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miércoles, 23 de mayo de 2018
lunes, 2 de marzo de 2015
La mujer y la cultura cambiaron en los 60
La mujer y la cultura cambiaron en los 60
En su nuevo libro, el historiador relata los avances logrados en esa década, no solo en Colombia sino en Latinoamérica.
Foto:Santiago Aguirre
El pasado jueves se llevó a cabo en el Salón de Honor de la Universidad Andina Simón Bolívar la presentación del libro Los años sesenta. Una revolución en la cultura, del historiador colombiano Álvaro Tirado Mejía. En la mesa estuvieron Enrique Ayala Mora, el excanciller José Ayala Lasso y el escritor Jaime Marchán, quienes leyeron breves textos para contextualizar a los asistentes, sobre historia, política y literatura en los años sesenta. No faltó la mención a la relación que Ecuador ha mantenido con el país del norte, y de uno de los grupos emblemáticos de la época, los tzántzicos.
Al final, Tirado Mejía, habló brevemente sobre el papel de la memoria y el contexto en la elaboración de este tipo de libros. En una entrevista con EL TELÉGRAFO, amplió estas afirmaciones.
Usted señalaba que la memoria política era un poco susceptible de ser ‘mentirosa’ y por eso construyó este libro desde lo que había vivido. ¿Es posible sustraerse del contexto político?
En primer lugar, este libro tiene mucho de memoria pero no memoria clásica. No estoy ahí en primera persona, pero todo lo que está ahí lo viví, no porque lo protagonizara sino porque lo vi por televisión o lo supe por otros medios. Segundo, actúo como historiador, así, en vez de acudir a la memoria, pongo los respectivos pies de página, pero sí me sirvió la memoria para saber cosas que un historiador dentro de 200 años no sabría porque no está en las bibliotecas. Tercero, decía que desconfío -aunque las leo mucho y me parecen muy útiles- de las memorias de los políticos, porque, en general, y eso es humano, quien las escribe lo hace para mostrar la importancia que tuvo, el valor de sus actos o a veces incluso para tapar o dar su versión sobre cuestiones controvertidas. Me viene a la mente lo que dijo Winston Churchill: “Nosotros ganamos la guerra, pero yo la gané sobre todo porque yo la escribí”.
Por supuesto, todo es político, porque esto es una visión del mundo. Seguramente, otro contemporáneo mío dirá que los sesenta fueron un horror, porque la familia se disgregó por la minifalda, inmoral. En ese sentido, todos tenemos nuestra visión política. De lo que sí abomino, sobre todo en literatura, es de la literatura política que no tenga un valor literario importante.
Hablaba sobre los cambios que protagonizaron las mujeres en aquella época. ¿Se ha avanzado realmente?
Sí creo que hemos avanzado pero aún falta mucho. Cuando hablo de avances, me refiero a algunas partes del mundo. Hay sociedades que tienen una valoración de la mujer muy diferente y atrasada. Pero indudablemente, de lo que pasó en los sesenta ha habido avances, como el uso de los anticonceptivos en forma masiva. Desde entonces, la mujer puede disponer de su cuerpo y su sexualidad. Existen aún tabúes sobre el sexo, pero la vida de las parejas cambió, definitivamente, ya no hay ese misterio, prohibición.
Luego, la mujer logró el acceso masivo a la educación. En este país, entiendo que el 80% puede acceder a la educación, en mi país el 60%. Hubo una apertura para ocupar cargos de importancia. En los sesenta fue la primera vez que una mujer ocupó un puesto en la Bolsa de Nueva York. Cuando se dieron las conversaciones sobre la guerra de Vietnam, los vietnamitas encargaron a una mujer que presidiera la delegación. Es decir, contribuyó todo a un avance.
Cuando menciona la contextualización de los hechos históricos, ¿no se pierde un poco su objetividad al ser el narrador?
La objetividad absoluta no existe, por la visión propia del mundo. Ayuda mucho realmente el acudir a fuentes, siempre citar, tratar de ubicar referencias. Sobre el asunto de la objetividad, es una cuestión de profesionalismo, por eso es un libro de historiador. El método es muy importante, pero es imposible sustraerse a cierta subjetividad.
¿Es la cultura un motor sobre lo económico para movilizar una sociedad?
