domingo, 9 de febrero de 2014

¿Por qué se habla tanto de la educación emocional, tanto en niños como en adultos?

¿Por qué se habla tanto de la educación emocional, tanto en niños como en adultos?

Por el 04 de febrero de 2014 en · 

Autor

Jesús López Moya
Pedagogo especializado en Inteligencia Emocional. Jefe de estudios del CEP San José de Calasanz (Bigastro) desde 2009. Autor del libro infantil Las aventuras del Capitán Mondongo (Ed. Kelonia) y creador del blog infantil Leoymemeo. Colaborador de MUNDIARIO.
Patio de un colegio.
Patio de un colegio.
Últimamente se habla mucho sobre la importancia de la inteligencia emocional, concretamente de la 'educación emocional'. Pero, ¿qué encierran estas palabras? ¿Por qué resulta tan importante en los niños y adultos?
La evolución de la educación

Históricamente, el colegio se centraba en transmitir únicamente saberes cognitivos y memorísticos (matemáticas, lengua, etc...), dejando de lado los sentimientos y emociones que envolvían ese proceso educativo. Poco a poco, este paradigma fue evolucionando al ver la necesidad de educar a los niños en una serie de valores útiles para su crecimiento y socialización (educación para la paz, solidaridad, igualdad, etc), con lo que comenzó a darse una formación más global que incluyese esas variables que habían pasado desapercibidas.
Uno de los pilares de esa educación en valores, ampliado y profundamente estudiado, es el campo de la educación emocional, la cual ha supuesto una evolución en el ámbito educativo.
¿Por qué es conveniente ‘educar las emociones’?
Principalmente, porque esta es la única disciplina que supone una innovación educativa que responde a necesidades individuales y sociales no atendidas en las materias académicas ordinarias, tales como la autoestima, la empatía, las habilidades sociales, etc...
En definitiva, esta disciplina pretende que todos los niños tengan las máximas oportunidades de desarrollarse más allá de las calificaciones académicas, dejando atrás la idea de que el éxito académico es el único válido (¿Cuántas veces nos hemos tropezado con gente de brillante expediente y que no ha sabido desenvolverse en sociedad?).
Ya en 1983, Howard Gardner postulaba la idea de las ‘Inteligencias múltiples’ (sí, todos tenemos varias inteligencias que van más allá de lo académico), de la que se desprende que la inteligencia tradicional no es la única (es más, dicha inteligencia tan solo tiene un 10-20% de influencia sobre el éxito académico y profesional), y hace referencia a dos inteligencias que servirán de marco para el desarrollo de la inteligencia emocional: la inteligencia intrapersonal (conocerse a sí mismo) y la inteligencia interpersonal (conocer a los demás).
Aunque el boom de la inteligencia emocional vino en 1995 de la mano del libro homónimo de Daniel Goleman, los estudios más rigurosos comenzaron a realizarse a principios de los noventa de la mano de John D.Mayer y Peter Salovey, estableciendo los 4 pilares básicos de la misma:
> Percibir, valorar y expresar emociones.
> Moldear nuestro pensamiento a través de las emociones.
> Comprender y analizar nuestras emociones y las de los demás.
> Regular las emociones para promover el crecimiento intelectual.
Sintetizando todo lo expuesto anteriormente podemos definir la inteligencia emocional como la habilidad para tomar conciencia de las emociones (propias y ajenas) y la capacidad para regularlas y orientarlas al bienestar, estableciendo relaciones sociales positivas.
Las principales emociones son: miedo, ira, ansiedad, tristeza, vergüenza, aversión, alegría, amor, humor y felicidad; y aunque tienen un componente innato, la función principal de la educación emocional consistirá en tomar conciencia de estas emociones (lo que llamamos sentimientos) para poder enfocarlos al bienestar propio y facilitar las relaciones interpersonales.
Una persona (niño o adulto) que adquiera estas capacidades tendrá muchas más posibilidades de desarrollarse plenamente y, por lo tanto, de alcanzar mayores cotas de éxito en la vida.
¿Cuándo comenzar a educar emocionalmente?
¡Desde ya! Todos los estudios apuntan que la educación emocional empieza desde el nacimiento del niño (algunos estudios aseguran que incluso durante el periodo de gestación se pueden percibir los estados emocionales de la madre por parte del futuro bebé), por lo que la familia desempeña un papel fundamental. La base de todo este proceso es la interacción con los niños, ya que los padres ayudan de este modo a identificar y etiquetar sus emociones, orientando los sentimientos de los niños hacia actitudes positivas.
Respecto a la escuela, cabe resaltar la siguiente afirmación categórica: algunos de los aprendizajes más importantes se dan en las relaciones informales entre el niño y el maestro. El papel de los docentes es interesarse por las emociones y los sentimientos de los alumnos y fomentar lo que se podría denominar como ‘currículum afectivo’ (esto, aplicado al mundo laboral, sería un mecanismo efectivo para prevenir situaciones de ansiedad, estrés o burn out). Fomentar actividades grupales, el aprendizaje colaborativo o realizando asambleas periódicas en clase son algunos de las bases de una educación emocional efectiva.
¿Cómo puedo mejorar la educación emocional de mi entorno?
Aquí dejo algunas pautas muy sencillas para practicar la educación emocional con los niños (y no tan niños) y que, a buen seguro, tendrán una repercusión muy positiva en su desarrollo:
PARA LOS MÁS PEQUEÑOS
- Dibujar caras que expresen diferentes emociones
- Evocar sucesos importantes que ayuden a conectar con una emoción determinada (por ejemplo, recordar un día que fueron a la feria y preguntar por lo que sentían)
- Imitar con gestos faciales determinadas emociones (poner cara de miedo, de alegría…)
- Ejercicios de respiración para aprender a relajarse.
PARA NIÑOS DE 6 A 12 AÑOS
- Analizar imágenes o historias sobre un conflicto determinado
- El rincón del enfado. Es importante asignar un espacio para cuando los niños sientan enfado. Definir eselugar y provocar una charla posterior ayudará a encauzar las emociones negativas.
- Role-playing. En estos juegos el niño debe adquirir el papel de otra persona, para fomentar la empatía y valorar distintos puntos de vista.
PARA ADOLESCENTES
- Actividades enfocadas a mejorar la autoestima: Por ejemplo, los adolescentes escriben en un papel las 3-4 cosas que menos les gustan de sí mismos. Después, dialogar sobre esas debilidades para darle un enfoque positivo, haciendo hincapié en los puntos fuertes relacionados con esas debilidades.
- La utilidad de las preocupaciones. En esta actividad se establece un diálogo sobre las cosas que preocupan a los adolescentes. El papel del adulto es ofrecer alternativas a las preocupaciones en bucle y clasificarlas según su utilidad.
- Trabajar las habilidades sociales. Por ejemplo, realizar un dibujo a dos  manos (con dos personas), para lo que se necesitan habilidades como la colaboración y el trabajo en equipo.
- La asertividad. Se trata de enseñar a utilizar el razonamiento como herramienta para defender posturas enfrentadas.
Para finalizar, una actividad que engloba a todo este proceso y que fomentará lo que Avery y Nunley (1997) denominaron la ‘creatividad emocional’: Leer.Probablemente la lectura es el primer hogar de la inteligencia emocional, ya que fomenta la imaginación, la empatía, la creatividad, la toma de decisiones, el aprendizaje vicario, etc.
La importancia de la lectura en los niños y adultos merece, por su importancia, ser el eje central del próximo análisis. Aquí, en MUNDIARIO.


