El amor verdadero es difícil de encontrar, sí, pero casi más difícil aún es conseguir
una amistad que dure toda la vida.
El frenesí de la existencia contemporánea nos lleva en demasiadas
ocasiones a sacrificar aquello que nos parece más coyuntural y nos
obliga a centrarnos en lo más cercano, que suele ser la familia,
descuidando de esa manera a aquellos que en momentos cruciales de
nuestra vida nos echaron una mano o con los que compartimos experiencias
irrepetibles.
La receta para conseguir una amistad duradera no es
perfecta, y los ingredientes cambian según cada persona y la etapa
vital en que esta se encuentre, pero hay ciertas constantes que
determinan
una buena convivencia en la distancia. Algunas de ellas se parecen a aquellas que nos garantizan
una buena relación de pareja, pero otras tienen sus propias características peculiares.
Como no podía ser de otra forma, gran parte de la psicología divulgativa se ha propuesto averiguar cuál es
la constante que se mantiene en las relaciones de amistad más duraderas. Es el caso de libros como
The Friendship Crisis: Finding, Making and Keeping Friends When You’re Not a Kid Anymore (Rodale Books) de
Marla Paul o
The Art Friendship: 70 Simple rules for Making Meaningful Connections (St. Martin’s Press) de
Roger Horchow,
que se centran en la dificultad de preservar las relaciones personales
después de la adolescencia. ¿Qué nos enseñan estos libros sobre la
amistad?
- Escucha, pero también responde
Que
un amigo es un hombro donde llorar es algo que todos sabemos. Pero las
amistades se acaban cuando la comunicación se produce en un único
sentido, por mucho que escuchemos con atención a nuestro amigo.
Si no expresas tus propias dudas y problemas en
voz alta, probablemente la otra persona terminará pensando que se está
tomando demasiadas confianzas contigo, y la amistad comenzará a
erosionarse.
¿A
quién le pedirías que recogiese a tus hijos a la salida del colegio
cuando tú no puedes, a un amigo al que conoces desde hace décadas, o al
compañero de trabajo con el que apenas has convivido unos meses? La
respuesta es obvia, y quizá, para ser amigo de alguien, el primer paso
sea comportarse como tal. Si de verdad la otra persona quiere mantener
su amistad
no dudará en echarte una mano, y si no es
así, también te hará saber que estás perdiendo tu tiempo. Cuidado,
porque hay quien incluso se siente menospreciado si no le pides nunca
nada.
¿De
qué hablamos cuando nos cruzamos en el transporte público con un
compañero con el que no tenemos mucha confianza? Del tiempo, del fútbol o
de la noticia del día. La amistad se caracteriza por gozar de un grado
de intimidad mucho mayor que otras relaciones, y para conseguirla, no
hay nada como
compartir nuestros sentimientos y opiniones
más personales. La clave está en saber dónde y cuándo se pueden tratar
dichos temas y, sobre todo, de esforzarse por buscar circunstancias que
permita llegar a dichas situaciones.
En ocasiones,
un simple “estoy ahí”
cada dos meses puede hacer más que una semana compartida de vacaciones.
La distancia y las agendas apretadas pueden hacer que dos personas no
se vean en mucho tiempo, pero ello no quita que no preguntemos de vez en
cuando qué tal marcha todo.
- La independencia es importante
Mantener un contacto regular no implica el acoso personal y aunque hoy en día seamos bastante despegados, hay personas que
no saben muy bien dónde se encuentran los límites.
Quizá no sea necesario telefonear todos los días a todos nuestros
amigos, o preguntar cada dos horas por WhatsApp qué tal va el día. De
hecho, este tipo de comportamientos contribuyen a quemar rápidamente la
relación y a agotar a la otra persona. Una amistad de verdad no se acaba
por un mes en el que no hayamos hablado por teléfono.
- Crea nuevas experiencias para recordar
Una de las ventajas, pero también de los problemas, que tienen las relaciones que se mantienen desde la infancia es que
convierten el pasado en un lugar
mítico al que resulta difícil volver. Es divertido recordar las viejas
anécdotas, pero tarde o temprano, si no se renuevan, pasan a ser
recuerdos repetitivos. Hay que encontrar nuevas experiencias que se
puedan inscribir con letras doradas en el libro de la amistad
compartida.
- Todo el mundo comete errores (tú el primero)
El
ser humano es falible por naturaleza, y es probable que con quien más
nos equivoquemos sea al mismo tiempo el que más nos quiere. Por eso,
debemos estar
listos para perdonar, pero también, para
ser perdonados. Ello no quiere decir que nos debamos dejar avasallar,
sino que la amistad exige soltar un sincero “lo siento” de vez en
cuando.
- Los amigos de tus amigos son tus amigos
¿Cuántas
amistades se han roto después de que uno de los dos miembros de la
relación cambiase de grupo de amigos? En la mayor parte de casos,
la integración es más sencilla y cómoda que la separación,
y que se conozcan amigos de orígenes muy diversos no sólo nos ayuda a
conservar nuestras amistades, sino que contribuye a crear una red de
contactos que nos puede ser especialmente útil en caso de necesidad.
Como sugiere Roger Horchow en su libro, organizar una fiesta en la que
pidas a cada uno de sus amigos que traiga a un amigo que no conoces
puede ser una buena manera de aumentar tu círculo.
- Integra a tu pareja (o a tu familia)
Cuando alcanzamos cierta edad y comenzamos a formar una familia, es más complicado quedar con los amigotes para
salir por la noche
o ir al bar a ver el partido. Si no queremos que se conviertan en
motivo de conflicto, puede ser útil integrarlos en otra clase de
actividades donde pueda participar el resto de tu familia. Quizá no sea
tan divertido como en la adolescencia, o quizá consigas que tus hijos y
los de tus amigos formen su propia pandilla.
- Sé positivo, pero no complaciente
Cuando
un amigo te cuenta uno de los problemas que le inquietan, probablemente
esté buscando apoyo y la posibilidad de reafirmarse en sus creencias.
Aunque debemos dejarle claro que siempre estaremos a su lado para lo que
necesite,
no debemos darle la razón como a los locos,
sino ayudarle con consejos prácticos, aunque ello le obligue a
replantearse su visión de las cosas. A la larga te lo agradecerá.
Cuando
todos los cuadros horarios de tu agenda están repletos, ser capaz de
sacrificar alguna actividad para quedar con un viejo amigo a comer o
tomar un café es el mejor signo de que
nos seguimos preocupando por él. Si preferimos tirarnos en el sofá para hacer
zapping antes que visitar a un colega, ¿cómo podemos pretender que este nos eche una mano cuando lo necesitemos?
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