Hay una correspondencia, no mecánica. Por ejemplo, hay una inmensa cultura en India a pesar de su pobreza. Pero en el mundo moderno hubo correspondencia aunque los fenómenos en general fueron universales, como el Mayo francés. Todo tuvo una repercusión universal. En los sesenta se consolida la descolonización y surge el Tercer Mundo, pero ahora esos pequeños países son los que piden cambios al FMI. Por eso vinculo culturalmente el boom. No solo un fenómeno literario, por primera vez en el mundo del norte se reconoce como superior una muestra cultural de estos países ‘subdesarrollados’.
¿Por qué son tan importantes los años sesenta y no otros?
Nunca se había dado una ruptura tan grande entre hijos y padres, porque fue un quiebre en la cultura. En el conjunto de la sociedad. Hubo otros acontecimientos importantes en el siglo XX, pero ninguno tuvo la trascendencia de lo que ocurrió en los sesenta. De la Revolución soviética ya no queda nada, las 2 guerras mundiales no dejaron sino muertos. Los sesenta siguen marcando.
Por ejemplo: inmediatamente cambió el vestido, las relaciones entre hombres y mujeres. Hablando de política, pensemos en el movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos, el movimiento hippie, los acercamientos a la naturaleza que derivaron en los grupos ecológicos de hoy en día. Uno de los efectos políticos allá es que hayan elegido un presidente negro. Cuando yo era joven, en esa época, había novelas de ciencia ficción que hablaban sobre un presidente negro.
En los sesenta se iniciaron los problemas entre Cuba y Estados Unidos y recién hoy los están solucionando.
Retomando esto del boom, muchos consideran que este fue más una maniobra editorial que una emergencia literaria…
De todo hay. Primero la calidad. Si los escritores hubiesen seguido en las condiciones anteriores, no se hubiesen dado a conocer. Sí, se universalizó la literatura, hubo marketing, que no lo veo malo, igual para los procesos políticos, como lo de Cuba, que tuvo también una influencia enorme en la juventud en todos lados. Quienes marchaban, por ejemplo, en París o en Berkley exhibían las efigies del Che Guevara o de Ho Chi-Minh. Pero por mucho marketing que se haya hecho, sino hubieran sido escritores del tamaño que fueron, no hubiesen llegado tan lejos.
¿Hemos superado el boom en Latinoamérica?
Está superado. Fue un momento glorioso de la literatura universal, pero por ejemplo, en Colombia ya nadie escribe como García Márquez. Si bien todavía hay imitadores, son pálido reflejo. Ya eso dejó su huella, para otras expresiones.
En cuanto al cine, que hoy en día parece agonizar, ¿fue importante dentro de estos cambios o acontecimientos que usted anota dentro de los años sesenta?
Realmente, el cine colombiano nunca ha sido muy importante. Hubo algunas películas que tuvieron su mérito, pero nada más. Para nuestra generación fue muy importante el cine, por tener la posibilidad, por ejemplo, la Nueva Ola francesa, el Nuevo Realismo italiano, lo que nos enriqueció culturalmente. Incluso en el medio estrecho colombiano, donde la Iglesia mandaba, fue más importante, pues ir al cine era casi una transgresión.
En los años sesenta se dan estos movimientos globales, ¿se empezaron a desdibujar las fronteras culturales?
Sí. Las culturas del llamado Tercer Mundo tuvieron presencia en Norteamérica y Europa. En Norteamérica, por ejemplo, el boom tuvo una presencia importante. Eso contribuyó a la creación de departamentos de Literatura latinoamericana en las universidades.
Pero en el sentido político, no. El mundo estaba repartido. La Unión Soviética se fue desmoronando y las nuevas realidades aparecieron, con las consecuencias vistas, las guerras y conflictos.
Con esto de las fronteras que se desdibujaron, ¿qué le parece esto de que García Márquez haya ido a dar clases a la Universidad de Denver?
Natural. La verdad, si están bien cuidados, pues qué bien. Yo soy nacionalista, pero en otras cosas.
Le preguntaba esto por la relación tensa entre el Gobierno de EE.UU. y García Márquez…
Digamos que a él le pasó lo que al Campeador, ganó una batalla después de muerto.
sábado, 20 de septiembre de 2014
El voto a Podemos, ¿consecuencia de la incertidumbre y el miedo al futuro?
El voto a Podemos, ¿consecuencia de la incertidumbre y el miedo al futuro?