jueves, 6 de febrero de 2014

La actualidad de Schopenhauer

TRIBUNA:LA CUARTA PÁGINA

La actualidad de Schopenhauer

Las teorías del pensador alemán sobre el mundo como voluntad y representación produjeron un giro biológico en la filosofía. Entonces fueron una provocación; ahora, nos vienen como anillo al dedo


Durante la mayor parte de su vida, Arthur Schopenhauer -fallecido hace exactamente 150 años- no defendió una filosofía que gozara de actualidad. En contra de lo que era corriente en su época, su imagen del hombre no se esbozaba desde el espíritu, sino desde el cuerpo y las pulsiones, desde la biología. Con Schopenhauer se produce un giro biológico en la filosofía, una auténtica provocación para aquel tiempo. A veces siente menos aprecio por los ejemplares medios de los «bípedos», tal como en ocasiones los denomina con rabia, que por otros animales más juiciosos. Cuando su perro de lanas le molesta, lo increpa con un «Pero, ¡hombre!». Para Schopenhauer el hombre pertenece realmente al reino animal, y por eso le encantan las frecuentes comparaciones con los animales. Por ejemplo, esclarece el instinto social del hombre con el caso de los puercoespines, que en los días fríos de invierno se apiñan entre sí para calentarse, pero como se clavan unos a otros las espinas, tienen que volver a separarse, arrojados de aquí para allá entre dos males. Lo mismo sucede con el hombre, que busca la sociedad, pero que es atormentado por ella. Por eso Schopenhauer aconseja mantenerse a una distancia media. Desde su punto de vista es sobre todo la maldad lo que distingue al hombre del animal. Para la crueldad, el engaño, la envidia y la malevolencia de todo tipo se requiere inteligencia. Con la inteligencia el hombre se ha creado un mundo cultural intermedio, mas no por eso se ha hecho mejor. A Schopenhauer le gusta citar al Mefistófeles de Goethe: «La llama razón y de ella sólo tiene necesidad para superar a cualquier animal en animalidad...». En un famoso capítulo dedicado a la «metafísica del amor sexual», Schopenhauer expone que también en el amor más exaltado a la postre actúa solamente lo biológico, a saber, el comportamiento procreador. Describe con destacado talento satírico los ridículos en que cae el espíritu cuando entra en colisión con las pulsiones y maquinaciones del cuerpo, concretamente con la sexualidad. Dice que los genitales son el «auténtico núcleo de la voluntad». Ante la conciencia, el impulso de procreación se representa como una aspiración psíquica y como enamoramiento. Los genitales se buscan a sí mismos y el alma cree que se encuentra a sí misma. «Esta añoranza y este dolor del amor [...] son los suspiros del espíritu de la especie, que cree conseguir o perder un medio indispensable para sus fines, y por eso gime profundamente» (Die Welt als Wille und Vorstellung, II, 705). La depresión poscoital es la desilusión del alma, que a la vista de semejante montaje, se prometía más cosas.

La idea de liberalismo puede compaginarse con la imagen del hombre que diseña el filósofo

