domingo, 23 de febrero de 2014

¿Para qué cambiar nada?

15feb 2014
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Pues nada, si esto es lo que quieren los españoles en su mayoría, aceptémoslo, renunciemos a la solidaridad con los débiles, destronemos mentalmente al Rey, una necesidad como si fuera una monarquía absoluta con poder ejecutivo, reneguemos de todos los políticos, no dejemos ni uno, denostemos a las instituciones, todas corruptas, hablemos mal de los banqueros, como la zorra y las uvas, abominemos de los ministros, de todos los ministros, los de ahora y los de antes, por supuesto los ex presidentes son unos forajidos del trepe, los jueces son volubles y llenos de malsania, las sentencias son justas o injustas según nos convenga, los delitos de sangre no son más graves que robar en una caja, o sea que quien asesina a tu hijo de cuatro puñaladas no debe tener más pena que el que se apropia de unos millones donde trabaja, el que no devuelva una deuda debe estar en la cárcel hasta que se muera, los fiscales son las ovejas negras de la sociedad, el Boletín Oficial del Estado es una ametralladora oculta, vuelven entre arrobos los niños cantores a la televisión, y los polis buenos y humanos, el Ibex es un mercado persa, las empresas bastante hacen que nos dan de comer, la Iglesia Católica nos protege, tenemos la suerte de que en nuestro país no ha habido ni hay curas pederastas, no podemos permitir que 700 millones de africanos nos invadan, no se puede vivir fuera del euro ni hay porqué, el paro es una estadística sin más trascendencia, exageran, no hay pobres porque no los vemos, no nos equiparemos a los millones de abortistas europeos, nosotros somos la crema de la vida, Catalunya se quiere salir del rompecabezas, pero España no cuadra sin ella, ya hay quien dice que PP-PSOE-IU la misma mierda son, los puristas amplían el negocio de la discrepancia y su campo de tiro, ahora emigramos con móvil de última generación y whatsApp, la ciencia no es capital, es cosa de otros, la luz es el cuarto misterio de Fátima pero vamos encendiendo bombillas y calefacciones, lo bueno es no creer en nada ni en nadie, abstenerse está de moda, ésa es la gran crítica y la gran esperanza, algún día, aunque no se sepa cuándo ni haya visos, llegará la revolución, y entonces…, la anarquía reinará, el marxismo volverá, los votos son pelotas de goma y las urnas los incineran, el mundo va a cambiar por ósmosis, la corrupción ya se sabe que es in virus contra el que no hay remedio, pero a pesar de todo vamos tirando, no estamos tan mal, otros están peor, los sindicatos ya son entes fantasmales, se lo han ganado a pulso y comisión, Bildu es legal pero apestada e inadmisible, la economía mejora, ¿para qué cambiar nada?, nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, no nos lo perdonarían, ¿o nos perdonarán por no haberlo cambiado todo y dejado en la brutal injusticia? Nosotros, al fin y al cabo, tenemos callo en las nalgas y en la garganta, somos revolucionarios de salón y ordenador, la verdad es que no confiamos en nada, nada de nada, ¿para qué, qué más da lo uno que lo otro?
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viernes, 21 de febrero de 2014

Trías: una aventura espiritual a la búsqueda de ‘El hilo de la verdad’


Trías: una aventura espiritual a la búsqueda de ‘El hilo de la verdad’

Juan Ángel Juristo / Madrid
Trías: una aventura espiritual a la búsqueda de ‘El hilo de la verdad’

Galaxia de Gutenberg-Círculo de Lectores acaba de editar 'El hilo de la verdad', de Eugenio Trías, publicado en 2004 en Destino y que hoy es prácticamente imposible de encontrar. El filósofo declaró en cierta ocasión que si hubiese que salvar un libro suyo de una catástrofe, él se hubiera decantado por éste, ya que en cierta manera define como ninguno su aventura espiritual. La edición del libro coincide con la exposición, en Barcelona, de 'Eugenio Trías. Un univers de paraules, imatges y harmoníes', en la Ciutadella de la Universidad Pompeu y Fabra, que finalizará el 28 de febrero y donde se muestran documentos, libros y testimonios que dan una idea cabal de la trayectoria filosófica del autor.
El título está sacado de una expresión tomada de Calderón de la Barca, dramaturgo querido por Trías, que se refiere al hilo de la verdad como aquel que porta Ariadna, que entrega a Teseo para no despistarse en el Laberinto de Dédalo, donde habita el Minotauro, y que por mucho que se adelgace, como metáfora justa de la verdad, nunca termina por quebrarse.

“El hilo de la verdad
es tan constante y tan fuerte
que por más que le adelgace
no es posible que se quiebre”

Así reza 'El laberinto del mundo', el auto sacramental, que es el gran fundamento de una pasión. En Eugenio Trías, en su libro, en el apartado dedicado a 'Ciudadano Kane', no hay que olvidar que Trías es uno de los grandes intérpretes del cine, excelente su ensayo sobre 'Vértigo' de Hitchcock, esta cita es pertinente porque le lleva a una declaración filosófica de gran belleza: “Quiero escribir del tiempo y del amor, y sobre todo, del límite. Quiero escribir de filosofía, de carne y de pensamiento. Y en filosofía me oriento en relación a una propuesta: la filosofía del límite”.