Publicado por: Michael Neudecker julio 24, 2014 2 Comentarios
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La encuesta del CIS elaborada después de las elecciones europeas del pasado 25 de mayo revela una serie de datos fundamentales para conocer un poco mejor al votante de Podemos. Según este estudio, estas personas son las que más temor sienten sobre su futuro laboral y las que reconocen sentirse menos felices en comparación con los votantes de otros partidos. Sufren lo que el sociólogo Zygmunt Bauman denomina la “profana trinidad”: incertidumbre, inseguridad y desprotección ante el futuro. ¿Es el auge de Podemos la expresión en las urnas de las consecuencias de la llamada modernidad líquida?
Podemos votantes El voto a Podemos, ¿consecuencia de la incertidumbre y el miedo al futuro?
A medias del mes de julio el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicó su estudio poselectoral de las elecciones europeas celebradas el pasado 25 de mayo. En esas elecciones la gran sorpresa fue Podemos, que consiguió más de 1,2 millones de votos prácticamente sin previo aviso en ningún sondeo preelectoral. Según el estudio del CIS, estos votantes son, sobre todo, urbanos, de clase media y jóvenes. Pero lo que les diferencia de los votantes del resto de partidos es su sentimiento de miedo e incertidumbre respecto a su futuro laboral inmediato, lo que podría explicar que sean estas personas las que sufren un mayor grado de infelicidad comparado con el resto.
Votantes felicidad 1 El voto a Podemos, ¿consecuencia de la incertidumbre y el miedo al futuro?
En concreto, los datos del CIS dicen que Podemos fue el partido que contó con apoyos mayoritarios en las franjas de edad de los 18 y 24 años (25%) y la de los 25 y 34 años (19,4%), además de una importante presencia entre los 35 y 44 años (14,9%) y los 45 y 54 años (15,3%). También lidera entre los votantes con estudios de segunda etapa de Secundaria (17,5%) y FP (15,2%), y tiene una gran presencia entre los votantes con estudios superiores (14%). Las ciudades a partir de 100.000 habitantes son sus hábitats mayoritarios, y se ubican, sobre todo, como miembros de las nuevas clases medias (14,4%) y como obreros no cualificados (14,4%), pero también con una importante presencia en la clase alta/media-alta (12,7%).
Pero donde los votantes de Podemos destacan por encima del resto es en su pesimismo con respecto a sus expectativas de futuro laboral. Así, en la pregunta “¿Piensa usted que es muy probable, bastante, poco o nada probable que durante los próximos doce meses pierda su empleo actual?”, la proporción de los votantes de Podemos que creen que es ‘probable (muy o bastante)’ que pierdan su empleo es mayor que en los demás partidos (23,5%). Por otro lado, la proporción de los que creen que es ‘nada probable’ es menor entre los votantes de Podemos (24,5%) que en el resto.
Una de las consecuencias de esta percepción podría ser el menor grado de felicidad entre los votantes de Podemos. En la pregunta “En términos generales, ¿en qué medida se considera usted una persona feliz o infeliz?”, la media de los electores de Podemos en una escala de 0 (completamente infeliz) a 10 (completamente feliz) es del 6,93. Es decir, se consideran más infelices que los votantes del PP (7,49), PSOE (7,04), Izquierda Plural (7,23), o UPyD (7,34). En concreto, los votantes de Podemos se sienten más infelices que la media de los votantes (6,93 frente a 7,12).
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En resumen, a pesar de encontrarse en la plenitud de su vida, contar con una buena base de estudios y formación, de vivir en las zonas con mayor riqueza y oportunidades del país y de ubicarse entre las clases sociales con mejor nivel de vida, los votantes de Podemos son los más pesimistas con respecto a su futuro laboral y se sienten más infelices. ¿Por qué?
En el pre-borrador de su ponencia política, publicado en la prensa, Podemos apunta a la causa de estos miedos y la identifica como la clave de su éxito: “Una buena parte de la contestación social hoy existente deriva de una crisis de expectativas que ya no se repetirá para las siguientes generaciones”. Para Podemos su voto es una expresión de contestación social y su auge es consecuencia de la crisis de expectativas de futuro entre la generación joven, de clase media, con estudios y urbana. ¿Cómo se ha llegado a esa crisis?
Incertidumbre, inseguridad y desprotección
El sociólogo Zygmunt Bauman describe la sociedad actual utilizando tres palabras que denomina como “la profana trinidad”: incertidumbre, inseguridad y desprotección, y explica que “cada una de las cuales genera una angustia aguda y dolorosa al ignorar su procedencia”. Esta es una de las consecuencias de lo que Bauman califica como ‘modernidad líquida’, que es también el nombre de una de sus obras clave.
