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domingo, 11 de enero de 2015

Todos somos Charlie… Y mucho más

Gustavo Dessal22:02 horas

Todos somos Charlie… Y mucho más

El psicoanalista y escritor Gustavo Dessal, que acaba de publicar, junto al sociólogo polaco Zygmunt Bauman El retorno del péndulo, reflexiona desde España en este texto -exclusivo para esta agencia- sobre el atentado terrorista en la redacción del semanario francés Charlie Hebdo y sobre la ubicuidad del poder de policía del capitalismo global (y de su espejo invertido).
El terrorismo argumentado en el Islam es la contracara del poder contemporáneo. Del mismo modo que el poder se ha vuelto invisible, ilocalizable, disperso en la extraterritorialidad del ciberespacio, el terrorismo es su doble. También él es en el fondo invisible, un enemigo que no tiene rostro, a menos que nos creamos que el rostro de Bin Laden, Mohamed Atta, los hermanos Chérif, Said Kouachi y otros monstruos semejantes conforman el retrato fiel de aquello que los infieles llamamos terrorismo islámico.

¿Quién nos gobierna? No hay respuesta precisa a esta pregunta, porque vivimos en un mundo en el que ya no podemos distinguir quién es el amo. El amo es una figura del pasado. Hoy está fraccionado, difuminado, licuado (Bauman dixit) en los algoritmos que diseñan las ondas que vuelan por el espacio y que transportan imágenes, virus, datos, bitcoins. El amo se ha desmaterializado, y su doble, el Nuevo Terror, es la manifestación de su retorno en lo real.

Arturo Pérez Reverte publica una columna titulada Es la guerra santa, idiotas (El Cronista Comercial, 8-1-14). Es una vieja costumbre de este escritor llamar idiotas a todos los que no piensan como él. Tal vez, como enseña Lacan, Pérez Reverte recibe su propio mensaje en forma invertida, y el idiota sea él, cuando escribe: …pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas.

La historia no se repite, aunque suele repetirse la estupidez del maniqueísmo, la debilidad mental de la respuesta en espejo, la miserable réplica de ese fanatismo que hoy se disfraza con los ropajes de una interpretación delirante del Corán. La idea de una guerra de civilizaciones, según la tesis de Huntington, es muy tentadora. Pero lamentablemente resulta inservible. No solo por su falacia argumental, sino por su ineficacia práctica. A menos que nos propongamos seriamente una nueva Solución Final, pero esta vez aplicada al mundo musulmán, la cordura debe inclinarnos a no perder la cabeza. Porque uno no solo puede perderla por la espada de un yihadista (como otrora bajo la cuchilla de la guillotina republicana), sino también intoxicándose con el discurso que promueve el mensaje O nosotros, o ellos. ¿Quiénes son ellos? No hay tal distinción. Esa diferencia -mal que le pese a Pérez Reverte y a todos los que piensan como él- forma parte de la lógica de la modernidad que culminó en el siglo pasado. Pertenece a una etapa de la humanidad en la que aún existían categorías capaces de establecer un ordenamiento en la complejidad social y política de la historia.

Ahora estamos en otro tiempo, un tiempo en el cual la violencia terrorista es el síntoma espectacular de una violencia que el discurso neoliberal ha desencadenado al desactivar todas las barreras, las señales de alarma, los límites, al propagar la Idea Universal, totalizadora y totalitaria, de que todo es posible. ¿Por qué debemos aceptar el todo es posible en el plano del terror financiero, pero somos presa de la perplejidad ante esa otra forma del terror cuya raíz resulta ser secretamente la misma? ¿O acaso el Estado Islámico ha nacido de un repollo? ¿Por qué las democracias occidentales se mesan los cabellos cuando sus metrópolis son golpeadas por la furia terrorista, pero desde la Casa Blanca hasta el Palacio del Elíseo reciben con honores de estado y alfombra roja a las autoridades de países como Qatar o Arabia Saudí, que financian los semilleros de fanáticos asesinos?

Si alguien hoy en día cree que entre la yihad islámica, Wall Street, el narcotráfico, las monarquías árabes, los fabricantes de armamento, la CIA, y la tecnociencia no existe ninguna clase de vínculo, entonces se ha quedado atrapado en el pensamiento de Aristóteles, muy sabio para varios siglos, pero algo anticuado para los tiempos que corren.

Francia es hoy el objetivo castigado. Se quiere buscar para ello un sentido: la participación del estado francés en Mali, en los bombardeos al E.I., etc. No queremos reconocer que el terror no es un Accidente en la buena marcha de Occidente, (hay, curiosamente, tan solo una letra de diferencia), sino que es parte sustancial de su propio desenvolvimiento. Porque incluso las nociones de Occidente y Oriente han perdido su significado.