Pero este libro en puridad no tiene que ver gran cosa con una indagación filosófica sobre el límite, ya lo hizo en otros libros suyos, sino que la importancia de este volumen radica en otro ámbito. Sabido es que Trías es hombre interesado en diversos campos y que el cine, la música, la literatura, el arte, son temas inscritos dentro de su modo de pensamiento filosófico, por no hablar de la religión. Esto poco o nada tiene que ver con una vertiente divulgativa, Trías suele escribir con cierto estilo literario que le aleja de tales distinciones, que si ensayo o sistema, que si texto didáctico o especializado, sino que es producto de unos intereses donde se combina la puridad filosófica en estricto sentido en diálogo con otras disciplinas.

De ahí que nos encontremos con un brillante ensayo sobre la película primeriza de Orson Welles, todo el simbolismo escondido en Rosebud que le lleva incluso a dar la vuelta a versos eliotianos, como este:

“In my beginning is my end”. En mi principio está mi fin
de 'East Cocker', de los 'Cuatro Cuartetos'

O, sin ir más lejos, dar cuenta de ciertos aspectos de la 'Cuarta Sinfonía' de Brahms o el diálogo que establece con el 'Gran Vidrio' de Marcel Duchamp Estos diálogos con la música, el arte o el cine los inscribe dentro de una reflexión filosófica que denomina “la espiral reflexiva”. Un modo, pues, de entender la metáfora sobre la Verdad a que nos referimos antes contenido en el mito de Ariadna, pues suponemos que el ocuparse de otros autores y de sus peculiaridades no resta un ápice a la articulación formal de sus escritos ni a su entramado conceptual.

Lo interesante de este libro, ya dijimos, publicado en 2004, es que aparece en pleno auge posmoderno y es decisivo poder contar que después de diez años de la publicación del libro, no hay atisbo alguno de que los avatares surgidos de ese movimiento llevase a Trías a ser proclive a tenerlo en cuenta, tampoco del metarrelato que es algo también de aquellos años. Ello no nos debe movernos a pensar que Trías sea reacio a rescatar aspectos deseables de la moda, incluso necesarios, sino que su concepto de filosofía del límite, que quiere sea superación de categorías racionalistas y vitalistas le lleva al dialogo con otros pensadores en especial Immanuel Kant, a quien Trías considera el gran pensador de los últimos doscientos años, Nietzsche, faltaría más, y Ortega y Gasset, filósofo necesario e imprescindible a cualquier pensador español, que tarde o temprano tiene que enfrentarse con él, algo que traiciona ciertas debilidades de la generación a la que pertenece Trías.



¿Es Trías un pensador de raigambre platónica? Al final del libro, en una especie de capitulación de los expuesto con anterioridad, el filósofo se inquiere: “He intentado en este ensayo pensar en compañía de Platón; no contra Platón, como es canónico en las filosofías del siglo XX, o en sus magnos antecedentes, de Heidegger a Derrida o Deleuze, de Nietzsche a Popper”.

Lo que conlleva un riesgo que Trías asume sin problema alguno. Lo de menos es que el pensador quede fuera de contexto pues en puridad eso significa poca cosa. El problema surge cuando podemos pensar que muchas de las cuestiones que Trías propone como diálogo no pasen de ser comentarios, apostillas, a los grandes conceptos de los pensadores clásicos. Tendríamos, así, que asumir una fatal condición: la de la imposibilidad de llevar a buen puerto tamaña empresa porque caeríamos en la cuenta de que somos comentaristas más o menos brillantes de los diez o doce filósofos que, de verdad, han pensado el mundo.

domingo, 9 de febrero de 2014

Todo lo que yo quisiera de ti,

foto.

La Libertad De Conciencia Y El Perviviente Patriarcado Feudal Que Reside En San Pedro.

Ésta ley nos limita como- persona individuo-,porqué desde el 1º momento  va encaminada  a un utilitarismo diferenciador del "Hecho  Pro creativo".Algo que es innegable,ya que si el fin fuera otro,las medidas no tendrían este sesgo.
Más allá del Fenómeno del Patriarcado;deberíamos dejar bien delimitado el problema ""esencial,por lo menos aquí en España.Que no es otro que la no derogación  del Concordato Con la Santa Sede .Y hasta que eso suceda ,se pueden intentar y hacer muchas cosas.Pero un país que ve acotadas sus opciones  para elegir ,ya sea en educación ,políticas sociales,sanidad y en este caso concreto que estamos tratando  "Craso Delito contra la  Libertad de Conciencia individual;que afecta a más de la mitad de la población mundial,constituida por mujeres.
España tiene que CONVERTIRSE en un país "laico",y muchos de los problemas que afectan a las decisiones  que tomen las mujeres con respecto a su cuerpo se podrán ir resolvíendo con perseverancia y diálogo, no olvidéis que la politica, Es,"Un Baile De Máscaras en la que nadie quiere bailar con la más FEA.MIS ESCRITOS

¿Por qué se habla tanto de la educación emocional, tanto en niños como en adultos?