Rechazó cualquier recurso a la metafísica y la religión: estamos solos, el cielo está vacío
Nuestra época, fascinada por teorías sobre «genes egoístas» y por la reducción del espíritu a las funciones cerebrales, debería considerar la filosofía de Schopenhauer como de máxima actualidad. Pero hay más de un obstáculo para ello. Por más que se celebra la marcha victoriosa de la biología en la técnica y en la ciencia, en general este convencimiento no quiere extenderse a la conciencia pública. Hace algún tiempo pudimos observarlo en el debate de Sloterdijk sobre la cuestión de la optimización biológica del hombre (el «parque humano») o más recientemente en las polémicas declaraciones del economista Thilo Sarrazin. Las reflexiones eugenésicas, las afirmaciones relativas al carácter hereditario de la inteligencia o a la diversa distribución de las dotes en los diferentes pueblos acarrean todavía los más fuertes anatemas. Sabemos que estos tabúes tienen su historia, pues tras los crímenes del nacionalsocialismo, el biologismo ha perdido su inocencia; por tanto, no deberíamos sorprendernos ante reacciones que han alcanzado cotas de histeria. No hay duda de que éstas sólo pretenden quitarse de encima asuntos y personas desagradables. Pero esto nada cambia en el hecho de que en la imagen del hombre se ha realizado un giro biológico desde hace tiempo. Schopenhauer fue precisamente un pionero, todavía al margen del espíritu dominante de su época. Y, detestando el conformismo intelectual, también en otros terrenos se aferró tenazmente a su independencia.
En 1813, al principio de la guerra de liberación contra Napoleón, se extiende la actitud patriótica, en especial entre la gente culta, y la apelación de Fichte, que llama a las armas con autoridad filosófica, es acatada; pero el estudiante Arthur Schopenhauer pone pies en polvorosa. Él, que había asistido a las clases de Fichte, escribió al respecto la siguiente anotación: «absurdo rabioso» y «palabrería desvariada». Ciertamente se vio forzado a dar dinero para el armamento de un soldado, pero no quería batirse. El patriotismo le resultaba extraño. Los asuntos de la política mundial no despertaban en él ninguna pasión. Justificaba su huida de Berlín con la reflexión de que su patria era «mayor que Alemania» y él no había nacido «para servir a la humanidad con el puño». Lo suyo era más bien una obra filosófica que ya tenía in pectore. En esa época escribe en su diario: «La obra crece [...] como el niño en el cuerpo de la madre [...]. Le presto atención y hablo como la madre: "gozo de la bendición del fruto". ¡Tú, azar, dominador de este mundo sensual, déjame vivir y disfrutar de tranquilidad todavía algunos años!, pues yo amo mi obra como la madre ama a su hijo...» (Der handschriftlische Nachlass, I, 55).
Esta obra llega al mundo algunos años más tarde, en 1818, y se titula El mundo como voluntad y representación. El trabajo en este libro y su publicación fue el punto culminante de la vida de este solitario, nacido en 1788 como hijo de un rico comerciante de Danzig, deseoso de que también su hijo llegara a ser comerciante. Sólo tras la muerte del padre, en 1805, y sólo tras los estímulos procedentes de su madre, a la que más tarde Arthur tanto denostó, pudo llegar a convertirse en lo que quería ser: un filósofo. El joven hizo largos viajes con sus padres y conoció mundo. Más tarde afirmará que había leído en el libro del mundo y no sólo en libros, a diferencia de sus colegas, esos burgueses de medio pelo que se pasan la vida encerrados en casa. Schopenhauer, heredero de una fortuna, pudo vivir para la filosofía, sin necesidad de vivir de ella. El mundo profesional de la filosofía no le brindó ninguna oportunidad, y a la larga él dejó de buscarla, lo que resultó una suerte para él. El aguijón existencial que lo inducía a filosofar no quedó mermado por la inmersión en el ámbito social de la profesión. Schopenhauer era un hombre apasionado y por eso su voluntad de verdad permaneció también apasionada. Cuando en 1818 apareció publicada su obra magna, estaba convencido de haber cumplido la auténtica tarea de su vida. Viajó a Italia para contemplar, a una distancia prudencial, cómo caían los rayos de sus pensamientos, pero nada sucedió y se vio obligado a regresar para poner énfasis en sus palabras como profesor académico. Y se dirige para ello nada menos que a Berlín, donde Hegel, el rey de la filosofía en Alemania, abarrota las aulas. A las clases de Schopenhauer asisten cinco oyentes, que pronto se ausentan. Sin haber tenido una auténtica entrada en escena, se aleja de ella por más de treinta años, unos años que verá transcurrir como un sabio privado, y que en su mayor parte transcurrirán en Frankfurt del Meno. Demasiado orgulloso para buscarse un público, espera que sea el público el que lo busque a él. Y al final, habrá efectivamente un púbico que salga a su encuentro. Pero Schopenhauer hubo de tener paciencia, toda una vida de paciencia. Ahora bien, su filosofía se caracteriza por que el propio autor pudo extraer fuerzas de ella. Schopenhauer tenía su filosofía por verdadera precisamente porque contradecía al gusto general de los creyentes en la razón.
El año 1850, tras el fracaso de la Revolución del 48, comienza por fin lo que Schopenhauer llama la «comedia de su fama»: un coqueteo placentero con la visión pesimista del mundo por parte de ese ermitaño filosófico vestido a la moda del siglo XVIII, al que la gente ve salir cada día a pasear hacia Sachsenhausen, acompañado de su inseparable perro de lanas. En Frankfurt se pone de moda esta raza de perro. En el Englischer Hof, donde el filósofo come al mediodía, comienzan a merodear los curiosos. Esto le agrada. Ahora le escuchan con avidez, ahora es leído. Y poco antes de su muerte, el 21 de septiembre de 1860, declara: «La humanidad ha aprendido de mí algunas cosas que nunca olvidará».
Es cierto que se ha aprendido de él, aunque con frecuencia se ha olvidado o no se ha querido tener por verdadero que era de Schopenhauer de quien se aprendía. Por ejemplo, pocas veces se tiene conciencia de que fue él quien por primera vez pensó en lo que más tarde Freud había de llamar las tres grandes «humillaciones» de la megalomanía humana, humillaciones que pertenecen a la signatura de la moderna conciencia del mundo y del sí mismo. Una es la humillación cosmológica: nuestro mundo es tan sólo una de las innumerables esferas en el espacio infinito, «en el que una capa de moho ha engendrado seres que viven y conocen» (Schopenhauer). Otra es la humillación biológica: el hombre es un animal en el que la inteligencia no hace sino compensar la falta de instintos. Y la tercera es la humillación psicológica: el yo consciente no es señor en su propia casa. En una época llena todavía de fe en la razón, Schopenhauer descubrió con conocimiento racional lo no racional de los procesos de la vida, Thomas Mann lo llamó por ello «el filósofo más racional de lo irracional».
El programa entero de la filosofía de Schopenhauer está condensado en el título de su gran obra. El mundo es nuestra representación y, más allá de esto, según su substancia auténtica, es «voluntad». Ambos conceptos pueden resultar confusos. ¿Qué significan en Schopenhauer?
«Representación» es todo aquello del mundo exterior que aparece en la conciencia y es elaborado en ella, en la percepción cotidiana, en la fantasía, en la especulación y en las teorías. Pero no todo puede reducirse a esta realidad captada desde fuera. Hay además un segundo acceso. «Hemos ido hacia fuera en todas las direcciones en lugar de entrar en nosotros mismos, donde ha de resolverse todo enigma» (Der handschriftlische Nachlass, I, 154). Es en el propio cuerpo donde encontramos la realidad experimentada desde dentro: dolor, deseo, placer, pulsión. A todo eso Schopenhauer le da el nombre de «voluntad».
El mundo es conocido de dos maneras, desde fuera como representación y desde dentro como voluntad en el propio cuerpo. Según el pensador, esta vitalidad experimentada desde dentro no sólo ha de atribuirse a los otros hombres, sino también al resto de la naturaleza, pues constituye en cierto modo su dimensión interior.
En este contexto el concepto de «voluntad» tiene un significado alterado. No designa la intención racional, sino la pulsión insaciable, el deseo incansable. Frente a esto, la inteligencia se presenta como algo secundario, «al servicio» de la voluntad, dice Schopenhauer. En el mundo animal esta «voluntad» vive a manera de instinto, y en las plantas actúa como una tensión vegetativa. En definitiva la voluntad se quiere solamente a sí misma, quiere vivir, sobrevivir. En realidad, deberíamos «horrorizarnos» ante la naturaleza de la voluntad. No es ningún reino protector o maternal. No podemos trabar lazos de amistad con una tierra cuyo producto casual somos nosotros y que conserva la vida de la especie con nuestra muerte. La naturaleza no es un lugar de solaz silencioso, es una jungla donde se percibe el fragor de la lucha. Lo mejor es que en este contexto demos la palabra al propio Schopenhauer:
«Y así vemos por doquier en la naturaleza la contienda, la lucha y la victoria cambiante, y en ese rasgo seguiremos conociendo con mayor claridad la escisión con uno mismo, que es esencial a la voluntad. A lo largo y ancho de la naturaleza entera puede perseguirse esta lucha, es más, aquélla subsiste solamente a través de la contienda [...]: y esta lucha es la mera revelación de una escisión que es inherente, por esencia, a la voluntad. La lucha general se hace visible de la manera más clara en el mundo animal, que dispone del reino vegetal para su alimentación, y en el que a su vez cada animal se convierte en botín y alimento de otro [...], por cuanto cada uno de ellos sólo puede conservar su existencia por la supresión constante de otro ser extraño. Y en este escenario la voluntad de vivir se devora incesantemente a sí misma y es su propio alimento bajo diversas formas, hasta que finalmente el género humano, por someter a todos los seres vivos, considera la naturaleza como un artefacto para su propio uso. Pero ese mismo género humano [...] revela también en sí con terrible claridad aquella lucha, aquella escisión de la voluntad en sí misma, y el "homo" se convierte en "homini lupus" (el hombre se convierte en un lobo para el hombre)» (Der Welt als Wille und Vorstellung, I, 218).