Hoy el terror alza la bandera de la medialuna, mañana actuará con nuevos colores, pero nosotros seguiremos creyendo que se trata de lo Otro, seguiremos queriendo creer que el infierno está fuera de nuestra civilización, y que los terroristas son los marcianos que invaden el noble territorio americano como en las malas películas de Hollywood. Ya no hay guerra de civilizaciones, porque el plural ha sido aplastado por una violencia más poderosa, la de un discurso que mata de manera indirecta, pero no menos eficaz. Aunque también tiene sus excepciones: a veces masacra mineros sudafricanos en huelga emitiendo un mail desde una mansión de Londres. Todos somos Charlie. Todos somos mineros sudafricanos. Todos somos convertidos en desechos por gracia y obra del capitalismo salvaje que se expande como una monstruosa gangrena.

¿A quién debemos cortarle la cabeza para parar la infección, cuando el cuerpo enfermo es uno y el mismo? Porque la yihad islámica no brota de los pedregales del desierto, sino que resulta ser la célula maligna que se propaga en un complejo organismo nacido de un entramado de poder cuyos componentes no pueden diseccionarse, porque han sido ensamblados en las catacumbas de los organismos internacionales democráticos, con la colaboración de paraísos fiscales, laboratorios científicos, agencias de calificación, empresas multinacionales y ejércitos privados.

Soy plenamente solidario con el sentimiento que hoy embarga al pueblo francés. Y como la mayoría, querría ver a los autores de la masacre condenados a cadena perpetua. Pero junto a ellos, me alegraría ver a unos cuantos más, no precisamente hombres vestidos con vaqueros y pasamontañas, sino con trajes de Savile Row o túnicas bordadas de oro. Estos últimos no llevan fusiles Kalashnikov ni conducen camiones cargados de explosivos. Suelen reunirse en Bruselas, y sentados en los despachos de torres de cristal, mueven los hilos de las marionetas desde sus smartphones, deciden el destino de millones de griegos, hojean los folletos de las últimas bombas de racimos que habrán de probarse en la franja de Gaza, y convierten regiones enteras del planeta en un videojuego con personajes de carne y hueso.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Por qué Richard Branson propuso vacaciones ilimitadas para sus empleados 25 septiembre 2014 Compartir "Debemos enfocarnos en el resultado de lo que hace la gente, no en cuantas horas le toma hacerlo", dijo Branson. El dueño del Grupo Virgin, Richard Branson, ofreció este jueves en su blog que los 170 empleados de su equipo podían irse de vacaciones indefinidas. "Pueden irse cuando quieran por el tiempo que quieran", dijo el magnate británico. El Grupo Virgin es un conglomerado que agrupa unas 360 empresas de telecomunicaciones, televisión, transporte (línea aérea y trenes), productora de discos y servicios financieros. Queda de parte de los trabajadores decidir cuándo quieren tomar unas horas libres, una semana o un mes Richard Branson, magnate británico. Tiene operaciones en 50 países y emplea a más de 50.000 personas. Branson agregó a su oferta laboral que no hacía falta solicitar aprobación de la vacación o indicar cuándo el empleado aspiraba regresar, dado que su ausencia no afectaría a la compañía. Enfocarse en el resultado La idea de la vacación indefinida se inspiró en la hija del multimillonario, quien leyó un artículo en el diario británico The Daily Telegraph sobre un plan similar adoptado por Netflix, la compañía de televisión por suscripción de Estados Unidos. En Reino Unido, cada trabajador tiene como promedio unos 25 días de vacaciones al año. En EE.UU suele ser de menos. "Queda de parte de los trabajadores decidir cuándo quieren tomar unas horas libres, una semana o un mes", escribió el empresario. Al respecto, una encuesta del periódico Financial Times realizada entre sus lectores, señala que 55.34% de los trabajadores tomaría solo dos o tres semanas adicionales a las que actualmente toma, y alrededor del 33% utilizaría más o menos el mismo número de días. "Asumimos que ellos solo lo van a hacer cuando se sientan 100% cómodos con el estatus del proyecto que manejan y que su ausencia no afectará al negocio, o a sus carreras", expresó. Esta iniciativa se implementará en Estados Unidos y Reino Unido, donde las políticas sobre vacaciones, según él, "son draconianas". Branson promoverá una acción similar en todas las empresas del grupo. "Debemos enfocarnos en el resultado de lo que hace la gente, no en cuantas hora le toma hacerlo", concluyó.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Antisemitismo

