del formalismo contractual» (p. 146). La cursiva es mía: la caracterización de los vínculos comunitarios como «racionales» es bastante discutible. ¡Ahí está Cataluña! Y ahí están los fundamentalismos religiosos. Es probable que la vida en comunidad sea más confortable que fuera de ella, pero se diría que el sentido en que Rendueles habla de la comunidad es demasiado restringido y exclusivo. ¿No formamos parte de distintas comunidades, que van desde la familiar a la profesional, pasando por comunidades electivas tales como las de la amistad o la comunidad de lectores o botánicos a las que pertenecemos por ser esas –u otras– nuestras aficiones? Internet crea otro instrumento para la formación de comunidades, que, al carecer en muchos casos del elemento interpersonal, se nos antojan más falsas que las tradicionales. Pero no hace falta invocar Puerto Hurraco para saber que no es oro todo lo que reluce en la comunidad tradicional.
Hay varias formas de interpretar la lectura que el autor hace de Internet. Trasluce en ella cierta inclinación de la izquierda más crítica a la sospecha: la sensación de que el capitalismo está siempre dándonos gato por liebre. Y eso a pesar de que, como Rendueles mismo admite, empresas como Ikea, Zara o H&M tengan un aire socialista bastante marcado: ¡todos felices con el mismo mueble en el salón! Dicho esto, el libro presenta un argumento sobre el papel de las tecnologías de la información en nuestra imaginación política y en nuestras prácticas de socialización que merece ser debatido. En este sentido, de hecho, quizá podamos explicarnos las tesis de este libro y el deseo de los lectores por verlas formuladas como una expresión de la desorientación cultural que sigue a la irrupción de las tecnologías de la información. Y como reflejo del deseo generalizado de que cambien los valores en la dirección –faltaría más– de una mayor bondad, generosidad y afecto por parte de todos. A ver si hay suerte.
Manuel Arias Maldonado es profesor titular de Ciencia Política de la Universidad de Málaga. Ha sido Fulbright Scholar en la Universidad de Berkeley y completado estudios en Keele, Oxford, Siena y Múnich. Es autor de Sueño y mentira del ecologismo (Siglo XXI, Madrid, 2008) y de Wikipedia: un estudio comparado (Documentos del Colegio Libre de Eméritos, núm. 5, Madrid, 2010). Su último libro es Real Green. Sustainability after the End of Nature (Londres, Ashgate, 2012).
28/02/2014

jueves, 13 de marzo de 2014



►FacebookTwitterYouTubeInstagramGoogle+VineEnglish Version Lima, Perú. Jueves, 13 de marzo de 2014"Año de la Promoción de la Industria Responsable y del Compromiso Climático"15:34:20 InicioPolíticaEconomíaLocalesRegionalesInternacionalCulturalDeportesClicMiscelánea TitularesGalería FotográficaVideosTV AndinaServicio RadialContáctenos Advierten que padres dejan de lado enseñanza de control de impulsos agresivos


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Lima, Perú. Jueves, 13 de marzo de 2014
"Año de la Promoción de la Industria Responsable y del Compromiso Climático"
15:34:20
Advierten que padres dejan de lado enseñanza de control de impulsos agresivos
Se cultiva desde niñez en hogar y no le corresponde solo al colegio
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 Foto:ANDINA/Difusión
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14:03.
 Lima, mar. 11.
 La inteligencia emocional, que permite controlar los impulsos agresivos y las situaciones conflictivas, se aprende y desarrolla en el hogar desde la niñez, siendo un error de los padres pensar que ello se puede delegar a la formación escolar donde se cultiva sobre todo el conocimiento, sostuvieron hoy especialistas.