Desde el mismo trasfondo desarrolla Schopenhauer su teoría del Estado, para lo que se apoya en Hobbes. El Estado pone un bozal en la boca de los « depredadores», y aunque de esta forma no mejora su condición moral, sí se hacen «inofensivos como herbívoros». Schopenhauer contradice explícitamente las teorías que, siguiendo a Hegel, esperan que el Estado mejore y moralice al hombre o que, con una actitud romántica, ven en el Estado un organismo humano superior, e incluso un organismo del pueblo. Para Schopenhauer el Estado no es otra cosa que una máquina social, que en el mejor de los casos refrena los egoísmos y los une con el egoísmo colectivo del interés por la sobrevivencia. Para este fin desea un Estado dotado de fuertes medios de poder, aunque su poder sólo ha de referirse a lo exterior, ateniéndose a los principios del Derecho. El Estado no debe inmiscuirse en la manera de sentir y pensar de los ciudadanos. Postula así un Estado fuerte y a la vez un enflaquecido concepto de política. Schopenhauer nos pone en guardia frente a las ambiciones de fundar sentido que puede tener el Estado; frente a un Estado con alma que luego pretenda apoderarse del alma de sus ciudadanos.
Por tanto, la idea del liberalismo puede compaginarse perfectamente con la imagen del hombre que diseña Schopenhauer. Éste aboga por la libertad de opinión y pensamiento, pero a la vez por una fuerte obstrucción de la acción. Con la moral no se llega muy lejos. La compasión, que para Schopenhauer constituye la única fuente auténtica de la moral, es demasiado rara. Por eso la formación del Estado no puede cimentarse en la compasión, sino que debe fundarse en un egoísmo recíproco bien entendido.
Schopenhauer veía la realidad con colores sombríos, quizá demasiado sombríos, y por ello no le resultaba extraña en absoluto la «necesidad metafísica», por más que rechazara las respuestas metafísicas forjadas con ánimo consolador.
Sabemos que la metafísica, tanto la cotidiana como la que se encarama especulativamente, pregunta por el sentido del todo. ¿Por qué nos desazonamos?, ¿por qué este afán rabioso de trabajo, este correr en la rueda del hámster, este celo procreador? ¿Qué pasa con el todo? ¿Hacia dónde corre? Schopenhauer admite que es inevitable plantear estas preguntas, pero afirma también que no pueden obtener respuesta. La voluntad como fondo de pulsiones se quiere solamente a sí misma, quiere su propia conservación y, si es posible, el propio incremento. No está dirigida a una envolvente finalidad superior. No se esconde nada detrás de ella, fuera de esta ciega pulsión vital -hoy hablaríamos del gen egoísta-, una pulsión que en el hombre está unida con el entendimiento, que por lo regular escucha el mandato de la pulsión (del «interés») y sólo en casos excepcionales se despega de esos impulsos y mira desde la distancia. Según Schopenhauer, es lo que sucede en el arte, en la sobriedad de la ciencia y en una filosofía sin ilusiones. Él escogió a Edipo como patrón protector de su filosofía. El filósofo, escribía una vez a Goethe, igual que Edipo, necesita el «valor de no retener ninguna pregunta en el corazón», aun cuando de ahí se derive lo «más horrible». Para Schopenhauer quizá no se derivó lo «más horrible», pero sí algo descorazonador: la vida se quiere solamente a sí misma y nada más. No se esconde detrás ninguna otra cosa.
Pero esta «verdad», ¿es realmente tan descorazonadora, incluso tan insoportable? ¿No nos hemos acostumbrado ya a tales verdades: a la monstruosa indiferencia de los espacios vacíos, a los torbellinos de materia y los agujeros negros; los agujeros negros en el alma y las tormentas de neuronas en las cabezas?, ¿no estamos acostumbrados al devorar y al ser devorado en la naturaleza; a la historia como carnicería? ¿Puede asustarnos todavía la falta de una instancia superior de sentido? Parece más bien que estas convicciones forman parte del decorado interior del escaldado hombre occidental.
Habría que comprobar si semejantes puntos de vista han penetrado realmente en el sentimiento elemental de la vida o si vivimos todavía con otras premisas silenciadas, si, aunque pensemos con Copérnico, en el estrato del sentimiento seguimos radicados en Ptolomeo. Quizá vivimos todavía de crédito y de hecho nos sentimos llevados aún por una especie de confianza originaria. El joven Schopenhauer anotó una vez en su diario: «Radica en las profundidades del hombre la confianza de que algo fuera de él es consciente de él, a la manera como lo es él mismo. Si pensamos lo contrario con intensidad, esto se convierte en un pensamiento terrible» (Der handschriftlische Nachlass, I, 8).
Exactamente este «pensamiento terrible» es lo que Schopenhauer trató de pensar. Rechazó las ofertas de fundación de sentido de la metafísica y la religión -una especie de metafísica para el pueblo, según él. Habremos de aprender a vivir, dice, sin la confianza en el mundo que aquéllas nos ofrecen. Estamos solos. El cielo se encuentra vacío.
¿Qué se sigue de ahí? Cabría pensar que en todo caso la religión ha quedado fuera de juego. Sin embargo, no es ése el caso para Schopenhauer. Por más que sorprenda, precisamente en este punto podemos aprender de él. El hecho es que Schopenhauer no sólo aportó el giro biológico a la filosofía, sino que además, con su filosofía de la negación de la voluntad, se apoya en la sabiduría oriental y en los aspectos de la cultura religiosa del cristianismo que concuerdan con las religiones orientales, en el espíritu de renuncia y la ascesis. Schopenhauer describe la negación de la voluntad como un giro de ésta contra sí misma. La voluntad, hecha prudente por experiencia propia y familiarizada por la compasión con el carácter de sufrimiento inherente al mundo, se revoca a sí misma y desiste de la autoafirmación a cualquier precio. El furor del ansia de vivir, del consumo, de la voluntad de poder, ha de mitigarse. ¿Hace falta dibujar con detalle cuánto puede ayudarnos esa cultura de la ascesis y de la renuncia y cuán urgentemente la necesitamos?
Pero aquí surge una gran dificultad, pues la renuncia y la ascesis han de buscarse por mor de sí mismas y ya no de cara a una instancia superior, a un mandato más elevado. Se trata de conseguir un pensamiento y un ánimo elevados, pero sin fe en un ser superior. Sería aquella actitud que Sloterdijk llama acertadamente «tensión vertical». De ahí puede proceder la fuerza para la renuncia, la amplitud de miras y la autodisciplina, hasta llegar a la ascesis. Cuando ya no se cree en ningún Dios, esas virtudes se ejercitan en aras de la propia mismidad mejor. Precisamente en este punto Schopenhauer va más allá de la biología: en la fuerza de superación de la voluntad egoísta está incluida para él la dignidad del hombre.
Schopenhauer ha descrito penetrante e inolvidablemente tal superación de la voluntad como instantes de desasimiento, por no decir de redención. ¿Los experimentó realmente? Ahí está su talón de Aquiles. Él no fue ni santo ni asceta. Y tampoco se convirtió en el Buda de Frankfurt. Entendía brillantemente la negación de la voluntad siempre que no afectara a su voluntad. Y a ésta supo abrirle paso, a veces incluso con rudeza. Lo hizo contra su madre, a la que pretendía dar órdenes, como sustituto del patriarca tras la muerte del padre; contra casi todos los profesores de filosofía coetáneos, a los que insultaba como «emborronadores de absurdos»; contra los editores, por los que se sentía engañado, y contra las «mujeres», una especialidad suya (llegó a lanzar por la escalera a una vecina que merodeaba tras él con excesiva curiosidad; por lo menos eso es lo que ella afirmaba). En el café Greco de Roma los artistas que allí se congregaban trataron de impedirle la entrada porque ya no soportaban más su constante regañar y sus aires de sabiondo. En su habitación de Berlín, desengañado y agriado, golpeaba los muebles con el bastón de paseo. Al pedirle explicaciones, refunfuñaba: «Doy cita a mis espíritus». Pero este duendecillo tenía sus momentos de «mejor conciencia», tal como él se expresaba; con todo, quedaba siempre en él una espina cuando no vivía a la altura de su inteligencia.
No obstante, acierta con su filosofía de la superación de la voluntad egoísta o ansiosa de sí misma. No hay otra salida. Tenemos que aprender a renunciar; tenemos que aprender ascesis. Hemos de mitigar la avidez. Tenemos que remar hacia atrás. Ahí estaría el progreso que conviene a nuestra época. Y en este camino, la filosofía de Schopenhauer nos viene como anillo al dedo.
Rüdiger Safranski, ensayista y biógrafo alemán, es autor, entre otros títulos, de Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía (2008) y Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán (2009), ambas obras publicadas por Tusquets Editores.
Traducción de Raúl Gabás Pallás, © Raúl Gabás Pallás, 2010
Rüdiger Safranski, ensayista y biógrafo alemán, es autor, entre otros títulos, deSchopenhauer y los años salvajes de la filosofía (2008) y Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán (2009), ambas obras publicadas por Tusquets Editores. Traducción de Raúl Gabás Pallás, © Raúl Gabás Pallás, 2010