Belicismo. En Europa –dice el sociólogo Beck– el conflicto de Gaza logró que los judíos vuelvan a ser señalados como extranjeros y objetos de odio. globalizacion antisemitismo CLAIMA20140823 0033 4 Paz y guerra. En 1995 Isaac Rabin firmó la paz con su antiguo enemigo Yasser Arafat acompañado por Bill Clinton, Hosni Mubarak y el rey Hussein de Jordania. Después de la Segunda Guerra, Alexander Mitscherlich escribió el libro La incapacidad de duelo . Se refería a la incapacidad de los alemanes de elaborar el régimen nazi y el Holocausto. Es cierto que hemos hecho avances en ese sentido. Sin embargo, ahora, con la guerra entre Israel y Hamas –que ha reavivado el antisemitismo en Europa o le ha dado una mayor visibilidad– salta a la vista una nueva incapacidad: la de diferenciar. Muchos alemanes y otros europeos identificamos a los judíos alemanes, franceses, italianos con israelíes. De un día para el otro, nuestros vecinos pasan a ser nuevamente judíos, y con ello extranjeros en su propio país: en Alemania, Francia, Italia. Y dicha incapacidad de diferenciar, el hecho de que todos los judíos sean equiparados a israelíes y los israelíes con asesinos de palestinos, constituye el trasfondo de esta nueva ola de antisemitismo. Un ejemplo: alguien habla con un judío alemán de Berlín y le dice: “Por la casa de ustedes están cayendo cohetes”. ¿Acaso se refiere a que están bombardeando la Kurfürstendamm, la avenida berlinesa? Otro: en la edición del 24 de julio de 2014 del Frankfurter Allgemeine Zeitung, en una crítica de un filme francés, la periodista Lena Bopp escribe que allí un hombre se lamenta porque la más joven de sus hijas “también ha caído en manos de un hombre de origen extranjero”; es que ya sus hijas mayores contrajeron matrimonio con “el chino Chao, el musulmán Rachid y el judío David”. Así, ciudadanos franceses son marginados en calidad de extranjeros. Identificar a los judíos –muchos de ellos seculares y a veces críticos de Israel– con israelíes es un mecanismo del antisemitismo en Europa. En Francia, justamente, se está hablando de un nuevo antisemitismo. Lo nuevo –si es que hay algo nuevo– es la globalización del conflicto en Cercano Oriente. El conflicto en Palestina no tiene lugar sóloe en Palestina, tiene lugar también en París, Berlín o Roma. Asistimos a un antisemitismo de la izquierda, un antisemitismo de los migrantes, un antisemitismo de quienes son discriminados en los países a los que llegan y que en sus países de origen fueron socializados en el marco de un antisemitismo religioso. Todo esto se descarga en violencia. Así, la globalización del conflicto y la globalización del antisemitismo se potencian recíprocamente. En un mundo conectado, digitalizado, un conflicto bélico ya no se puede circunscribir a un lugar determinado. Días atrás, voces autorizadas de las comunidades judías en Europa aseguraron que la cultura y la vida judías podrían desaparecer de Europa si esto sigue así. Tal pronóstico supone una llamada de auxilio. Los judíos –franceses, alemanes, italianos, etc.–, que se entienden a sí mismos como ciudadanos europeos, se ven nuevamente obligados a ocultar su identidad judía a riesgo de ser objeto de ataques violentos. Se observa, en consecuencia, una nueva ola migratoria hacia Israel; muchos franceses eligen efectivamente llevar una vida de doble domicilio. Todo esto sugiere que el traslado del conflicto a las ciudades europeas es una amenaza de violencia a tomar en serio: en Francia, incluso, ya no se puede excluir la posibilidad de una Intifada, y la sola idea de esto evoca en la mayoría de los judíos los peores recuerdos. Se sienten extranjeros indeseados en Europa, ciudadanos europeos marginados y degradados a la categoría de extranjeros, extraños en su patria europea, donde nacieron. Se aviva el recuerdo de la experiencia de los judíos alemanes en los inicios del régimen nazi: los vecinos pasan a ser judíos, extranjeros, objetos de odio. La reacción militar de Israel es muy dura: hay más de mil muertos. Hamas ha demostrado mayor capacidad militar de la esperada. Sin pretender una falsa equidistancia: ambas partes se han obstinado en el camino bélico. La situación en Cercano Oriente se ha vuelto incomprensible para muchos europeos. Nos faltan los conceptos, quizá hasta los sentimientos de odio y de fe, como para pensar en resolver este conflicto de antaño por la vía militar. Esto me recuerda a las palabras furiosas de Henry Kissinger: no hay solución para el conflicto en Cercano Oriente. El odio ha echado raíces demasiado profundas. Y