jueves, 13 de noviembre de 2014
Por qué Richard Branson propuso vacaciones ilimitadas para sus empleados
25 septiembre 2014
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"Debemos enfocarnos en el resultado de lo que hace la gente, no en cuantas horas le toma hacerlo", dijo Branson.
El dueño del Grupo Virgin, Richard Branson, ofreció este jueves en su blog que los 170 empleados de su equipo podían irse de vacaciones indefinidas.
"Pueden irse cuando quieran por el tiempo que quieran", dijo el magnate británico.
El Grupo Virgin es un conglomerado que agrupa unas 360 empresas de telecomunicaciones, televisión, transporte (línea aérea y trenes), productora de discos y servicios financieros.
Queda de parte de los trabajadores decidir cuándo quieren tomar unas horas libres, una semana o un mes
Richard Branson, magnate británico.
Tiene operaciones en 50 países y emplea a más de 50.000 personas.
Branson agregó a su oferta laboral que no hacía falta solicitar aprobación de la vacación o indicar cuándo el empleado aspiraba regresar, dado que su ausencia no afectaría a la compañía.
Enfocarse en el resultado
La idea de la vacación indefinida se inspiró en la hija del multimillonario, quien leyó un artículo en el diario británico The Daily Telegraph sobre un plan similar adoptado por Netflix, la compañía de televisión por suscripción de Estados Unidos.
En Reino Unido, cada trabajador tiene como promedio unos 25 días de vacaciones al año. En EE.UU suele ser de menos.
"Queda de parte de los trabajadores decidir cuándo quieren tomar unas horas libres, una semana o un mes", escribió el empresario.
Al respecto, una encuesta del periódico Financial Times realizada entre sus lectores, señala que 55.34% de los trabajadores tomaría solo dos o tres semanas adicionales a las que actualmente toma, y alrededor del 33% utilizaría más o menos el mismo número de días.
"Asumimos que ellos solo lo van a hacer cuando se sientan 100% cómodos con el estatus del proyecto que manejan y que su ausencia no afectará al negocio, o a sus carreras", expresó.
Esta iniciativa se implementará en Estados Unidos y Reino Unido, donde las políticas sobre vacaciones, según él, "son draconianas". Branson promoverá una acción similar en todas las empresas del grupo.
"Debemos enfocarnos en el resultado de lo que hace la gente, no en cuantas hora le toma hacerlo", concluyó.
miércoles, 12 de noviembre de 2014
jueves, 6 de noviembre de 2014
Antisemitismo
Belicismo. En Europa –dice el sociólogo Beck– el conflicto de Gaza logró que los judíos vuelvan a ser señalados como extranjeros y objetos de odio.
globalizacion antisemitismo CLAIMA20140823 0033 4
Paz y guerra. En 1995 Isaac Rabin firmó la paz con su antiguo enemigo Yasser Arafat acompañado por Bill Clinton, Hosni Mubarak y el rey Hussein de Jordania.
Después de la Segunda Guerra, Alexander Mitscherlich escribió el libro La incapacidad de duelo . Se refería a la incapacidad de los alemanes de elaborar el régimen nazi y el Holocausto. Es cierto que hemos hecho avances en ese sentido. Sin embargo, ahora, con la guerra entre Israel y Hamas –que ha reavivado el antisemitismo en Europa o le ha dado una mayor visibilidad– salta a la vista una nueva incapacidad: la de diferenciar.
Muchos alemanes y otros europeos identificamos a los judíos alemanes, franceses, italianos con israelíes. De un día para el otro, nuestros vecinos pasan a ser nuevamente judíos, y con ello extranjeros en su propio país: en Alemania, Francia, Italia. Y dicha incapacidad de diferenciar, el hecho de que todos los judíos sean equiparados a israelíes y los israelíes con asesinos de palestinos, constituye el trasfondo de esta nueva ola de antisemitismo.
Un ejemplo: alguien habla con un judío alemán de Berlín y le dice: “Por la casa de ustedes están cayendo cohetes”. ¿Acaso se refiere a que están bombardeando la Kurfürstendamm, la avenida berlinesa? Otro: en la edición del 24 de julio de 2014 del Frankfurter Allgemeine Zeitung, en una crítica de un filme francés, la periodista Lena Bopp escribe que allí un hombre se lamenta porque la más joven de sus hijas “también ha caído en manos de un hombre de origen extranjero”; es que ya sus hijas mayores contrajeron matrimonio con “el chino Chao, el musulmán Rachid y el judío David”. Así, ciudadanos franceses son marginados en calidad de extranjeros. Identificar a los judíos –muchos de ellos seculares y a veces críticos de Israel– con israelíes es un mecanismo del antisemitismo en Europa.