miércoles, 5 de febrero de 2014

Nadie puede dudar de que las cosas recaen,
un señor se enferma y de golpe un miércoles recae
un lápiz en la mesa recae seguido
las mujeres, cómo recaen
teóricamente a nada o a nadie se le ocurriría recaer
pero lo mismo está sujeto
sobre todo porque recae sin conciencia
recae como si nunca antes
un jazmín para dar un ejemplo perfumado
a esa blancura
¿de dónde le viene su penosa amistad con el amarillo?
el mero permanecer ya es recaída
es jazmín entonces
y no hablemos de las palabras
esas recayentes deplorables
y de los buñuelos fríos que son la recaída clavada
contra lo que pasa, se impone pacientemente la rehabilitación
en lo más recaído hay siempre algo que pugna por rehabilitarse
en el hongo pisoteado, en el reloj sin cuerda
en los poemas de Pérez, en Pérez
todo recayente tiene ya en sí un rehabilitante
pero el problema, para nosotros los que pensamos nuestra vida
es confuso y casi infinito
un caracol segrega y una nube aspira
seguramente recaerán
pero una compensación ajena a ellos los rehabilita
los hace treparse poco a poco a lo mejor de si mismos
antes de la recaída inevitable
pero nosotros tía ¿cómo haremos?
¿cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído
si por la mañana estamos tan bien
tan café con leche
y no podemos medir hasta donde hemos recaído en el sueño
o en la ducha
y si sospechamos lo recadente de nuestro estado
¿cómo nos rehabilitaremos?
hay quienes recaen al llegar a la cima de una montaña
al terminar su obra maestra
al afeitarse sin un solo tajito
no toda recaída va de arriba abajo
porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa
cuando ya no se sabe donde se está
probablemente Icaro creía tocar el cielo
cuando se hundió en el mar Eponimo…. y
dios te libre de una zambullida tan mal preparada
tía ¿cómo nos rehabilitaremos?
hay quien ha sostenido que la rehabilitación
sólo es posible alterándose
pero olvidó que toda recaída es una desalteración
una vuelta al barro de la culpa
perfecto!
somos lo más que somos porque nos alteramos
salimos del barro en busca de la felicidad
y la conciencia y los pies limpios
un recayente es entonces un desalterante
de donde se sigue que
nadie se rehabilita sin alterarse
pretender la rehabilitación alterándose es una triste redundancia
nuestra condición es la recaída y la desalteración
y a mi me parece que un recayente debería rehabilitarse de otra manera
que por lo demás ignoro
No solamente ignoro eso
sino que jamás he sabido en qué momento
mi tía o yo recaemos
¿cómo rehabilitarnos entonces si a lo mejor no hemos recaído todavía
y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados?
Tía, no será esa la respuesta ahora que lo pienso...
Hagamos una cosa:
Usted se rehabilita y yo la observo
varios días seguidos
digamos, una rehabilitación continua
usted está todo el tiempo rehabilitándose y yo la observo
o al revés si prefiere
pero a mí me gustaría que empezara usted
porque soy modesto y buen observador
de esa manera si yo recaigo en los intervalos de mi rehabilitación
mientras usted no le da tiempo a la recaída
y se rehabilita como en un cine continuado
al cabo de poco nuestra diferencia será enorme
Usted estará tan por encima que dará gusto
entonces yo sabré que el sistema ha funcionado
y empezaré a rehabilitarme furiosamente
pondré el despertador a las tres de la mañana
suspenderé mi vida conyugal
y las demás recaídas que conozco
para que, sólo queden las que no conozco
y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra vez juntos tía
y será tan hermoso decir...
"Ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado
el mío todo de frutilla
y el de usted con chocolate y un bizcochito."


Julio Cortázar.

domingo, 26 de enero de 2014

Devolver a la naturaleza un poco de lo que se recibe de ella...La ternura de los mas desfavorecidos
Abrir

La Ultraderecha Europea baila en Viena protegida por la Policía de lindignación Ciudadana

La Ultraderecha Europea baila en Viena protegida por la Policía de lindignación Ciudadana
domingo, 26 de enero de 2014 0:47
Viena (Austria): Baile de nazis condenado en protestas masivas
(Videos y fotos)
X Klaus Koch WEBGUERRILLERO · by el webguerrillero · January 25, 2014

Miles de personas han participado en las protestas antifascistas en Viena contra el "Akademikerball" un baile nazi anual con la presencia de los líderes de la extrema derecha internacional.


Los manifestantes se oponen al partido de la oposición derechista de Austria (FPOE) celebrando su anual "Baile de Académicos" en el palacio imperial Hofburg de Vienna.

El baile ha atraído en los últimos años muchos personalidades de la extrema derecha internacional, como el líder del Frente Nacional francés Marine Le Pen.

La policía dijo que unas 6.000 personas salieron a las calles para protestar contra el evento del viernes.

Gran parte de la ciudad vieja de Viena ha sido cerado por la policia para evitar los antifascistas se acercan al evento.

Despues de que los manifestantes intentaban romper el cordon de los autoridades varias personas resultaron heridas por la represion policial.

Los periodistas tambien criticaron la policía para declarar partes de la zona de la protesta, fuera de límites para los medios de comunicación.

Natascha Strobl, una portavoz del grupo antifascista "Offensive Gegen Rechts" (ofensiva contra la derecha), dijo a la agencia de noticias AFP que la manifestación era "la mayor reunión de la extrema derecha de élite de Europa".

La organización "Jetzt Zeichen setzen!" (Tome un soporte ahora!), que hace campaña contra  el olvido de las víctimas del nazismo, publicó una carta abierta este mes en contra del baile firmada por seis sobrevivientes del Holocausto.

El baile ha atraído críticas adicionales este año, ya que se llevó a cabo en la misma fecha del "Día del Holocausto". Sin embargo, los organizadores nazis dijeron que la actividad siempre se celebra el último viernes de enero.










Con  informacion de la agencia de noticias AFP y la BBC
La ultraderecha europea baila en Viena protegida por la policía