¿Por qué se habla tanto de la educación emocional, tanto en niños como en adultos?

Por el 04 de febrero de 2014 en · 

Autor

Jesús López Moya
Pedagogo especializado en Inteligencia Emocional. Jefe de estudios del CEP San José de Calasanz (Bigastro) desde 2009. Autor del libro infantil Las aventuras del Capitán Mondongo (Ed. Kelonia) y creador del blog infantil Leoymemeo. Colaborador de MUNDIARIO.
Patio de un colegio.
Patio de un colegio.
Últimamente se habla mucho sobre la importancia de la inteligencia emocional, concretamente de la 'educación emocional'. Pero, ¿qué encierran estas palabras? ¿Por qué resulta tan importante en los niños y adultos?
La evolución de la educación

Históricamente, el colegio se centraba en transmitir únicamente saberes cognitivos y memorísticos (matemáticas, lengua, etc...), dejando de lado los sentimientos y emociones que envolvían ese proceso educativo. Poco a poco, este paradigma fue evolucionando al ver la necesidad de educar a los niños en una serie de valores útiles para su crecimiento y socialización (educación para la paz, solidaridad, igualdad, etc), con lo que comenzó a darse una formación más global que incluyese esas variables que habían pasado desapercibidas.
Uno de los pilares de esa educación en valores, ampliado y profundamente estudiado, es el campo de la educación emocional, la cual ha supuesto una evolución en el ámbito educativo.
¿Por qué es conveniente ‘educar las emociones’?
Principalmente, porque esta es la única disciplina que supone una innovación educativa que responde a necesidades individuales y sociales no atendidas en las materias académicas ordinarias, tales como la autoestima, la empatía, las habilidades sociales, etc...
En definitiva, esta disciplina pretende que todos los niños tengan las máximas oportunidades de desarrollarse más allá de las calificaciones académicas, dejando atrás la idea de que el éxito académico es el único válido (¿Cuántas veces nos hemos tropezado con gente de brillante expediente y que no ha sabido desenvolverse en sociedad?).
Ya en 1983, Howard Gardner postulaba la idea de las ‘Inteligencias múltiples’ (sí, todos tenemos varias inteligencias que van más allá de lo académico), de la que se desprende que la inteligencia tradicional no es la única (es más, dicha inteligencia tan solo tiene un 10-20% de influencia sobre el éxito académico y profesional), y hace referencia a dos inteligencias que servirán de marco para el desarrollo de la inteligencia emocional: la inteligencia intrapersonal (conocerse a sí mismo) y la inteligencia interpersonal (conocer a los demás).
Aunque el boom de la inteligencia emocional vino en 1995 de la mano del libro homónimo de Daniel Goleman, los estudios más rigurosos comenzaron a realizarse a principios de los noventa de la mano de John D.Mayer y Peter Salovey, estableciendo los 4 pilares básicos de la misma:
> Percibir, valorar y expresar emociones.
> Moldear nuestro pensamiento a través de las emociones.
> Comprender y analizar nuestras emociones y las de los demás.
> Regular las emociones para promover el crecimiento intelectual.
Sintetizando todo lo expuesto anteriormente podemos definir la inteligencia emocional como la habilidad para tomar conciencia de las emociones (propias y ajenas) y la capacidad para regularlas y orientarlas al bienestar, estableciendo relaciones sociales positivas.
Las principales emociones son: miedo, ira, ansiedad, tristeza, vergüenza, aversión, alegría, amor, humor y felicidad; y aunque tienen un componente innato, la función principal de la educación emocional consistirá en tomar conciencia de estas emociones (lo que llamamos sentimientos) para poder enfocarlos al bienestar propio y facilitar las relaciones interpersonales.
Una persona (niño o adulto) que adquiera estas capacidades tendrá muchas más posibilidades de desarrollarse plenamente y, por lo tanto, de alcanzar mayores cotas de éxito en la vida.
¿Cuándo comenzar a educar emocionalmente?
¡Desde ya! Todos los estudios apuntan que la educación emocional empieza desde el nacimiento del niño (algunos estudios aseguran que incluso durante el periodo de gestación se pueden percibir los estados emocionales de la madre por parte del futuro bebé), por lo que la familia desempeña un papel fundamental. La base de todo este proceso es la interacción con los niños, ya que los padres ayudan de este modo a identificar y etiquetar sus emociones, orientando los sentimientos de los niños hacia actitudes positivas.
Respecto a la escuela, cabe resaltar la siguiente afirmación categórica: algunos de los aprendizajes más importantes se dan en las relaciones informales entre el niño y el maestro. El papel de los docentes es interesarse por las emociones y los sentimientos de los alumnos y fomentar lo que se podría denominar como ‘currículum afectivo’ (esto, aplicado al mundo laboral, sería un mecanismo efectivo para prevenir situaciones de ansiedad, estrés o burn out). Fomentar actividades grupales, el aprendizaje colaborativo o realizando asambleas periódicas en clase son algunos de las bases de una educación emocional efectiva.
¿Cómo puedo mejorar la educación emocional de mi entorno?
Aquí dejo algunas pautas muy sencillas para practicar la educación emocional con los niños (y no tan niños) y que, a buen seguro, tendrán una repercusión muy positiva en su desarrollo:
PARA LOS MÁS PEQUEÑOS
- Dibujar caras que expresen diferentes emociones
- Evocar sucesos importantes que ayuden a conectar con una emoción determinada (por ejemplo, recordar un día que fueron a la feria y preguntar por lo que sentían)
- Imitar con gestos faciales determinadas emociones (poner cara de miedo, de alegría…)
- Ejercicios de respiración para aprender a relajarse.
PARA NIÑOS DE 6 A 12 AÑOS
- Analizar imágenes o historias sobre un conflicto determinado
- El rincón del enfado. Es importante asignar un espacio para cuando los niños sientan enfado. Definir eselugar y provocar una charla posterior ayudará a encauzar las emociones negativas.
- Role-playing. En estos juegos el niño debe adquirir el papel de otra persona, para fomentar la empatía y valorar distintos puntos de vista.
PARA ADOLESCENTES
- Actividades enfocadas a mejorar la autoestima: Por ejemplo, los adolescentes escriben en un papel las 3-4 cosas que menos les gustan de sí mismos. Después, dialogar sobre esas debilidades para darle un enfoque positivo, haciendo hincapié en los puntos fuertes relacionados con esas debilidades.
- La utilidad de las preocupaciones. En esta actividad se establece un diálogo sobre las cosas que preocupan a los adolescentes. El papel del adulto es ofrecer alternativas a las preocupaciones en bucle y clasificarlas según su utilidad.
- Trabajar las habilidades sociales. Por ejemplo, realizar un dibujo a dos  manos (con dos personas), para lo que se necesitan habilidades como la colaboración y el trabajo en equipo.
- La asertividad. Se trata de enseñar a utilizar el razonamiento como herramienta para defender posturas enfrentadas.
Para finalizar, una actividad que engloba a todo este proceso y que fomentará lo que Avery y Nunley (1997) denominaron la ‘creatividad emocional’: Leer.Probablemente la lectura es el primer hogar de la inteligencia emocional, ya que fomenta la imaginación, la empatía, la creatividad, la toma de decisiones, el aprendizaje vicario, etc.
La importancia de la lectura en los niños y adultos merece, por su importancia, ser el eje central del próximo análisis. Aquí, en MUNDIARIO.