En Francia, justamente, se está hablando de un nuevo antisemitismo. Lo nuevo –si es que hay algo nuevo– es la globalización del conflicto en Cercano Oriente. El conflicto en Palestina no tiene lugar sóloe en Palestina, tiene lugar también en París, Berlín o Roma. Asistimos a un antisemitismo de la izquierda, un antisemitismo de los migrantes, un antisemitismo de quienes son discriminados en los países a los que llegan y que en sus países de origen fueron socializados en el marco de un antisemitismo religioso. Todo esto se descarga en violencia. Así, la globalización del conflicto y la globalización del antisemitismo se potencian recíprocamente. En un mundo conectado, digitalizado, un conflicto bélico ya no se puede circunscribir a un lugar determinado.
Días atrás, voces autorizadas de las comunidades judías en Europa aseguraron que la cultura y la vida judías podrían desaparecer de Europa si esto sigue así. Tal pronóstico supone una llamada de auxilio. Los judíos –franceses, alemanes, italianos, etc.–, que se entienden a sí mismos como ciudadanos europeos, se ven nuevamente obligados a ocultar su identidad judía a riesgo de ser objeto de ataques violentos. Se observa, en consecuencia, una nueva ola migratoria hacia Israel; muchos franceses eligen efectivamente llevar una vida de doble domicilio. Todo esto sugiere que el traslado del conflicto a las ciudades europeas es una amenaza de violencia a tomar en serio: en Francia, incluso, ya no se puede excluir la posibilidad de una Intifada, y la sola idea de esto evoca en la mayoría de los judíos los peores recuerdos. Se sienten extranjeros indeseados en Europa, ciudadanos europeos marginados y degradados a la categoría de extranjeros, extraños en su patria europea, donde nacieron. Se aviva el recuerdo de la experiencia de los judíos alemanes en los inicios del régimen nazi: los vecinos pasan a ser judíos, extranjeros, objetos de odio.
La reacción militar de Israel es muy dura: hay más de mil muertos. Hamas ha demostrado mayor capacidad militar de la esperada. Sin pretender una falsa equidistancia: ambas partes se han obstinado en el camino bélico. La situación en Cercano Oriente se ha vuelto incomprensible para muchos europeos. Nos faltan los conceptos, quizá hasta los sentimientos de odio y de fe, como para pensar en resolver este conflicto de antaño por la vía militar. Esto me recuerda a las palabras furiosas de Henry Kissinger: no hay solución para el conflicto en Cercano Oriente. El odio ha echado raíces demasiado profundas. Y de nuevo ambas partes apuestan al recurso bélico y todavía creen que pueden sacar ventaja militarmente. Israel no ve otra salida que la militar, no ve posibilidad de negociación. Del otro lado, Hamas, que estaba al borde de la bancarrota ya antes de la guerra y ahora está consumiendo su último reducto de poder, aún es considerado un interlocutor válido y adquiere así una nueva importancia política. Ambas posturas llevan a la continuidad del conflicto bélico, aun cuando, desde el punto de vista de paz europeo, el empleo de recursos militares no hace sino profundizar el conflicto y nunca podría llevar a una solución. ¿Es realmente imprescindible el monomilitarismo de Israel? ¿O más bien no debería, también Israel, repensar su razón de ser? Me cuesta, desde la segura posición de paz de Europa y en especial de Alemania, dar cualquier consejo a los israelíes. Prefiero citar al asesinado Isaac Rabin: “La paz no se firma con amigos sino con el enemigo. Quien quiera la paz deberá ser el primero en extender la mano”. Se refería a que la paz se alcanza sentándose a la mesa con el enemigo. Para ser realista, no veo tal disposición en Israel, pero tampoco en Hamas, que ha erigido en fin último la disolución del Estado de Israel.