por Roger Suso

Varios jóvenes protestan contra el baile de la ultraderecha, a las puertas del palacio Hofburg, en Viena. Ronald Zak | AP
El Baile de las Corporaciones (WKR en sus siglas alemanas), re-denominado desde 2013 Baile de las Academias, reúne anualmente a unos 3.000 participantes, vestidos con la parafernalia de la fraternidad, con frac o hasta con uniformes militares viejos, bailando vals, polonesas y danzas en grupo.
El Hofburg fue durante siglos el Palacio Imperial de Viena. La residencia en la capital austríaca de la dinastía de Habsburgo. Un edificio barroco majestuoso. Sus salas están decoradas con mármoles preciosos, vasos de porcelana de Sèvres y adornos de oro y plata.
Sus jardines conforman la Heldenplatz, la plaza de los Héroes, un lugar coronado por las estatuas de los jefes militares Eugenio de Saboya y el archiduque Carlos de Austria-Teschen, y donde en 1938, Adolf Hitler anunció la anexión de Austria al Tercer Reich alemán.
En la sala grande de ceremonias, de altas paredes y lámparas colgantes, se celebra desde 1952 el llamado Baile de las Corporaciones, un acto en el cual y participan hombres y mujeres que provienen de unas asociaciones estudiantiles de larga tradición en los países germanófilos, Alemania, Austria y Suiza, llamadas Studentenverbindung.
Estas asociaciones reúnen a un grupo amplio y variado de colectivos y fraternidades de estudiantes graduados -que fueron activos durante su época en la universidad- que se dedican a promover actividades, tertulias, deportes, catas de cervezas, bailes y actividades tradicionales.
Una de las características principales de estas fraternidades es que sus miembros visten una cinta desde el hombro derecho hasta la cadera izquierda con el escudo de armas de la fraternidad y un signo de admiración (!), un couleur, una gorra con los colores de la cinta con visera de marinero negro, y a veces sin.
Cada Studentenverbindung, también llamadas corporaciones, tiene sus propios colores. Aun así, estas fraternidades estudiantiles destacan por sus tics conservadores, patriotas, cristianos e incluso fascistoides y abiertamente racistas.
Algunas, incluso, sólo aceptan a hombres alemanes blancos que hayan realizado el servicio militar. Otra característica identificativa de las fraternidades es la práctica del mensur, un combate de esgrima con un sable o un florete afilado.
Los participantes pueden resultar heridos. Durante la primera mitad del siglo XX, las cicatrices en la cara resultantes del mensur eran consideradas como una señal de honor, de valentía y hasta de excelencia en el ámbito académico.
Hoy todavía se ven. Estos bailes de ultraderechistas en el Hofburg vienés figuran en la lista de bienes culturales de Austria y, desde el año 2012, como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad por la UNESCO.
Encuentro neofascista
El Baile de las Corporaciones (WKR en sus siglas alemanas), re-denominado desde 2013 Baile de las Academias, reúne anualmente a unos 3.000 participantes, vestidos con la parafernalia de la fraternidad, con frac o hasta con uniformes militares viejos, bailando vals, polonesas y danzas en grupo. El acto se organiza siempre el último fin de semana de enero. Lo organiza, ahora ya oficialmente, desde la edición de 2012, la formación ultraderechista Partido Liberal de Austria (FPÖ), que lidera Heinz-Christian Strache y que en septiembre de 2013 aumentó un 4% sus votos a las elecciones legislativas respecto a las anteriores de 2008. Fueron las terceras elecciones consecutivas en las que la formación xenófoba, chovinista y islamofóbica FPÖ aumentó su número de votos. Durante los últimos años, el baile se ha convertido en el punto de encuentro prioritario de los partidos de extrema derecha e identitarios europeos. Especialmente, de las élites pos-nazis. Un acto de glamour, en el cual estas élites hacen networking, forjan alianzas y ligan apoyos logísticos. Y en la edición de este año, con las elecciones europeas en el horizonte, el acto será un gran aquelarre identitario. Con la celebración avanzada de los resultados electorales del FPÖ y el nuevo partido populista de derechas teutón Alternativa por Alemania (AfD). Un brindis de pangermanismo reaccionario.
En las últimas convocatorias han participado: Strache como anfitrión; y como invitados VIP: Marine Le Pen, líder del Frente Nacional (FN) francés; Bruno Gollnisch, también del FN; Matthias Faust, miembro del partido neonazi alemán NPD; Markus Beisicht, líder de Pro Colonia, la facción local de Pro Alemania, un partido nacional-chovinista y anti-inmigración formado por antiguos neonazis del NPD; Kent Ekeroth, del partido ultraderechista Demócratas Suecos (SD); el líder, Filip Dewinter y el eurodiputado, Philip Claeys, de la formación flamenca Vlaams Belang; Aleksandr Dugin, ideólogo del nacional-bolcheviquismo ruso, y el millonario ultraderechista sueco-alemán Patrik Brinkmann, ex-militante de un partido neonazi alemán, empresario minero con la compañía Wiking Mineral y uno de los principales mecenas económicos de la extrema derecha europea a través de su fundación ubicada en la población de Jönköping, Kontinent Europa Stiftung. Brinkmann es uno de los responsables del reemplazo del antisemitismo tradicional por la actual islamofóbia en muchas formaciones ultraderechistas. En el año 2010, los dirigentes de Plataforma por Cataluña (PxC) Josep Anglada y Enrique Ravello (ex-CEDADE y ex-Movimiento Social Republicano y autor de frases cómo: “los inmigrantes son un gran problema; es una cuestión de raza”) fueron invitados al Baile por Harald Vilimsky, secretario general del FPÖ. Preguntados por si PxC participará en la edición de este año, la formación ha declinado hacer declaraciones. Ni lo admite ni lo desmiente. En cambio sí que estarán presentes representantes del FN, de AfD, de SD, de la Liga Norte italiana, de Vlaams Belang, del neerlandés Partido por la Libertad (PVV) de Geert Wilders y del partido búlgaro Ataka, un partido anti-gitano, anti-turco y islamofóbico que lidera Volen Siderov.
El modelo de Hamburgo
A las puertas del Hofburg, miles de personas, entre 5.000 y 7.000, se han concentrado en los últimos años paraprotestar por la celebración de este acto. Este año muchas volverán a repetir. La manifestación está convocada, independientemente, por grupos antifascistas y partidos políticos como el comunista, el verde y el socialdemócrata, y sindicatos, grupos luteranos y judíos. En la concentración de rechazo participan también colectivos antifascistas llegados en bus de toda Austria, Alemania, Suiza y Eslovaquia. En la edición de 2013, varios accesos al Hofburg fueron bloqueados por los manifestantes y varios asistentes al baile fueron manchados con pintura de colores. Centenares de policías se encargaron, con los antidisturbios, de permitir el paso a los asistentes al baile.
Con este precedente y con el antecedente de la “zona de peligro” de hace unas semanas en Hamburgo, que supuso un toque de queda encubierto en tres barrios de la ciudad durante nueve días y unos competencias especiales a la policía para parar, identificar y detener arbitrariamente a cualquier persona que “desafiara” la “zona de peligro”, la policía vienesa, y por petición expresa del FPÖ, ha decidido cortar el tráfico y sellar una amplia área del Distrito 1 de Viena -nombre como se conoce el centro histórico de la ciudad- y adoptar un reglamento, que establece que desde el viernes 24 de enero a las 15 horas hasta domingo a las 3 horas, cualquier persona que esté en el espacio público del Distrito 1 puede ser identificada y tiene que ir con la cara descubierta. Una medida que puede ser ampliada ad hoc a otros distritos. Bajo gélidas temperaturas invernales, la policía se ha auto-otorgado la potestad de retirar bufandas o cualquier otro utensilio de invierno, al vecindario y a los manifestantes, bajo el pretexto de que esto sirve para ocultar la identidad y provocar disturbios.
Como denuncia Elisabeth Litwak, portavoz de la alianza antifascista que convoca una de las manifestaciones, “la medida, aparte de anular derechos básicos como el de manifestación, reunión y libertad, criminaliza la protesta antifascista e impide a las manifestantes concertarse cerca del Hofburg”. “Nos venden un decreto de emergencia que pone bajo sospecha general de actividades ilegales a cualquier persona que se manifieste contra la ultraderecha y los filonazis” enfatiza Litwak, mientras que “los profesionales de la agitación racista se reúnen en espacios públicos custodiados con dinero público”. En 2012, cuando la balada coincidió con la conmemoración del Día de la Memoria del Holocausto, el 27 de enero, Strache llegó a comparar, frivolizando, las manifestaciones en contra del baile con la persecución de los judíos por los nazis. “Quién incumpla las medidas policiales y acceda en la zona restringida, se expone a una multa de 500 euros o a dos semanas de prisión a régimen abierto”, admite Litwak.