jueves, 6 de febrero de 2014

La actualidad de Schopenhauer

TRIBUNA:LA CUARTA PÁGINA

La actualidad de Schopenhauer

Las teorías del pensador alemán sobre el mundo como voluntad y representación produjeron un giro biológico en la filosofía. Entonces fueron una provocación; ahora, nos vienen como anillo al dedo


Durante la mayor parte de su vida, Arthur Schopenhauer -fallecido hace exactamente 150 años- no defendió una filosofía que gozara de actualidad. En contra de lo que era corriente en su época, su imagen del hombre no se esbozaba desde el espíritu, sino desde el cuerpo y las pulsiones, desde la biología. Con Schopenhauer se produce un giro biológico en la filosofía, una auténtica provocación para aquel tiempo. A veces siente menos aprecio por los ejemplares medios de los «bípedos», tal como en ocasiones los denomina con rabia, que por otros animales más juiciosos. Cuando su perro de lanas le molesta, lo increpa con un «Pero, ¡hombre!». Para Schopenhauer el hombre pertenece realmente al reino animal, y por eso le encantan las frecuentes comparaciones con los animales. Por ejemplo, esclarece el instinto social del hombre con el caso de los puercoespines, que en los días fríos de invierno se apiñan entre sí para calentarse, pero como se clavan unos a otros las espinas, tienen que volver a separarse, arrojados de aquí para allá entre dos males. Lo mismo sucede con el hombre, que busca la sociedad, pero que es atormentado por ella. Por eso Schopenhauer aconseja mantenerse a una distancia media. Desde su punto de vista es sobre todo la maldad lo que distingue al hombre del animal. Para la crueldad, el engaño, la envidia y la malevolencia de todo tipo se requiere inteligencia. Con la inteligencia el hombre se ha creado un mundo cultural intermedio, mas no por eso se ha hecho mejor. A Schopenhauer le gusta citar al Mefistófeles de Goethe: «La llama razón y de ella sólo tiene necesidad para superar a cualquier animal en animalidad...». En un famoso capítulo dedicado a la «metafísica del amor sexual», Schopenhauer expone que también en el amor más exaltado a la postre actúa solamente lo biológico, a saber, el comportamiento procreador. Describe con destacado talento satírico los ridículos en que cae el espíritu cuando entra en colisión con las pulsiones y maquinaciones del cuerpo, concretamente con la sexualidad. Dice que los genitales son el «auténtico núcleo de la voluntad». Ante la conciencia, el impulso de procreación se representa como una aspiración psíquica y como enamoramiento. Los genitales se buscan a sí mismos y el alma cree que se encuentra a sí misma. «Esta añoranza y este dolor del amor [...] son los suspiros del espíritu de la especie, que cree conseguir o perder un medio indispensable para sus fines, y por eso gime profundamente» (Die Welt als Wille und Vorstellung, II, 705). La depresión poscoital es la desilusión del alma, que a la vista de semejante montaje, se prometía más cosas.