Lo sólido se resquebraja y es inundado por lo líquido que es, por definición, móvil y constante. Las relaciones sociales, el trabajo, la identidad, las expectativas, todo es inundado por la nueva realidad líquida y es arrasado sin contemplación. Los valores que servían de referencia para las generaciones anteriores hoy no sirven, como ocurre por ejemplo en el mundo del trabajo. “Los códigos y conductas que uno podía elegir como puntos de orientación estables, y por los cuales era posible guiarse, escasean cada vez más en la actualidad”, afirma Bauman en su obra.
En la época llamada de la modernidad sólida, Bauman explica que el trabajo era el elemento clave contra la incertidumbre y para la participación del individuo en la sociedad. En el llamado modelo de producción fordista existía una dependencia mutua entre el capital y el trabajo que anclaba a ambos sobre el terreno y hacía de la previsibilidad y de la falta de movilidad un valor fundamental. El capital necesitaba contar con sus trabajadores a largo plazo para asegurar la producción, y éstos podían presionar a través de la acción colectiva y los sindicatos para conseguir mejoras en las condiciones de trabajo.
Era una época en la que el individuo se percibía como productor y la ética del trabajo lo convertía en un fin. El trabajo marcaba la vida, se era alguien en la sociedad en función del tipo de trabajo que se tenía y la utilidad de una persona en el seno de la sociedad se medía en función de su productividad. Las carreras profesionales a largo plazo estaban aseguradas en los empleos cualificados. Era un mundo en el que se podía planificar el futuro con bastantes posibilidades de acierto.
Sin embargo, en las últimas décadas la sociedad ha cambiado. “La sociedad posmoderna considera a sus miembros primordialmente en calidad de consumidores, no de productores. Esa diferencia es crucial”, asegura Bauman.
En la era de la posmodernidad o modernidad líquida “la flexibilidad es el eslogan de la época, que cuando es aplicado al mercado de trabajo presagia el fin del empleo tal y como lo conocemos”, caracterizado por “contratos breves, renovables o directamente sin contratos”, afirma el sociólogo. Esta flexibilidad ha cambiado el carácter del trabajo. Todo es a corto plazo y “es más el resultado de una oportunidad que de una planificación”, escribe Bauman.
El capital ha dejado de depender del trabajo. Ahora el capital es “ligero, liviano, viaja sin equipaje y es móvil”. El capital ha dejado de estar atado a un territorio y como consecuencia viene y va de un lugar a otro sin compromisos ni ataduras. La deslocalización de la producción, las fusiones de empresas, o la simple eliminación de plantillas enteras que ya no se necesitan, marcan el fin de la posibilidad de vivir una carrera profesional en el seno de una misma empresa a lo largo de la vida laboral.
Esta ruptura con los compromisos hacia los trabajadores tiene como consecuencia que el trabajo haya dejado de ser el fundamento ético de la sociedad y el elemento que define a las personas para convertirse en un instrumento que, simplemente, permite actuar a los individuos como consumidores. Como dice Bauman, “el trabajo ya no puede ofrecer un huso seguro en el cual enrollar y fijar definiciones del yo, identidades y proyectos de vida”.
El Estado tampoco puede cumplir ya su papel protector, horadado implacablemente por las fuerzas móviles del capital que marcan el paso y ponen las condiciones bajo la amenaza de marcharse del lugar de producción y dejar un páramo sin posibilidad de recuperación. Las condiciones impuestas al Estado son tajantes: rebajas fiscales, reformas laborales, privatización de servicios, cambios en el ordenamiento jurídico para controlar la deuda, etc. “Parece haber poca esperanza de rescatar los servicios estatales que proporcionaban certidumbre y seguridad”, lamenta Bauman.
De la previsibilidad, seguridad y rutina en el trabajo (hablando en términos generales) se ha pasado a la incertidumbre, inseguridad y desprotección. La incertidumbre provocada por la falta de control sobre el presente provoca que la planificación sólo sea a corto plazo: “Cuanto menos control tenemos del presente, menos abarcadora será la planificación del futuro. La franja de tiempo llamada ‘futuro’ se acorta, y el lapso total de una vida se fragmenta en episodios que son majeados ‘de una sola vez’”, explica Bauman.