http://www.lamarea.com/2014/01/24/la-ultraderecha-europea-baila-en-viena-protegida-por-la-policia/
WEBGUERRILLERO · by el webguerrillero · January 25, 2014
El juez Gavilán ‘se inventó’ un artículo del Código Penal en su instrucción contra Elpidio Silva
domingo, 26 de enero de 2014 1:16

sábado, 25 de enero de 2014

MIS ESCRITOS

La IGM en España: aliadófilos, germanófilos y un sueño

La IGM en España: aliadófilos, germanófilos y un sueño


Una de las más acendradas
costumbres de esta España que nos ha tocado en suerte es la de que
siempre tiene que haber dos bandos que se lleven a la greña: del Madrid o
del Barça, de Manolete o de Belmonte, rojos o azules, con cebolla o sin
cebolla...
La costumbre viene de antiguo y por ello, cuando el gobierno de don Eduardo Dato
decide declararse neutral ante el estallido de la Primera Guerra
Mundial, inmediatamente se formaron dos bandos enfrentados: los
aliadófilos y los germanófilos.


Cuando un 28 de junio, en Sarajevo, el heredero del imperio Austrohúngaro, Francisco Fernando, y su esposa la duquesa de Hohenberg, eran abatidos por Gavrilo Princip tras sobrevivir a un primer intento perpetrado por Nedeljko Čabrinović,
ambos anarquistas miembros de una sociedad secreta, bosnios y, como
tales, súbditos austriacos aunque de raza serbia (bonito lío de
nacionalidades), España era un país destrozado económica, social y
militarmente. Por eso la decisión de Dato fue acertada aunque, como
siempre, al final lo estropeásemos.


Neutralidad ‘aliada’


He leído por ahí que las potencias, en general, no tenían demasiado
interés en que España entrase en el conflicto o, dicho de otro modo, que
tenían especial interés en que se mantuviese neutral. Me permito
discrepar. Del campo aliado empezaron pronto las presiones para que nos
implicásemos directamente en la contienda. Especialmente de Francia,
nuestro vecino. Curiosa es una carta, datada en noviembre de 1914, muy
extensa, de un tal Louis Charles de Freycinet
(nada que ver con el cava) y que se autodenomina  como “un hombre de
Estado francés, demasiado viejo para ser útil a su patria en el campo
activo” (la traducción es mía). En ella da toda clase de razones para no
quedarnos fuera de la guerra e, incluso, llega a caer en la adulación
mas descarada cuando pide al presidente una aportación de cincuenta o
cien mil hombres, calificándola de una ayuda preciosa “dado el valor de
la nación española” (las mayúsculas son suyas y la traducción vuelve a
ser mía). Pero el gobierno se mantiene firme y cada vez que una potencia
declara su entrada en el conflicto, en la Gaceta se publica la neutralidad española.


Romanones dejó de remar contracorriente, pero Lerroux siguió nadando en aguas pantanosas.


Pues bien, apenas pasados unos días desde dicha declaración de
neutralidad (agosto de 1914), empieza el fuego, esta vez amigo, contra
tal decisión y así, en el Diario Universal se publica un editorial, sin firma pero que todo el mundo atribuye sin el menor género de duda a Romanones, en el que se propugnaba la alineación con los aliados. El editorial se intitulaba Neutralidades que matan. Hay que reconocer que el título lo dice todo.


Pues si éste era fuego amigo, de los corresponsables de gobierno junto con Dato, desde el otro bando tampoco se callaba y así Lerroux,
por aquel entonces del Partido Republicano Radical, se expresaba
también su orientación aliadófila “junto a las democracias
occidentales”. Si bien Romanones aprendió pronto y dejó de remar contra
corriente, al ver como el gobierno en pleno y el Rey eran unánimemente
proclives a la neutralidad, Lerroux siguió nadando en aguas pantanosas
defendiendo se diesen facilidades a la exportación de ganado mular a
Francia por sus necesidades en el conflicto. El listo abogado ya
apuntaba maneras en el tratar de obtener beneficios personales de
asuntos públicos, hasta que años más tarde se viera salpicado por el asunto del estraperlo que ya comentamos en este mismo foro.


El dilema del Rey


La disputa entre ambos bandos, afortunadamente nada bélica aunque
belicista, quedaba obviamente en apasionados debates dialécticos. Aunque
no se vayan a creer que quedaba en la calle, los cafés o en los
círculos periodísticos y políticos. Hasta el propio monarca tenía el
conflicto en su propia casa: la Reina Madre era austriaca y, en su
consecuencia, era proclive a los intereses de las potencias
centroeuropeas, mientras que la Reina consorte era inglesa y, por ende,
sus hermanos luchaban en las filas de la Entente (de hecho uno de ellos
moriría en las trincheras de Bélgica). Don Alfonso tuvo
que bregar con la incómoda situación “doméstica” a la par que
desarrollaba una ingente labor humanitaria. El Palacio Real se había
convertido, en una feliz expresión de un amigo personal del Rey, “en una
Cruz Roja en miniatura”. Las estadísticas sobre su labor son harto
elocuentes: 5.000 peticiones de repatriación de heridos graves, 25.000
investigaciones familiares en los territorios ocupados, 4.000 cartas
diarias en el correo. Su labor fue ensalzada por la Sorbona parisina,
así como por el arzobispo de Malinas. Justo es que se lo reconozcamos
nosotros también.


El Gobierno, y el propio Rey, sí tenían un sueño a lograr mediante la neutralidad: el convertirse en árbitros de una futura paz.


Como queda dicho, las disputas quedaron en el ámbito dialéctico. Decía García Venero que “el gran gendarme de la neutralidad era el pueblo, pese a las filias y a las fobias. Morir por Guillermo II, la Tercera República Francesa, Jorge V, Francisco José o Nicolás II
no era apetecible para la mayoría absoluta de los españoles”. Dicho en
román paladino, que nos importaba un ardite el asunto, habida cuenta de
los problemas patrios, que ya eran bastantes y asaz graves como para
mantenernos ocupados.


Pero el Gobierno, y el propio Rey, sí tenían un sueño a lograr
mediante la neutralidad: el convertirse en árbitros de una futura paz.
Dicho sueño se contiene en una misiva que el propio Dato enviara a Maura
y en la que se puede leer “¿No serviríamos mejor, a los unos y a los
otros, conservando nuestra neutralidad, para tremolar un día la bandera
blanca y reunir, si tanto alcanzáramos, una Conferencia de Paz en
nuestro país, para que pusiera término a la presente lucha? Para eso
tenemos linaje y autoridad moral, y quién sabe si a ello seremos
requeridos”. Bonito sueño que quedó en quimera, pero ahí quedaron los
beneficios para la economía del país, desaprovechados luego con el
espiral especulativo post-bélico, y la gran imagen de la monarquía
española en aquel momento.