El psicólogo clínico Daniel Henríquez indicó que muchos padres han relajado su rol de crianza y dejan en manos de los docentes, familiares o incluso la empleada doméstica la tarea de formación de sus hijos, justificando su ausencia y falta de tiempo por obligaciones laborales o compromisos diversos.
Comentó que casos como los del reciente asesinato de una mujer a manos de su hija adolescente en una vivienda de La Molina, y el de la agresión infligida a una suboficial de la Policía por el regidor metropolitano Pablo Secada, revelan una ausencia del control de las emociones.
El especialista agregó que junto con la inteligencia emocional y desarrollo de la autoestima de sus hijos, los padres dejan de lado aspectos importantes de la formación personal como el respeto a las personas y a las normas, enseñar a asumir responsabilidades, así como poner límites a las acciones que pueden afectar a los demás.
"Muchos padres no lograr equilibrar apropiadamente la vida laboral y el éxito profesional con aspectos familiares que son también muy importantes", subrayó en diálogo con Canal N.
Henríquez Villegas señaló que una niña o niño con problemas para controlar sus emociones y con reacciones violentas revela una crisis familiar y problemas de interacción entre sus miembros.
En casos extremos, donde ocurre el asesinato de un padre o madre provocado por su hijo o hija, se evidencia un núcleo familiar enfermo y que no ha sido atendido apropiadamente, puntualizó.
"El menor homicida no ha llegado a esta situación extrema de la nada, sino que existen antecedentes de interacciones conflictivas con sus padres, en las que el agresor se ha formado con una forma de pensar distorsionada sobre la vida", manifestó.
Casos recientes
Respecto al caso de la adolescente homicida en La Molina, el experto dijo que una evaluación psicológica permitirá determinar el grado de patología a nivel cognitivo y a nivel de personalidad, así como los factores de riesgo que pudiera presentar.
Dicha información se debe alcanzar al juez que verá el caso para que pueda ponderar y decidir si el menor es capaz de recibir atención en un centro especializado para su recuperación y reinserción en la sociedad o si debe ser internado en un centro de reclusión.
Sostuvo que cuando se analizan este tipo de casos hay que considerar no solo el por qué sino también el para qué sirvió la eliminación de la figura paterna o materna en la vida del adolescente victimario, tomando en cuenta que un menor de edad no ha culminado su formación personal.

En relación a la conducta impulsiva del concejal capitalino Pablo Secada, el psicólogo clínico refirió que se debe analizar dos planos: lo que somos y lo que exteriorizamos. "Generalmente lo que exteriorizamos es solo una parte de lo que realmente somos", dijo.
Afirmó que cualquier persona que actúa como lo ha hecho el regidor generalmente se cuida de no mostrarlas públicamente. "Algo debe estar fallando a nivel de su personalidad, como la forma peculiar de evaluar y valorar a los demás en función de su nivel de estudios o formación profesional", anotó.
Argumentó que una persona con alto nivel cognitivo no necesariamente tiene la inteligencia emocional para manejarse en sus relaciones con los demás. "A ello se suma la falta de capacidad para darse cuenta de que algo está fallando en nuestra conducta y las consecuencias de ello", expresó finalmente.
(FIN) LZD/RRC   
Publicado: 11/03/2014

Los Taurinos Huyen de la Coruña

El último mes ha sido frenético.orgaa actual empresa nizadora de la feria taurina de A Coruña ha renunciado a su realización para las siguientes ediciones, dando por finalizado un contrato público al que le quedaban todavía 2 años.
En las próximas semanas lanzaremos nuestra campaña internacional de apoyo, donde esperamos sumar soporte de organizaciones de todo el planeta para apuntalar el fin de las corridas de toros en la ciudad.
!Saludos¡

martes, 11 de marzo de 2014


wikipedia.org
Acerca de

Clara Zetkin

Político
Clara Zetkin, de soltera Clara Eissner (5 de julio de 1857 - 20 de junio de 1933), fue una política comunista alemana muy influyente, así como una luchadora por los derechos de la mujer. Militó en el Partido Socialdemócrata de Alemania hasta 1917, momento en el que ingresó en el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD), concretamente en su ala más izquierdista, la Liga Espartaquista, que acabaría formando posteriormente el Partido Comunista de Alemania (KPD). Fue miembro del Reichstag por este partido durante la República de Weimar desde 1920 a 1933.

Vida temprana[editar]

En 1874, tras finalizar sus estudios para convertirse en profesora, Zetkin entró en contacto con el movimiento obrero y femenino en Alemania, uniéndose al Partido Socialista de los Trabajadores (SAP) en 1878. Este partido había sido fundado en 1875por la unión de dos partidos anteriores: la Asociación General de Trabajadores Alemanes (ADAV) de Ferdinand Lasalle y el Partido Socialdemócrata de los Trabajadores (SDAP) de August Bebel y Wilhelm Liebknecht. En 1890 cambió su nombre al actual Partido Socialdemócrata Alemán (SPD).

Exilio[editar]

A causa de la prohibición de las actividades socialistas en Alemania dictada por Otto von Bismarck en 1878, Zetkin inicialmente se refugió en Zúrich en 1882, pasando posteriormente al exilio en París. Durante su estancia en París jugó un importante papel en la fundación de la Segunda Internacional. Adoptó el nombre de su marido, el revolucionario ruso Ossip Zetkin, del que tuvo dos hijos. Posteriormente, Zetkin estaría casada con el artista George Friedrich Zundel desde 1899 hasta 1928.
Junto con Rosa Luxemburgo fue una de las principales figuras del ala más izquierdista del SPD, oponiéndose a las tesis revisionistas de Eduard Bernstein en el debate que tuvo lugar al inicio del siglo XX.