La idea de liberalismo puede compaginarse con la imagen del hombre que diseña el filósofo

Rechazó cualquier recurso a la metafísica y la religión: estamos solos, el cielo está vacío
Nuestra época, fascinada por teorías sobre «genes egoístas» y por la reducción del espíritu a las funciones cerebrales, debería considerar la filosofía de Schopenhauer como de máxima actualidad. Pero hay más de un obstáculo para ello. Por más que se celebra la marcha victoriosa de la biología en la técnica y en la ciencia, en general este convencimiento no quiere extenderse a la conciencia pública. Hace algún tiempo pudimos observarlo en el debate de Sloterdijk sobre la cuestión de la optimización biológica del hombre (el «parque humano») o más recientemente en las polémicas declaraciones del economista Thilo Sarrazin. Las reflexiones eugenésicas, las afirmaciones relativas al carácter hereditario de la inteligencia o a la diversa distribución de las dotes en los diferentes pueblos acarrean todavía los más fuertes anatemas. Sabemos que estos tabúes tienen su historia, pues tras los crímenes del nacionalsocialismo, el biologismo ha perdido su inocencia; por tanto, no deberíamos sorprendernos ante reacciones que han alcanzado cotas de histeria. No hay duda de que éstas sólo pretenden quitarse de encima asuntos y personas desagradables. Pero esto nada cambia en el hecho de que en la imagen del hombre se ha realizado un giro biológico desde hace tiempo. Schopenhauer fue precisamente un pionero, todavía al margen del espíritu dominante de su época. Y, detestando el conformismo intelectual, también en otros terrenos se aferró tenazmente a su independencia.
En 1813, al principio de la guerra de liberación contra Napoleón, se extiende la actitud patriótica, en especial entre la gente culta, y la apelación de Fichte, que llama a las armas con autoridad filosófica, es acatada; pero el estudiante Arthur Schopenhauer pone pies en polvorosa. Él, que había asistido a las clases de Fichte, escribió al respecto la siguiente anotación: «absurdo rabioso» y «palabrería desvariada». Ciertamente se vio forzado a dar dinero para el armamento de un soldado, pero no quería batirse. El patriotismo le resultaba extraño. Los asuntos de la política mundial no despertaban en él ninguna pasión. Justificaba su huida de Berlín con la reflexión de que su patria era «mayor que Alemania» y él no había nacido «para servir a la humanidad con el puño». Lo suyo era más bien una obra filosófica que ya tenía in pectore. En esa época escribe en su diario: «La obra crece [...] como el niño en el cuerpo de la madre [...]. Le presto atención y hablo como la madre: "gozo de la bendición del fruto". ¡Tú, azar, dominador de este mundo sensual, déjame vivir y disfrutar de tranquilidad todavía algunos años!, pues yo amo mi obra como la madre ama a su hijo...» (Der handschriftlische Nachlass, I, 55).
Esta obra llega al mundo algunos años más tarde, en 1818, y se titula El mundo como voluntad y representación. El trabajo en este libro y su publicación fue el punto culminante de la vida de este solitario, nacido en 1788 como hijo de un rico comerciante de Danzig, deseoso de que también su hijo llegara a ser comerciante. Sólo tras la muerte del padre, en 1805, y sólo tras los estímulos procedentes de su madre, a la que más tarde Arthur tanto denostó, pudo llegar a convertirse en lo que quería ser: un filósofo. El joven hizo largos viajes con sus padres y conoció mundo. Más tarde afirmará que había leído en el libro del mundo y no sólo en libros, a diferencia de sus colegas, esos burgueses de medio pelo que se pasan la vida encerrados en casa. Schopenhauer, heredero de una fortuna, pudo vivir para la filosofía, sin necesidad de vivir de ella. El mundo profesional de la filosofía no le brindó ninguna oportunidad, y a la larga él dejó de buscarla, lo que resultó una suerte para él. El aguijón existencial que lo inducía a filosofar no quedó mermado por la inmersión en el ámbito social de la profesión. Schopenhauer era un hombre apasionado y por eso su voluntad de verdad permaneció también apasionada. Cuando en 1818 apareció publicada su obra magna, estaba convencido de haber cumplido la auténtica tarea de su vida. Viajó a Italia para contemplar, a una distancia prudencial, cómo caían los rayos de sus pensamientos, pero nada sucedió y se vio obligado a regresar para poner énfasis en sus palabras como profesor académico. Y se dirige para ello nada menos que a Berlín, donde Hegel, el rey de la filosofía en Alemania, abarrota las aulas. A las clases de Schopenhauer asisten cinco oyentes, que pronto se ausentan. Sin haber tenido una auténtica entrada en escena, se aleja de ella por más de treinta años, unos años que verá transcurrir como un sabio privado, y que en su mayor parte transcurrirán en Frankfurt del Meno. Demasiado orgulloso para buscarse un público, espera que sea el público el que lo busque a él. Y al final, habrá efectivamente un púbico que salga a su encuentro. Pero Schopenhauer hubo de tener paciencia, toda una vida de paciencia. Ahora bien, su filosofía se caracteriza por que el propio autor pudo extraer fuerzas de ella. Schopenhauer tenía su filosofía por verdadera precisamente porque contradecía al gusto general de los creyentes en la razón.