de nuevo ambas partes apuestan al recurso bélico y todavía creen que pueden sacar ventaja militarmente. Israel no ve otra salida que la militar, no ve posibilidad de negociación. Del otro lado, Hamas, que estaba al borde de la bancarrota ya antes de la guerra y ahora está consumiendo su último reducto de poder, aún es considerado un interlocutor válido y adquiere así una nueva importancia política. Ambas posturas llevan a la continuidad del conflicto bélico, aun cuando, desde el punto de vista de paz europeo, el empleo de recursos militares no hace sino profundizar el conflicto y nunca podría llevar a una solución. ¿Es realmente imprescindible el monomilitarismo de Israel? ¿O más bien no debería, también Israel, repensar su razón de ser? Me cuesta, desde la segura posición de paz de Europa y en especial de Alemania, dar cualquier consejo a los israelíes. Prefiero citar al asesinado Isaac Rabin: “La paz no se firma con amigos sino con el enemigo. Quien quiera la paz deberá ser el primero en extender la mano”. Se refería a que la paz se alcanza sentándose a la mesa con el enemigo. Para ser realista, no veo tal disposición en Israel, pero tampoco en Hamas, que ha erigido en fin último la disolución del Estado de Israel. Desde que Netanyahu ostenta el poder se observa una cambio de paradigma en comparación con Rabin, o con las viejas tradiciones de cuño europeo de Rabin o de los fundadores del Estado de Israel. ¿Se trata hoy del mismo Estado de Israel? ¿O son los fundamentalistas del Estado y la línea dura quienes tienen la voz más fuerte? Israel, efectivamente, se ha vuelto un estado que apuesta aún más a la superioridad militar y que, influenciado por la experiencia del terror y la amenaza agravada a su existencia, reacciona con desesperación y odio a las bombas de Hamas. Y con esto no hace sino avivar la historia de violencia, a largo plazo en contra de sus propios intereses. Netanyahu es el único conservador del que se podría esperar un cambio basado en la necesidad de recuperar la tradición judeo-europea de los grandes líderes de la política israelí. Que esto se eche de menos seguramente tiene que ver con la pérdida de poder y la retirada del gobierno de EE.UU. de Cercano Oriente. Muchas son las potencias militares que ejercen violencia: Rusia en Chechenia, Georgia, o en Ucrania; o EE.UU. en Irak bajo la administración Bush. Pero estas grandes manifestaciones que vemos en Europa solo aparecen cuando son soldados israelíes los que provocan víctimas civiles. ¿Cuál es la diferencia? ¿Los israelíes son peores que las fuerzas de Putin o Bush? ¿O es que los soldados rusos y estadounidenses son arios? Estas preguntas dan en el blanco del problema. Amplias partes de la población alemana, por ejemplo, justifican la acción militar de Putin. Los argumentos de defensa se sustentan en un nacionalismo étnico basado en el derecho de los rusos en Ucrania de pertenecer a Rusia. Por otro lado, al insoportable agravamiento de la violencia militar en Cercano Oriente se responde con protestas antisemitas, una nueva clase de protestas desbocadas en Alemania y Europa. Esto no solo da cuenta de aquel “sedimento de antisemitismo” que al parecer siempre queda, sino también de que en el mundo globalizado el antisemitismo adquiere una capacidad renovada de enardecerse. Antes estábamos contra los judíos por haber crucificado al redentor; ahora, equiparamos a los judíos con israelíes, sin importar donde vivan, porque las bombas israelíes matan niños palestinos. El compromiso y el involucramiento son una tradición de la intelligentsia europea. ¿De dónde viene entonces el silencio de los intelectuales respecto del conflicto en Cercano Oriente? El silencio resulta de la incapacidad de diferenciar, esta vez entre una crítica a Israel y un compromiso claro en contra del antisemitismo y en favor de los valores europeos, valores que también defienden como propios los ciudadanos de fe judía, los seculares, los críticos de Israel. En un contexto de antisemitismo recrudecido, constituye un acto de balance ejercer una triple crítica: al fanatismo de Hamas, al monomilitarismo de Israel y a la incapacidad de diferenciar, que refunda el antisemitismo en Europa, que causa una impresión arrogante, cuesta coraje y produce malentendidos en todas las direcciones. Esto paraliza, hace difícil emitir un juicio sin morder el anzuelo del antisemitismo; sin embargo, la ética del “nunca más” exige, de unas vez por todas, romper el silencio. © Ulrich Beck Traducción: Carla Imbrogno. Visto en Revista Clarin.com