Comienzo por la lucha de los derechos de la mujer[editar]

Clara Zetkin se interesó mucho en la política sobre la mujer, la lucha por la igualdad de derechos y el derecho al voto, impulsando el movimiento femenino en la socialdemocracia alemana. Entre 1891 y 1917 editó el periódico "Igualdad" y en 1907 se convirtió en líder de la nueva Oficina de la Mujer del SPD.

Internacional Socialista de Mujeres[editar]

El 17 de agosto de 1907 se celebró la primera Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, en Stuttgart (Alemania). Un grupo de 58 delegadas entre las que se encontraba Clara Zetkin fundaron la organización que hoy se conoce con el nombre deInternacional Socialista de Mujeres. En esta conferencia se nombró a Clara Zetkin Secretaria Internacional de la Mujer .
En el II Encuentro Internacional de Mujeres Socialistas que se celebró en 1910 en Copenhague (Dinamarca) en el que asistieron más de 100 delegadas Clara Zetkin yKathy Duncker participaron en representación del Partido Socialista Alemán y presentaron la propuesta de conmemorar un "Día Internacional de la Mujer" o "Día de la Mujer Trabajadora" en un acto de solidaridad internacional con los delegados de Estados Unidos que habían honrado la huelga de las trabajadoras del textil en 1910 con un Día de las mujeres de EE.UU. que empezó a conmemorarse en marzo de 1911 .

Lucha durante la Primera Guerra Mundial[editar]

Durante la Primera Guerra Mundial, Clara Zetkin, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo junto a otros influyentes miembros del SPD, rechazaron la política pactista del partido con el gobierno, la cual suprimía las huelgas obreras durante el conflicto armado. Junto con otros activistas antibelicistas, Zetkin organizó una conferencia internacional de mujeres socialistas contra la guerra en Berlín en 1905. A consecuencia de sus opiniones fue arrestada varias veces durante la guerra.
En 1916 Clara Zetkin fue una de las fundadoras de la Liga Espartaquista y del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD), escisión del SPD en 1917 en protesta por su actitud a favor de la guerra. En enero de 1919, tras la Revolución de Noviembre en el año anterior, se fundó el Partido Comunista de Alemania (KPD), partido al que se unió Zetkin, siendo elegida representante en el Reichstag entre 1920 y 1933. De este periodo data su entrevista con Lenin
Billete de 10 Marcos de la RDA con la fotografía de Clara Zetkin.
Hasta 1924 Zetkin fue miembro de la oficina central del KPD, y entre 1927 y 1929 fue miembro de su comité central. También fue miembro del comité ejecutivo de la Internacional Comunista (el Comintern) desde 1921 a1933. En 1925 fue elegida presidenta de la asociación de solidaridad "Socorro Rojo". En agosto de 1932, como presidenta del Reichstag al ser el miembro de más edad, hizo el llamamiento de esta institución a la lucha contra el nazismo..

Últimos años y muerte[editar]

Monumento de Clara Zetkin
Clara Zetkin propuso la idea del Día de la mujer trabajadora, mejor conocido como el Día Internacional de la Mujer, que fue declarado en su 2° segunda conferencia, y se indica que este será celebrado cada 8 de marzo en conmemoración de que en esta misma fecha, pero en1909, un incendio originado en una fabrica de Nueva York, Estados Unidos; ocasiono que 129 mujeres perdieran la vida.
Cuando Adolf Hitler y su partido nacional-socialista tomaron el poder, el Partido Comunista fue ilegalizado y elReichstag incendiado en 1933. Clara Zetkin se exilió de nuevo, esta vez en la Unión Soviética, donde murió el 20 de junio de 1933 en MoscúRusia, a la edad de 76 años. Fue enterrada junto a la muralla del Kremlin en Moscú.

Referencias[editar]

  1.  Internacional Socialista de Mujeres. «Historia de la Internacional Socialista de Mujeres» (en español/inglés/francés). Consultado el 16 de mayo de 2013.
  2.  Internacional Socialista de Mujeres (8 de marzo de 2013). «Declaración: Día Internacional de la Mujer 2013» (en español). Consultado el 16 de mayo de 2013.
  3.  Entrevista transcripta en inglés en La Emancipación de las Mujeres: Escritos de V.I. Lenin, entrevista con Clara Zetkin, Internat.Publ., en Marxists Internet Archive
  4.  Lenin on the Women’s Question (Clara Zetkin) (en inglés)

Otras lecturas[editar]

  • Clara Zetkin: escritos selectos, Clara Zetkin, 1991 ISBN 0-7178-0611-1
  • Clara Zetkin como locutora socialista Dorothea Reetz, 1987 ISBN 0-7178-0649-9
  • On the History of the German Working Class Women's Movement Clara Zetkin, Alan Freeman (introducción) ISBN 0-7453-0453-2

Enlaces externos[editar]

Acerca de Clara Zetkin

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