El año 1850, tras el fracaso de la Revolución del 48, comienza por fin lo que Schopenhauer llama la «comedia de su fama»: un coqueteo placentero con la visión pesimista del mundo por parte de ese ermitaño filosófico vestido a la moda del siglo XVIII, al que la gente ve salir cada día a pasear hacia Sachsenhausen, acompañado de su inseparable perro de lanas. En Frankfurt se pone de moda esta raza de perro. En el Englischer Hof, donde el filósofo come al mediodía, comienzan a merodear los curiosos. Esto le agrada. Ahora le escuchan con avidez, ahora es leído. Y poco antes de su muerte, el 21 de septiembre de 1860, declara: «La humanidad ha aprendido de mí algunas cosas que nunca olvidará».
Es cierto que se ha aprendido de él, aunque con frecuencia se ha olvidado o no se ha querido tener por verdadero que era de Schopenhauer de quien se aprendía. Por ejemplo, pocas veces se tiene conciencia de que fue él quien por primera vez pensó en lo que más tarde Freud había de llamar las tres grandes «humillaciones» de la megalomanía humana, humillaciones que pertenecen a la signatura de la moderna conciencia del mundo y del sí mismo. Una es la humillación cosmológica: nuestro mundo es tan sólo una de las innumerables esferas en el espacio infinito, «en el que una capa de moho ha engendrado seres que viven y conocen» (Schopenhauer). Otra es la humillación biológica: el hombre es un animal en el que la inteligencia no hace sino compensar la falta de instintos. Y la tercera es la humillación psicológica: el yo consciente no es señor en su propia casa. En una época llena todavía de fe en la razón, Schopenhauer descubrió con conocimiento racional lo no racional de los procesos de la vida, Thomas Mann lo llamó por ello «el filósofo más racional de lo irracional».
El programa entero de la filosofía de Schopenhauer está condensado en el título de su gran obra. El mundo es nuestra representación y, más allá de esto, según su substancia auténtica, es «voluntad». Ambos conceptos pueden resultar confusos. ¿Qué significan en Schopenhauer?
«Representación» es todo aquello del mundo exterior que aparece en la conciencia y es elaborado en ella, en la percepción cotidiana, en la fantasía, en la especulación y en las teorías. Pero no todo puede reducirse a esta realidad captada desde fuera. Hay además un segundo acceso. «Hemos ido hacia fuera en todas las direcciones en lugar de entrar en nosotros mismos, donde ha de resolverse todo enigma» (Der handschriftlische Nachlass, I, 154). Es en el propio cuerpo donde encontramos la realidad experimentada desde dentro: dolor, deseo, placer, pulsión. A todo eso Schopenhauer le da el nombre de «voluntad».
El mundo es conocido de dos maneras, desde fuera como representación y desde dentro como voluntad en el propio cuerpo. Según el pensador, esta vitalidad experimentada desde dentro no sólo ha de atribuirse a los otros hombres, sino también al resto de la naturaleza, pues constituye en cierto modo su dimensión interior.
En este contexto el concepto de «voluntad» tiene un significado alterado. No designa la intención racional, sino la pulsión insaciable, el deseo incansable. Frente a esto, la inteligencia se presenta como algo secundario, «al servicio» de la voluntad, dice Schopenhauer. En el mundo animal esta «voluntad» vive a manera de instinto, y en las plantas actúa como una tensión vegetativa. En definitiva la voluntad se quiere solamente a sí misma, quiere vivir, sobrevivir. En realidad, deberíamos «horrorizarnos» ante la naturaleza de la voluntad. No es ningún reino protector o maternal. No podemos trabar lazos de amistad con una tierra cuyo producto casual somos nosotros y que conserva la vida de la especie con nuestra muerte. La naturaleza no es un lugar de solaz silencioso, es una jungla donde se percibe el fragor de la lucha. Lo mejor es que en este contexto demos la palabra al propio Schopenhauer:
«Y así vemos por doquier en la naturaleza la contienda, la lucha y la victoria cambiante, y en ese rasgo seguiremos conociendo con mayor claridad la escisión con uno mismo, que es esencial a la voluntad. A lo largo y ancho de la naturaleza entera puede perseguirse esta lucha, es más, aquélla subsiste solamente a través de la contienda [...]: y esta lucha es la mera revelación de una escisión que es inherente, por esencia, a la voluntad. La lucha general se hace visible de la manera más clara en el mundo animal, que dispone del reino vegetal para su alimentación, y en el que a su vez cada animal se convierte en botín y alimento de otro [...], por cuanto cada uno de ellos sólo puede conservar su existencia por la supresión constante de otro ser extraño. Y en este escenario la voluntad de vivir se devora incesantemente a sí misma y es su propio alimento bajo diversas formas, hasta que finalmente el género humano, por someter a todos los seres vivos, considera la naturaleza como un artefacto para su propio uso. Pero ese mismo género humano [...] revela también en sí con terrible claridad aquella lucha, aquella escisión de la voluntad en sí misma, y el "homo" se convierte en "homini lupus" (el hombre se convierte en un lobo para el hombre)» (Der Welt als Wille und Vorstellung, I, 218).