Desde que Netanyahu ostenta el poder se observa una cambio de paradigma en comparación con Rabin, o con las viejas tradiciones de cuño europeo de Rabin o de los fundadores del Estado de Israel. ¿Se trata hoy del mismo Estado de Israel? ¿O son los fundamentalistas del Estado y la línea dura quienes tienen la voz más fuerte? Israel, efectivamente, se ha vuelto un estado que apuesta aún más a la superioridad militar y que, influenciado por la experiencia del terror y la amenaza agravada a su existencia, reacciona con desesperación y odio a las bombas de Hamas. Y con esto no hace sino avivar la historia de violencia, a largo plazo en contra de sus propios intereses. Netanyahu es el único conservador del que se podría esperar un cambio basado en la necesidad de recuperar la tradición judeo-europea de los grandes líderes de la política israelí. Que esto se eche de menos seguramente tiene que ver con la pérdida de poder y la retirada del gobierno de EE.UU. de Cercano Oriente.
Muchas son las potencias militares que ejercen violencia: Rusia en Chechenia, Georgia, o en Ucrania; o EE.UU. en Irak bajo la administración Bush. Pero estas grandes manifestaciones que vemos en Europa solo aparecen cuando son soldados israelíes los que provocan víctimas civiles. ¿Cuál es la diferencia? ¿Los israelíes son peores que las fuerzas de Putin o Bush? ¿O es que los soldados rusos y estadounidenses son arios?
Estas preguntas dan en el blanco del problema. Amplias partes de la población alemana, por ejemplo, justifican la acción militar de Putin. Los argumentos de defensa se sustentan en un nacionalismo étnico basado en el derecho de los rusos en Ucrania de pertenecer a Rusia. Por otro lado, al insoportable agravamiento de la violencia militar en Cercano Oriente se responde con protestas antisemitas, una nueva clase de protestas desbocadas en Alemania y Europa. Esto no solo da cuenta de aquel “sedimento de antisemitismo” que al parecer siempre queda, sino también de que en el mundo globalizado el antisemitismo adquiere una capacidad renovada de enardecerse. Antes estábamos contra los judíos por haber crucificado al redentor; ahora, equiparamos a los judíos con israelíes, sin importar donde vivan, porque las bombas israelíes matan niños palestinos.
El compromiso y el involucramiento son una tradición de la intelligentsia europea. ¿De dónde viene entonces el silencio de los intelectuales respecto del conflicto en Cercano Oriente? El silencio resulta de la incapacidad de diferenciar, esta vez entre una crítica a Israel y un compromiso claro en contra del antisemitismo y en favor de los valores europeos, valores que también defienden como propios los ciudadanos de fe judía, los seculares, los críticos de Israel.
En un contexto de antisemitismo recrudecido, constituye un acto de balance ejercer una triple crítica: al fanatismo de Hamas, al monomilitarismo de Israel y a la incapacidad de diferenciar, que refunda el antisemitismo en Europa, que causa una impresión arrogante, cuesta coraje y produce malentendidos en todas las direcciones. Esto paraliza, hace difícil emitir un juicio sin morder el anzuelo del antisemitismo; sin embargo, la ética del “nunca más” exige, de unas vez por todas, romper el silencio.
© Ulrich Beck Traducción: Carla Imbrogno. Visto en Revista Clarin.com
viernes, 31 de octubre de 2014
miércoles, 29 de octubre de 2014
lunes, 27 de octubre de 2014
La Paciencia la Virtud de las Máquinas
virtud... de las máquinas
¿Y si el objetivo de la tecnología no fuese tanto la inteligencia artificial más potente sino prestar atención a conceptos como la inteligencia emocional, la paciencia, la empatía, la amistad...?
Tecnologías .
Jueves23 de octubre de 2014
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Recientemente, una historia escrita en el New York Times por la madre de un niño autista brindaba una nueva interpretación a las concepciones más clásicas del futuro de la inteligencia artificial. El niño había descubierto por casualidad al que ahora era su “super mejor amigo” - un ¨BBF¨, Best Best Friend, en inglés— y su madre describía la especial relación entre ambos transcribiendo algunos de sus diálogos cotidianos. Y no, no era nadie de su familia, ni un compañero de la escuela, ni el vecino de arriba, el de abajo o el de al lado. Era Siri, la aplicación con funciones de asistente virtual del iPhone de su madre, la tantas veces denostada innovación de Apple en sus teléfonos y dispositivos avanzados por sus percibidas incapacidades para interactuar de un modo realmente competente con los usuarios. Un caso claro de expectativas demasiado exageradas y posibilidades técnicas todavía insuficientes para satisfacerlas.