jueves, 2 de octubre de 2014

Robert Castel: Sociología del trabajo Publicado en: dic 16 2013 - 10:26pm por

Robert Castel: Sociología del trabajo Publicado en: dic 16 2013 - 10:26pm por Mandarina « PREVIOUS | NEXT » Sección Cajón de Sastre 212 Etiquetas EducaciónRobert Castelsistemasociología Relacionado o-GALLEGO-facebook Carne Cruda: Maneras de vivir de otra manera resizer Movilización en Alicante para exigir la dimisión de su alcaldesa MANIFESTACIÓN STOP DESAHUCIOS-25-09-2011 009 Siguen subiendo las ejecuciones hipotecarias centro-de-atencic3b3n-sociosanitaria-a-personas-inmigrantes-de-mc3a9dicos-del-mundo-en-la-comunidad-de-madrid 10.000 euros de factura tras la muerte de tu padre, inmigrante, en Urgencias U217795 Hacienda niega beneficios fiscales a una pareja con una huérfana por violencia machista a su cargo FUNCION LENGUAJE ⎮diciembre 2013 robert castel Hacia la segunda mitad de la década de 1990 se publicaron tres obras cruciales: La globalización, de Zygmunt Bauman, El fin del trabajo, de Jeremy Rifkin, y Las metamorfosis de la cuestión social, del sociólogo francés Robert Castel (1933-2013), recientemente fallecido. La lectura comparativa de estos libros permite trazar las coordenadas que explican el mundo laboral actual, los efectos sociales de las crisis europeas y aun las ráfagas de optimismo que a ratos soplan sobre América Latina. Castel consideraba que si la sociología tiene algún sentido, éste radica en su capacidad para hacer diagnósticos, como si el sociólogo fuera el médico de ese cuerpo humano colectivo que constituye un pueblo y, al establecer la naturaleza de una enfermedad, abriera un camino posible para su cura. No obstante, en el ejercicio de su arte desconfiaba de este aspecto prescriptivo, que asociaba con la profecía, y la satisfacía sólo a regañadientes, cuando algún periodista u oyente de sus conferencias se empeñaba en pedirle la hipótesis de una solución. A Castel le interesaba la cuestión del trabajo porque afecta al ser humano en uno de sus facetas centrales: su “estatuto de individuo”. Publica ADN Cultura Por Verónica Chiaravalli En 2009 publicó El ascenso de las incertidumbres, libro que reúne textos publicados entre 1995 y 2008. Allí analiza los cambios que se produjeron en el mundo del trabajo en la Europa occidental desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de los años 70, a partir de la salida del capitalismo industrial y el ingreso en un nuevo régimen capitalista, al que Castel no da nombre, pero que en una nota al pie de página queda emparentado con el concepto de “capitalismo cognitivo” cultivado por Yann Moulier Boutang. Castel se concentra en los tres sectores en que aquellos cambios son altamente significativos: la organización del trabajo, signada ahora por la desregulación y la precarización; la protección social, que cada vez cubre menos y de manera más asistencialista, y el estatuto del individuo. Según el sociólogo, la degradación del trabajo, tal como se lo conoció hasta la globalización, puede producir una degradación en las personas respecto de “su capacidad de conducirse como individuos íntegros dentro de la sociedad”. “Ese estatuto de individuo está conectado estrechamente a la consistencia de la situación salarial, a la solidez del estatuto del empleo -explicó durante una visita a Buenos Aires-. Cuando ese zócalo se fragiliza, el individuo mismo se fragiliza y en el caso extremo, se anula.” De todos modos, cuando se explicaba, Castel trataba de introducir siempre una nota de optimismo. Y había dado con una simpática verdad de Perogrullo: “Hay que ser realistas pero no fatalistas y no ver esta dinámica como un destino escrito en el cielo. Si bien es cierto que el futuro es incierto, eso quiere decir que también es incierto que vaya a ocurrir lo peor que podemos esperar”. Robert Castel, el sociólogo que diagnosticó el presente Publica Viento Sur Por Julia Varela y Fernando Álvarez-Uría * Acaba de morir el día 12 de marzo en París, a los 79 años de edad, de un cáncer de pulmón, el sociólogo francés Robert Castel. Tenía un espíritu joven, pues realizó sus análisis en función de posibles cambios sociales que nos ayuden a avanzar hacia sociedades más justas, pero poseía a la vez el don de la sabiduría sedimentada propia de los viejos maestros, pues era reflexivo, prudente, atento a los matices, consciente de que las fuerzas sociales poseen un peso, una inercia heredada, que no se doblega fácilmente mediante actos voluntaristas, y, menos aún, mediante el recurso a la omnipotencia del yo, o apelando a la inteligencia emocional. Robert Castel fue profesor agregado de filosofía en Lille, en donde estableció una estrecha amistad con Pierre Bourdieu. Fruto de esta amistad fue su