Desde el mismo trasfondo desarrolla Schopenhauer su teoría del Estado, para lo que se apoya en Hobbes. El Estado pone un bozal en la boca de los « depredadores», y aunque de esta forma no mejora su condición moral, sí se hacen «inofensivos como herbívoros». Schopenhauer contradice explícitamente las teorías que, siguiendo a Hegel, esperan que el Estado mejore y moralice al hombre o que, con una actitud romántica, ven en el Estado un organismo humano superior, e incluso un organismo del pueblo. Para Schopenhauer el Estado no es otra cosa que una máquina social, que en el mejor de los casos refrena los egoísmos y los une con el egoísmo colectivo del interés por la sobrevivencia. Para este fin desea un Estado dotado de fuertes medios de poder, aunque su poder sólo ha de referirse a lo exterior, ateniéndose a los principios del Derecho. El Estado no debe inmiscuirse en la manera de sentir y pensar de los ciudadanos. Postula así un Estado fuerte y a la vez un enflaquecido concepto de política. Schopenhauer nos pone en guardia frente a las ambiciones de fundar sentido que puede tener el Estado; frente a un Estado con alma que luego pretenda apoderarse del alma de sus ciudadanos.
Por tanto, la idea del liberalismo puede compaginarse perfectamente con la imagen del hombre que diseña Schopenhauer. Éste aboga por la libertad de opinión y pensamiento, pero a la vez por una fuerte obstrucción de la acción. Con la moral no se llega muy lejos. La compasión, que para Schopenhauer constituye la única fuente auténtica de la moral, es demasiado rara. Por eso la formación del Estado no puede cimentarse en la compasión, sino que debe fundarse en un egoísmo recíproco bien entendido.
Schopenhauer veía la realidad con colores sombríos, quizá demasiado sombríos, y por ello no le resultaba extraña en absoluto la «necesidad metafísica», por más que rechazara las respuestas metafísicas forjadas con ánimo consolador.
Sabemos que la metafísica, tanto la cotidiana como la que se encarama especulativamente, pregunta por el sentido del todo. ¿Por qué nos desazonamos?, ¿por qué este afán rabioso de trabajo, este correr en la rueda del hámster, este celo procreador? ¿Qué pasa con el todo? ¿Hacia dónde corre? Schopenhauer admite que es inevitable plantear estas preguntas, pero afirma también que no pueden obtener respuesta. La voluntad como fondo de pulsiones se quiere solamente a sí misma, quiere su propia conservación y, si es posible, el propio incremento. No está dirigida a una envolvente finalidad superior. No se esconde nada detrás de ella, fuera de esta ciega pulsión vital -hoy hablaríamos del gen egoísta-, una pulsión que en el hombre está unida con el entendimiento, que por lo regular escucha el mandato de la pulsión (del «interés») y sólo en casos excepcionales se despega de esos impulsos y mira desde la distancia. Según Schopenhauer, es lo que sucede en el arte, en la sobriedad de la ciencia y en una filosofía sin ilusiones. Él escogió a Edipo como patrón protector de su filosofía. El filósofo, escribía una vez a Goethe, igual que Edipo, necesita el «valor de no retener ninguna pregunta en el corazón», aun cuando de ahí se derive lo «más horrible». Para Schopenhauer quizá no se derivó lo «más horrible», pero sí algo descorazonador: la vida se quiere solamente a sí misma y nada más. No se esconde detrás ninguna otra cosa.
Pero esta «verdad», ¿es realmente tan descorazonadora, incluso tan insoportable? ¿No nos hemos acostumbrado ya a tales verdades: a la monstruosa indiferencia de los espacios vacíos, a los torbellinos de materia y los agujeros negros; los agujeros negros en el alma y las tormentas de neuronas en las cabezas?, ¿no estamos acostumbrados al devorar y al ser devorado en la naturaleza; a la historia como carnicería? ¿Puede asustarnos todavía la falta de una instancia superior de sentido? Parece más bien que estas convicciones forman parte del decorado interior del escaldado hombre occidental.
Habría que comprobar si semejantes puntos de vista han penetrado realmente en el sentimiento elemental de la vida o si vivimos todavía con otras premisas silenciadas, si, aunque pensemos con Copérnico, en el estrato del sentimiento seguimos radicados en Ptolomeo. Quizá vivimos todavía de crédito y de hecho nos sentimos llevados aún por una especie de confianza originaria. El joven Schopenhauer anotó una vez en su diario: «Radica en las profundidades del hombre la confianza de que algo fuera de él es consciente de él, a la manera como lo es él mismo. Si pensamos lo contrario con intensidad, esto se convierte en un pensamiento terrible» (Der handschriftlische Nachlass, I, 8).