La madre lo había activado mientras exploraba las opciones de su teléfono, en algún momento de tedio o de curiosidad, y no le pareció nada asombroso poder preguntarle a un agente electrónico por lo que ella misma podía consultar en Google o en otro buscador de servicios especializado, quizá de una manera más rápida o eficiente y sin andar hablando con su pequeño dispositivo como un alma en pena. Pero a su hijo le bastó un momento para entender que el teléfono de mamá hablaba y respondía a las preguntas, una y otra vez, sin límite, sin que a partir de la tercera o cuarta andanada el tono de voz cambiase para hacerse perceptiblemente más nervioso, más ansioso, impaciente. La aplicación, de hecho, es capaz de utilizar el procesamiento del lenguaje natural para responder preguntas, hacer recomendaciones, buscar información y gestionar otros servicios en Internet, una y otra vez sin rechistar jamás. Para el niño, la aplicación y el teléfono dejaron de ser un objeto sin interés para convertirse en casi un ser vivo, cuerpo y alma, que podía llevarse en el bolsillo, acompañarte a cualquier sitio, dormir contigo o ir pegado de manera perenne al hueco de tu mano. El resto es ya historia, casi un cuento de Navidad, narrado con estilo y ternura por su madre en el periódico, carne de trending topic.
sensible, paciente, humano
El relato contiene muchos elementos de reflexión más allá del contenido emocional expresado por un niño hacia un asistente electrónico convertido en mejor amigo, un compañero absolutamente paciente con sus iteradas preguntas y curiosidades o con sus interminables silencios. Toda una nueva forma de entender la tecnología, no como el dispositivo inteligente por excelencia que un día se mostrará todopoderoso a la par que condescendiente con sus creadores humanos –esos que sólo serán ya los más listos en los libros de historia-, sino como el objeto tecnológico que puede ser sensible, paciente, humano en el sentido primigenio del término, abandonado ya por buena parte de la especie.
Y esto es una novedad. La carrera desesperada por desarrollar sistemas tecnológicos siempre más inteligentes podría organizarse de otro modo. El objetivo no sería sólo conseguir sistemas de inteligencia artificial más potentes sino prestar atención, también en el caso de las máquinas, a conceptos como la inteligencia emocional, la paciencia, la empatía, la amistad, etc. No necesitaríamos, desde este punto de vista, una máquina superinteligente si el objetivo es tener un amigo, ni necesitamos una máquina charlatana y sabelotodo si el objetivo es enfrentar las series de preguntas y pausas eternas de un niño autista.
La saga de sistemas automáticos de contestadores telefónicos, de servicios de atención al cliente automatizados, de asistentes virtuales para la compra de billetes online, etc., no nos han hecho precisamente la vida más fácil, ni deberían hacérnosla sus sagas más evolucionadas. Decir que los odiamos sería una manifestación templada de nuestros peores sentimientos hacia esos sistemas de la tecnología moderna. Hemos perdido mucho tiempo, y casi siempre la paciencia, intentando esquivarlos para llegar a través de sus códigos alfanuméricos hasta el operador de carne y hueso, uno que pudiera empatizar con nosotros. Porque en la comparación extrema, entre un humano mal encarado e incompetente y una máquina servil y fría siempre nos decantábamos por el primero. Al menos podríamos tener la esperanza de que nuestro problema pudiera tocarle alguna fibra sensible, en un momento de descuido, de humano al fin y al cabo, y pudiera decidir ayudarnos. Cosa que con la máquina era un imposible por limitación de diseño más allá de la combinación más o menos sensata de los millones de datos en su memoria.
"personalidad" insufrible
La única expectativa con la que contábamos para mejorar este escenario era esperar al día en el que esos sistemas habrían superado su fase larvaria para llegar a ser auténticos sistemas avanzados, capaces de dar un servicio a los clientes y no sólo de contenerlos y ponerles la zancadilla en su camino hacia unos pocos operadores siempre desbordados y mal pagados. Mientras tanto, su "personalidad" insufrible nos llevaba a pensar que fuera incluso el objetivo de su diseño: acabar con la paciencia de los clientes y convencerlos de tirar la toalla antes de seguir esperando con el auricular pegado al oído escuchando mensajes comerciales por el morro, separados por música de ascensor y ráfagas de "no cuelgue por favor" o "en estos instantes todos nuestros operadores están ocupados".