entrada en el Centro de Sociología Europea y la edición y presentación, en la colección dirigida por Pierre Bourdieu en las Ediciones de Minuit, de Razón y revolución de Herbert Marcuse, y de Internados de Erving Goffman. Tras mayo del 68 fue, junto con Jean-Claude Passeron, fundador y director del Departamento de Sociología en la recién creada Universidad de París VIII en Vincennes. Allí, junto a Nicos Poulantzas, Michel Lowy, Jacques Donzelot, Daniel Defert, Bernard Conein, María Antonietta Macciocchi, Françoise Duroux, Michel Meyer, y otros, ejerció durante años la docencia y la investigación. Sus concurridos cursos de tarde en los años setenta versaban predominantemente sobre la sociología de las enfermedades mentales, un campo hasta entonces muy poco explorado por los sociólogos, y en esos cursos participaron profesores invitados como David Cooper, Michel Foucault, Ramón García y Franco Basaglia. Entendía la docencia como una enseñanza profesional de calidad al servicio del enriquecimiento intelectual de los estudiantes, y tenía una habilidad especial para convertir preguntas, o comentarios banales, o razonamientos demasiado esquemáticos, en problemas pertinentes. Nunca identificó a los estudiantes con los alumnos, pues los respetaba y los consideraba, al igual que el maestro de Albert Camus, ciudadanos dignos de conocer el mundo. Robert Castel consideraba que la sociología es una ciencia que debe responder a las demandas sociales de clarificación que plantea la sociedad, o al menos los grupos más oprimidos y desasistidos de la sociedad. Y probó que es posible una alianza entre los sociólogos y los profesionales prácticos para transformar o abolir zonas de sombra de la vida social en donde se acumulan poderes y violencias arbitrarias, como ocurría por ejemplo entonces con las instituciones totales. Fruto de esta alianza fue la creación de la Red europea de alternativa a la psiquiatría que, en paralelo con la Red de información sobre las prisiones, promovida entro otros por Michel Foucault, se movilizó por la aprobación en Italia de la Ley 180 que abolió los manicomios creados por la ley de 1838. Libros colectivos como Los crímenes de la paz vieron entonces la luz. Castel publicó en esta perspectiva libros importantes que desencadenaron vivos debates como El psicoanalismo, (subtitulado El orden psicoanalítico y el poder), así como El orden psiquiátrico y La sociedad psiquiátrica avanzada: el modelo americano. Todos ellos han sido traducidos al español. Tras la muerte de su compañera Françoise, psiquiatra comprometida en apoyo de los enfermos mentales, la obra sociológica de Robert Castel dio un giro para plantearse el retorno de la cuestión social, coincidiendo con los años de plomo de la ofensiva neoliberal. Fruto de una rigurosa investigación de sociología histórica, metodológicamente impecable, una investigación realizada cuando ya era Director de Estudios en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, fue el libro publicado en 1995, titulado Las metamorfosis de la cuestión social. “Me ha parecido”, escribe en el Prólogo de este libro, “que en estos tiempos de incertidumbre, en los que el pasado se oculta, y el futuro es indeterminado, teníamos que movilizar nuestra memoria para tratar de comprender el presente. (…) La situación actual está marcada por una conmoción que recientemente ha afectado a la condición salarial: el desempleo masivo y la precarización de las situaciones de trabajo, la inadecuación de los sistemas clásicos de protección para cubrir estos estados, la multiplicación de los individuos que ocupan en la sociedad una posición de supernumerarios…” A este libro siguieron otros que enriquecieron el diagnóstico como La inseguridad social, sobre la crisis de las protecciones sociales, La discriminación negativa, sobre los jóvenes del extrarradio de París golpeados por el desempleo, el fracaso escolar, o unas políticas de seguridad que no los reconoce como ciudadanos de pleno derecho. En fin, mas recientemente publicó El aumento de las incertidumbres: trabajo, protecciones, estatuto del individuo. Uno de su últimos escritos es la presentación del libro El futuro de la solidaridad, aún no traducido. Procedente de una familia obrera de Brest, en Bretaña, Robert Castel estaba destinado a ser un obrero especializado, y de hecho realizó estudios de formación profesional para convertirse en tornero ajustador. Tanto entonces, como hoy, los destinos sociales estaban muy vinculados a los orígenes sociales. Intervino en su salida hacia el liceo, y favoreció el éxito posterior que obtuvo al superar la selectiva oposición a la Agregación, su familia de acogida formada por su hermana y su cuñado, y también el apoyo decidido de