Crisis de expectativas
Como afirma el documento de Podemos, se ha producido una “crisis de expectativas” que afecta, sobre todo, a aquellos que se educaron con los antiguos valores y objetivos vitales sin llegar a percibir y comprender las consecuencias del actual cambio social. Es decir, la franja de edad en la que predominan sus votantes, entre los 18 y 44 años, son personas que se han visto impedidas a cumplir sus deseos de emancipación o que están sufriendo incertidumbre e inseguridad, sobre todo en sus ámbitos laborales, lo que les impide una planificación a largo plazo de sus objetivos vitales (por ejemplo, sufren la inseguridad de poder cumplir con el pago de hipotecas a lo largo de 20 o 30 años). Esto explicaría, por un lado, su temor a perder sus empleos y, sobre todo, su insatisfacción e infelicidad porque no ven el momento de llegar a la meta de sus aspiraciones.
Zygmunt Bauman describe así esta situación en la sociedad “líquida”: “Existe más bien una variedad del juego de las sillas en las que dichas sillas tienen diversos tamaños y estilos, cuya cantidad y ubicación varían, obligando a hombres y mujeres a estar en permanente movimiento sin prometerles completud alguna, ni el descanso o la satisfacción de haber llegado, de haber alcanzado la meta final donde uno pueda deponer las armas, relajarse y dejar de preocuparse”.
Mientras la economía funcionaba y era factible y verosímil encontrar un empleo con unos ingresos que permitían hacer frente a los gastos de la sociedad de consumo y de las expectativas vitales (vivienda, coche, vacaciones, educación de los hijos, etc.), la incertidumbre no tenía por qué transformarse en temor. Sin embargo, debido a la crisis económica y con un paro superior al 25%, la inseguridad laboral se transforma en terror, alimentado por las imágenes y mensajes repetidos en los medios de comunicación sobre desahucios, paro de larga duración, etc.
¿Un futuro a corto plazo para Podemos?
Podemos ha conseguido conectar con este temor y debido a sus críticas y ataques a lo que llama “régimen de 1978” y “casta” (y a una masiva presencia mediática que le ha permitido trasladar su mensaje), es capaz de proyectar ante sus votantes la imagen de un culpable concreto de sus frustraciones y miedos.
Podemos ha capitalizado el voto del segmento de población afectado por la incertidumbre y la inseguridad, sin embargo prevé que su actual momento de auge tendrá un fin inevitable. En el mismo pre-borrador de la ponencia política, esta formación augura que la crisis de expectativas que ahora le nutre de votos “ya no se repetirá para las siguientes generaciones”, porque, según su análisis, “les hace mella el efecto domesticador del miedo y del empobrecimiento”. En otras palabras, según Podemos, las siguientes generaciones ya educadas en la modernidad líquida carecerán de las frustraciones políticamente movilizables de los actuales votantes de Podemos y aceptarán la nueva realidad postcrisis caracterizada por la precariedad y el empobrecimiento.
Pero Podemos no sólo se preocupa de la presumible pérdida de gancho electoral a largo plazo, sino que, al más puro estilo del pensamiento cortoplacista posmoderno que describe Zygmunt Bauman, ya alerta sobre lo que podrían ser las causas inmediatas de un posible parón en su crecimiento: “La crisis política puede tener mucha menos duración que la económica: no tenemos todo el tiempo del mundo”. No pueden esperar a que pase una generación para instalarse definitivamente en el espectro político español, y tampoco pueden contar con que los insatisfechos de hoy con los partidos tradicionales no lo vayan a estar mañana con Podemos si no cumple con las expectativas que ha despertado. Es decir, si Podemos consigue instalarse en las instituciones y el miedo y la incertidumbre de sus votantes sigue existiendo, ¿qué le diferenciaría del resto de partidos?
La base electoral de Podemos entre el segmento del ciudadano atemorizado e indignado por la crisis de expectativas, provoca la formulación de una serie de cuestiones sobre su futuro: ¿Puede sobrevivir a largo plazo en una sociedad cuyas próximas generaciones podrían aceptar la incertidumbre y la inseguridad en sus vidas? ¿Ha alcanzado ya el límite de crecimiento o puede encontrar apoyos en otros segmentos sociales? ¿Es una expresión política coyuntural de un segmento insatisfecho que podría negarle su apoyo a medio o corto plazo?
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