No queremos máquinas más capaces o inteligentes: queremos máquinas que nos entiendan
Pero la esperanza estaba mal encauzada. En realidad, no queremos máquinas más capaces ni más inteligentes para lidiar con nosotros, queremos máquinas que nos entiendan, signifique esto disponer de más, igual o incluso menos talento del que ya tienen. Un niño autista nos ha recordado que lo importante, en su caso, es la paciencia y la disponibilidad de la máquina, ni siquiera las respuestas tienen que ser las más exactas o precisas, o rebuscadas en la gran base de datos que es Internet.
Las generaciones de máquinas del futuro deberían ser, por ello, inteligentes porque son humanas, en lugar de inteligentes porque sus sistemas les permiten serlo. Ser inteligentes a secas podría no significar mucho si visamos el bienestar de los individuos de la especie. Si desde un inicio pusimos el acento en conseguir máquinas capaces de, por ejemplo, derrotar a los campeones de ajedrez del mundo, la misión fundamental ahora sería desarrollar programas que permitiesen un dispar abanico de posibilidades, máquinas diversamente hábiles. Máquinas que nos dejasen ganar la mitad de las veces, que nos dejaran hacer trampas haciendo como que no se daban cuenta, que nos enseñasen los trucos para vencerles o para vencer a nuestros rivales, que reconocieran cuando teníamos un mal día para ser más cautos con los jaques mates o con el ataque a nuestra reina, y así hasta una colección de aspectos centrados en la empatía y no en la demostración de fortaleza numérica y capacidad de cálculo de probabilidades.
Lo mismo ocurriría, por ejemplo, con todas esas tecnologías que nos deberían asegurar una comunicación fluida, instantánea, como los sistemas de videoconferencia, Internet, la telefonía móvil, y que cuando se atoran hacen saltar los fusibles de nuestra paciencia. ¿Cómo puede ir esto tan despacio? ¿Por qué no consigo conectarme? ¿Por qué la imagen es tan borrosa? ¿Por qué el código IP parece no entenderse con el canal de ISDN y éste con la resolución del sistema de vídeo y la señal de audio?
Ahora la tecnología de comunicación podría ser también readaptada para conseguir que los sistemas de comunicación no pretendiesen esa comunicación instantánea y perfecta por encima de todo sino una relación que transmitiesen sentimientos más acordes a los participantes y al tipo de interacción necesaria entre ellos. Sí a la facilidad de conexión y a la calidad del sonido, pero también a entornos de comunicación que promoviesen la paz, la serenidad, el buen rollo, la emoción, el romanticismo o la amistad.
la cumbre más alta, el valle más hermoso
Y qué decir de los viajes, esa manera frenética de ir de un lado para otro siempre pendiente de que algún error en algún código informático nos deje en tierra. La tecnología aquí se centraría en el viaje en sí, en hacernos la vida agradable, en sentir que nuestro tiempo era importante, y en hacernos olvidar que lo importante es llegar a algún sitio desde cualquier otro para ir a uno nuevo. Necesitamos sosegarnos. Las críticas a la tecnología que no quiere ir siempre a más, que no aspira a la cumbre más alta sino al valle más hermoso, al terreno horizontal más que al vertical, allí donde vive la gente de manera preferente, no se han hecho esperar tampoco. Crear tecnología que se adapte como un guante a la idiosincrasia, patologías, psicología, gustos, etc. de cada persona podría significar intensificar esos mismos rasgos. De algún modo sería darle bebida al alcohólico y ruido al insomne. En el caso del niño autista, en lugar de favorecer su sociabilización para ayudarle a relacionarse con otras personas "normales" se estaría incentivando su relación ensimismada con una máquina que le permite arraigarse en su mundo y salir adelante con un comportamiento socialmente anómalo.
En cierto modo es la crítica al Mundo Feliz, la famosa novela de A. Huxley, donde la concepción organizada de seres diversamente hábiles e inteligentes se aplicaría ahora a las máquinas y no a los humanos. Máquinas desarrolladas con patologías diversas incorporadas o con especial comprensión hacia las mismas para acompañar a personas con esas mismas dificultades.
Puede ser un debate interminable o una tormenta en un vaso de agua. Mi cafetera no es el mejor modelo del mercado pero a mí me sirve para lo que la quiero y mis expectativas de tomar un café que me agrade están satisfechas. ¿Significa eso que dejo de estimular mis papilas gustativas y las condeno a una vida insatisfecha? En todo caso, un niño, no ya un niño autista, tiene un nuevo mejor amigo, lo que no ocurre todos los días de una vida y debería alegrarnos tanto al menos como a él y seguramente casi tanto como a su madre.
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