un maestro republicano que sobrevivió al campo de Buchenwald. De hecho, frente a los nacionalistas de campanario, siempre reivindicó la legitimidad republicana, el europeísmo, el internacionalismo, la solidaridad democrática que transita, libre como el viento, por encima de las fronteras y de las banderas. Pese a su elevada posición académica nunca renunció a sus raíces populares, lo que explica en parte la radicalidad y la fuerza de su obra sociológica. Buscó la verdad porque amó la justicia. En su último año de vida, quizás porque era consciente de su enfermedad, pero también alentado por sus amigos, cuestionó algunas consignas fáciles, disfrazadas de reflexiones sociológicas, como “la desaparición del trabajo” que tanto pregonó Jeremy Rifkin, o los conceptos de “sociedad del riesgo global”, que prodigó Ulrich Beck un tanto irresponsablemente, pues a fuerza de amalgamar los riesgos terminó subsumiéndolos en un imaginario del riesgo del que es imposible evadirse, o el tan devaluado concepto de “exclusión social” que renuncia de partida al análisis de las trayectorias sociales diversas que pasan por la precarización y la desafiliación. En la actualidad sindicalistas, sociólogos y trabajadores sociales nos servimos de una terminología que circula de forma anónima, pero que es en buena medida fruto del esfuerzo intelectual de un sociólogo que no renunció a la conceptualización para pensar lo impensado de la vida social, un sociólogo que siempre recurrió a la imaginación sociológica. En una de las últimas entrevistas planteaba algunas reflexiones precisas para romper nuestra perplejidad ante la crisis. La organización racional del trabajo, que limita el tiempo de trabajo, me parece que es una idea progresista, preciosa en la historia de las ideas, y que es fecunda en la actualidad. (…) La solidaridad tiene que ver en cierto modo con el reparto del trabajo, y por tanto, con la regulación del tiempo de trabajo . Los cambios sociales progresistas pasan por trabajar todos, por reducir el tiempo de trabajo para todos, y por trabajar en mejores condiciones laborales, en el marco de una sociedad de semejantes que se sustenta en una solidaridad asegurada por la existencia de la propiedad social. ¡Salud Robert, por la vida! Ya llegaron los abejorros dorados a libar las flores de nuestro balcón. Enviamos a tus hijos Hélène y Philippe, y a todas las amigas y amigos, una rosa de primavera, la rosa roja de los federados fusilados en la Comuna, la de los republicanos españoles que sufrieron el exilio, la de las Columnas internacionales, la de los antifascistas que derrotaron a la barbarie, la de los deportados a los campos de exterminio, la de los estudiantes con los que compartiste tu sueños, la rosa que François Mitterrand depositó en el Panteón en homenaje a los hombres y mujeres ilustres, la de las mujeres y hombres que lucharon por un mundo mejor y murieron, como las arenas del mar, sumergidos en el olvido. Y levantamos por ti una copa de vino en homenaje a tu hospitalidad y generosidad, porque para nosotros sigues vivo. No te permitiremos marchar. Te retenemos en la memoria, y en tus numerosos y preciosos escritos. No te dejaremos irte discretamente en silencio, ni despedirte a la francesa, porque aun tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero. * Julia Varela y Fernando Álvarez-Uría son catedráticos de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid, y autores de Sociología, capitalismo y democracia. Recuerdos del sociólogo que diseccionó el trabajo Publica Ñ Por Denis Merklen * Comencé a trabajar con Robert Castel en 1996 cuando llegué a París a realizar un doctorado bajo su dirección. Trabajamos sin interrupción hasta la semana pasada. Sabíamos que quedaba poco tiempo y buscábamos terminar un libro que quedará inconcluso e inédito. El título hubiera sido “Las políticas del individuo” y se lo habíamos prometido a Pierre Rosanvallon para la editorial Le Seuil. A Castel no le gustaba mucho hablar de sí mismo, pero a lo largo de los años fue dando detalles de su vida a medida que la amistad se consolidaba. Nació en una familia humilde en Saint-Pierre-Quilbignon en 1933, una comuna rural cercana a la ciudad de Brest. Su madre murió de cáncer cuando tenía 10 años y dos años después se suicidó su padre, al que encontró colgando de una cuerda. Así atravesó la infancia en plena Guerra Mundial este hijo del mundo obrero. Hace pocos años, contó cómo un profesor de matemáticas lo alentó a salir de la formación técnica que lo predestinaba a convertirse en obrero, “Usted tiene pasta para otra cosa” le dijo. Ganó una beca para cursar el liceo y en 1959 devino profesor de filosofía bajo la tutela del filósofo Eric Weil. Hacia 1966-67 conoció en