Exactamente este «pensamiento terrible» es lo que Schopenhauer trató de pensar. Rechazó las ofertas de fundación de sentido de la metafísica y la religión -una especie de metafísica para el pueblo, según él. Habremos de aprender a vivir, dice, sin la confianza en el mundo que aquéllas nos ofrecen. Estamos solos. El cielo se encuentra vacío.
¿Qué se sigue de ahí? Cabría pensar que en todo caso la religión ha quedado fuera de juego. Sin embargo, no es ése el caso para Schopenhauer. Por más que sorprenda, precisamente en este punto podemos aprender de él. El hecho es que Schopenhauer no sólo aportó el giro biológico a la filosofía, sino que además, con su filosofía de la negación de la voluntad, se apoya en la sabiduría oriental y en los aspectos de la cultura religiosa del cristianismo que concuerdan con las religiones orientales, en el espíritu de renuncia y la ascesis. Schopenhauer describe la negación de la voluntad como un giro de ésta contra sí misma. La voluntad, hecha prudente por experiencia propia y familiarizada por la compasión con el carácter de sufrimiento inherente al mundo, se revoca a sí misma y desiste de la autoafirmación a cualquier precio. El furor del ansia de vivir, del consumo, de la voluntad de poder, ha de mitigarse. ¿Hace falta dibujar con detalle cuánto puede ayudarnos esa cultura de la ascesis y de la renuncia y cuán urgentemente la necesitamos?
Pero aquí surge una gran dificultad, pues la renuncia y la ascesis han de buscarse por mor de sí mismas y ya no de cara a una instancia superior, a un mandato más elevado. Se trata de conseguir un pensamiento y un ánimo elevados, pero sin fe en un ser superior. Sería aquella actitud que Sloterdijk llama acertadamente «tensión vertical». De ahí puede proceder la fuerza para la renuncia, la amplitud de miras y la autodisciplina, hasta llegar a la ascesis. Cuando ya no se cree en ningún Dios, esas virtudes se ejercitan en aras de la propia mismidad mejor. Precisamente en este punto Schopenhauer va más allá de la biología: en la fuerza de superación de la voluntad egoísta está incluida para él la dignidad del hombre.
Schopenhauer ha descrito penetrante e inolvidablemente tal superación de la voluntad como instantes de desasimiento, por no decir de redención. ¿Los experimentó realmente? Ahí está su talón de Aquiles. Él no fue ni santo ni asceta. Y tampoco se convirtió en el Buda de Frankfurt. Entendía brillantemente la negación de la voluntad siempre que no afectara a su voluntad. Y a ésta supo abrirle paso, a veces incluso con rudeza. Lo hizo contra su madre, a la que pretendía dar órdenes, como sustituto del patriarca tras la muerte del padre; contra casi todos los profesores de filosofía coetáneos, a los que insultaba como «emborronadores de absurdos»; contra los editores, por los que se sentía engañado, y contra las «mujeres», una especialidad suya (llegó a lanzar por la escalera a una vecina que merodeaba tras él con excesiva curiosidad; por lo menos eso es lo que ella afirmaba). En el café Greco de Roma los artistas que allí se congregaban trataron de impedirle la entrada porque ya no soportaban más su constante regañar y sus aires de sabiondo. En su habitación de Berlín, desengañado y agriado, golpeaba los muebles con el bastón de paseo. Al pedirle explicaciones, refunfuñaba: «Doy cita a mis espíritus». Pero este duendecillo tenía sus momentos de «mejor conciencia», tal como él se expresaba; con todo, quedaba siempre en él una espina cuando no vivía a la altura de su inteligencia.
No obstante, acierta con su filosofía de la superación de la voluntad egoísta o ansiosa de sí misma. No hay otra salida. Tenemos que aprender a renunciar; tenemos que aprender ascesis. Hemos de mitigar la avidez. Tenemos que remar hacia atrás. Ahí estaría el progreso que conviene a nuestra época. Y en este camino, la filosofía de Schopenhauer nos viene como anillo al dedo.
Rüdiger Safranski, ensayista y biógrafo alemán, es autor, entre otros títulos, de Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía (2008) y Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán (2009), ambas obras publicadas por Tusquets Editores.
Traducción de Raúl Gabás Pallás, © Raúl Gabás Pallás, 2010
Rüdiger Safranski, ensayista y biógrafo alemán, es autor, entre otros títulos, deSchopenhauer y los años salvajes de la filosofía (2008) y Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán (2009), ambas obras publicadas por Tusquets Editores. Traducción de Raúl Gabás Pallás, © Raúl Gabás Pallás, 2010

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Marga Canalejo     Ella es, ante todo y sobre todo una profesional, y sabe....que los globos son, sólo eso, Globos. Blufh$$$$ que, o bien ...

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