el comedor de la Universidad de Lille a Pierre Bourdieu, de quien sería amigo hasta el final. Cansado de los “conceptos eternos” se acercó a la sociología que estudió en la Sorbona con Raymond Aron. Luego fundó la Universidad de Vincennes (hoy Paris 8) e integró en 1990 la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. Hasta principios de los 80 trabajó sobre el psicoanálisis y la psiquiatría convirtiéndose en uno de los primeros sociólogos en abordar el tratamiento social de la locura. Cuando en 1980 le acercó a Michel Foucault el manuscrito de La Gestión de los Riesgos (1981), el filósofo del poder consideró que el texto de Castel ponía fin a su célebre Vigilar y Castigar (1975). Castel anticipaba que los modos de control social y de ejercicio del poder no se harían ya de modo presencial y a través de la vigilancia directa sino por medio de estadísticas y de la definición de “poblaciones en riesgo”. Lo descubrió observando un dispositivo de política social sobre la infancia en riesgo, y es seguramente por ello que tanta aversión le provocaba el modo descuidado e irresponsable con el que muchos sociólogos ceden hoy a temas de moda como el “sentimiento de inseguridad”. Cuando lo conocí, Castel acababa de publicar Las Metamorfosis de la Cuestión Social (1995), una obra monumental considerada por muchos como el libro más importante de sociología de los últimos años. Le llevó una década de investigación, buscando entender lo que él consideraba como una “gran transformación” que probablemente cambiaría la morfología de las sociedades occidentales y que amenaza con liquidar la larga construcción que en Europa había dado respuesta a las contradicciones del mundo del trabajo. Puedo imaginarlo hoy como tantas veces lo vi, tan preciso como paciente, redactando aquellas 490 páginas de letra infantil con su birome Bic, con el cigarrillo como única compañía. Así remontó el tiempo hasta que pudo afirmar con un tono apenas provocador: “la cuestión social empieza en 1349”. La peste liquidó entonces las bases sociales de la Edad Media cuando centenas de miles de antiguos campesinos y artesanos perdieron su lugar en la sociedad y comenzaron a errar como vagabundos. Se anuda allí la contradicción fundamental que organiza el presente. El mundo social se divide entre quienes son considerados ineptos para el trabajo y los otros. Mientras que los primeros son eximidos de la carga laboral y pueden esperar los socorros de la asistencia pública, los aptos a trabajar deberán conquistar un lugar en el mundo por medio del empleo y no tendrán derecho a la asistencia. Ese gran integrador que es el trabajo produce así efectos paradójicos toda vez que la coyuntura económica impide trabajar a quienes disponen de sus fuerzas: la figura del desempleado es terrible porque la sociedad no tiene lugar para quien, siendo apto, no trabaja. Se entiende también el principio fundamental que atraviesa nuestras sociedades así estructuradas: sólo el trabajo permite la integración social, pero no siempre el trabajo la produce pues para que el trabajo sea fuente de seguridad y de dignidad, éste debe estar rodeado de protecciones, atravesado por el Derecho y regulado. Sólo bajo esas condiciones se vuelve empleo y da lugar a “cierta independencia social”, de lo contrario el trabajo conduce a la sumisión, a la pobreza y a la indignidad. Castel produjo una sociología gobernada por un principio de realidad que se imponía a sí mismo con un rigor y una disciplina que no dejaban lugar a la mínima fantasía. En los 70 enfrentó a quienes fantaseaban con el potencial liberador de la locura y en los 90 a quienes soñaban con “el fin del trabajo”. No hay escapatoria al trabajo en nuestra civilización, pero el trabajo sin protección social no es sino opresión. Castel era suficientemente independiente como para entusiasmarse con quienes toman sus deseos por realidades. Así lo vimos durante años escuchar impasible las críticas de quienes lo consideraban anticuado o pesimista. Con una modestia tal vez única, se limitaba a repetir algunas de las preguntas que orientaron su reflexión: ¿cómo sería una sociedad que no estructure el trabajo?, ¿qué ocurre cuando el empleo se desregula y se desprotege al trabajador? Pero también señalaba el brutal costo social que pagan quienes, generalmente contra su voluntad, se ven apartados del mundo del trabajo. * Sociólogo, Universidad Sorbonne Nouvelle – Paris 3 Fuente: http://funcionlenguaje.com/pensamiento-contemporaneo/robert-castel-sociologia-del-trabajo.html

Ella es.

Marga Canalejo     Ella es, ante todo y sobre todo una profesional, y sabe....que los globos son, sólo eso, Globos. Blufh$$$$ que, o bien ...

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