Albert Camus, ese maldito Teresa González Cortés (27-12-2013) Versión para impresión Enviar a un amigo 30 comentarios aumentar tamaño del texto reducir tamaño del texto anterior siguiente Últimos posts 24.01.2014 Los políticos son el problema 10.01.2014 1914 13.12.2013 “PISA, ¡zas!, en toda la cara" Tenía miedo de romper sus zapatos cuando jugaba al fútbol. No es para menos, Camus siempre supo lo que era vivir en el seno de una familia que, carente de recursos económicos, había quedado rota por la ofensiva bélica (su padre de origen alsaciano murió en las trincheras de la Iª Guerra Mundial, en la batalla del Marne, cuando él no contaba con un año de edad). Educado entre su abuela y una madre analfabeta y casi sorda, él admiraba la enorme fortaleza de Catherine Sintes, una mujer “escandalosamente pobre”, como así la define la hija de Camus. Trabajadora incansable, Catherine Sintes limpiaba casas para sacar adelante a la familia. No obstante y a pesar de estas circunstancias, Albert Camus (1913-1960) conocería la dicha de la gratitud, la fortuna de la lucha y el gozo del optimismo en los lazos de la solidaridad. Y ante los esfuerzos colosales de su madre, admitió que sentía pertenecer “a un noble linaje”. Cerca de los parias, de ellos aprendió la humildad y reivindicó la esperanza. Y no solo eso. Camus intentó no caer en los peligros de los artificios, en los riesgos de una inteligencia embustera. De ahí que él no deseara para su país “ninguna forma de grandeza, ni la de la sangre ni la de la mentira” porque, en su opinión, la grandeza era una invención que genera soberbia y fanatismo. Una cosa más. Él no fue un intelectual complaciente con el poder ni un sabio alambicado, cosa que algunos le reprochan. Y es que, a diferencia de la mayoría, Camus buscó calmar su sed en las aguas de la duda saludable y lejos, igual que hizo el viejo Pirrón, de los desiertos de la intolerancia. Es más, por su compromiso con la verdad, se empeñó en retratar la carnalidad de la existencia y quiso en sus escritos periodísticos, novelísticos y… filosóficos dar testimonio sin censuras ni equívocos, de las desdichas, de los dolores, de la muerte de las personas reales. Quizá por eso, diría Camus, “no estoy hecho para la política porque soy incapaz de desear o de aceptar la muerte del adversario”. Filósofo “maldito” Desde la vida que reivindica la vida nacía su hondo antiescolasticismo. Y de la salvaguardia incondicional de la vida brotaba ese genial inconformismo ockhamista suyo que le conducía a refutar las ideologías de las avanzadillas. Y a escapar de la “hýbris”, de la desmedida de los Savonarolas de su época. Y si su actitud, analíticamente desconfiada y brutalmente lúcida, llegó a provocar ríos de incomprensión, de discrepancia entre sus contemporáneos, con su ensayo El hombre rebelde (1951) Camus sería convertido en un “extranjero”, en un filósofo incómodo, “maldito”, por haberse atrevido a desvelar las tiranías que esconde el nacionalismo. Divergiendo de los intelectuales de referencia, Albert Camus (que había abandonado en 1937 el Partido Comunista francés justo cuando todo el mundo se afiliaba a él) no silenció la vergüenza del pacto germano-soviético. Tampoco los asesinatos que ejecutaban los líderes del marxismo-stalinismo. Y por exponer esta sumarísima verdad era expulsado, cual hereje, del “Grupo de Saint Germain”, liderado por Sartre. Éste responde a su antiguo amigo en la revista Temps Modernes (agosto de 1952, nº 82). Y en su artículo Los comunistas y la paz argumenta a favor de la política de Stalin y declara, en clara alusión a Camus, que “un anticomunista es un perro”. Recordemos que Sartre opinaba que “no hay que despertar a Billancourt”, frase con la que hacía hincapié en no facilitar a la clase obrera evidencias de los campos de concentración en la U.R.S.S. Disidente, distante y distinto, a contracorriente, Albert Camus no queda atrapado en la falacia de perpetrar el mal para conseguir el bien. Y es que Camus tiene a su favor oponerse a las jaulas ideológicas de la filosofía y no acepta la incoherencia de pretender edificar una sociedad de ideales absolutos a partir del sufrimiento de mujeres y hombres. Esto explica por qué, en su antiplatonismo, critica con dureza implacable los grandes sistemas filosóficos de su época (existencialismo, marxismo, nazismo, fascismo, colonialismo…) y no tanto por el carácter inmutable que arrostran esas teorías a la hora de entender la Historia, que también, cuanto sobre todo porque en todas esas concepciones los individuos son transformados en marionetas y, por ende, sacrificados en el altar de las ideologías. Opuesto a los “ismos”, a Camus sólo le interesa el camino de la dignidad, no la artimaña de esconder y justificar las desdichas de los seres humanos bajo la tela de “conceptos-bandera”. Pensamiento de “encrucijada” Camus es un hombre solidario, un pensador independiente, un filósofo de la frontera que desde su percepción del poder advirtió los abusos que se cometen en nombre de la Ley y la Justicia. Y tal es su “engagement” o su compromiso con el ser humano que, en la perspectiva de ese argelino francés por el que corría sangre española, la vida lo baña todo. Y él que había luchado en la “Resistencia” será quien pida clemencia por el escritor “colaboracionista” R. Brasillach, sentenciado a muerte en 1945. Muchos destacan la luminosidad incluso nietzscheana de su “pensée du midi” o de su exaltación a la vida mediterránea del “sur”. Yo de Camus prefiero rescatar ese pensamiento suyo de “encrucijada” arriesgado y prometeico que jamás se deja embriagar con las cumbres de la alta política ni enredar en los juegos dialécticos de la farsa filosófica. Ni víctimas ni verdugos Difícil de entender en un mundo arrastrado por la ilógica, Camus se enfrentó a la oscuridad del miedo, viniera del lado de donde vinera, y abogó, una vez estallado el conflicto colonial de Argelia (1954-1962), por la paz, por la prudencia, por el federalismo, por la generosidad política de ambas partes, por la política de integración, por ayudar a conceder medidas de gracias a los argelinos condenados a muerte, por restablecer, en suma, la concordia ciudadana. Sin tibiezas, y en desacuerdo con ambos bandos, reprendió el uso de la tortura, la instrumentalización del asesinato colectivo en las estrategias militares de Francia. Pero igualmente criticó la caída al absurdo de ciertos grupos argelinos que recurrían al terrorismo como puerta de salvación. Su postura rebelde, poco dada a los cajones de sastre, nunca fue grata: en Francia era considerado sospechosamente “africano”. En Argelia, su tierra de nacimiento, se le tipificaba “pied-noir”, francés residente en Argelia que encarna el espíritu colonial de los conquistadores. En ambos lados, Camus fue tachado de indiferente a la causa nacionalista. Sin embargo, Camus cuya única posición fue la defensa de la vida se aleja de cualquier legitimación de la violencia. Y rehuyendo los lugares comunes de la discusión política rompió y destrozó los clichés al uso. Es más, como el célebre filósofo pacifista Pierre-Joseph Proudhon, no se dejó llevar por el derramamiento de sangre que conllevan las batallas ideológicas. De ahí que no encontrara justificación alguna a la guerra brutal ejercida por las fuerzas del Estado. De ahí, asimismo, que privara a las tácticas fascistas del F.L.N. de cualquier validez. Contra la guerra Incomprendido y difícil de comprender en un siglo, el siglo XX, lleno de guerras y odios causados por los nacionalismos, un 12 de diciembre de 1957 sus palabras levantarían polvareda en la Maison des étudiants de Estocolmo en el momento en que él, Albert Camus, a raíz de la obtención del Premio Nobel de Literatura, responde tras ser preguntado por Argelia: “He condenado siempre el terror. Debo condenar también el terrorismo que se ejerce ciegamente en las calles de Argelia, por ejemplo, y que un día puede herir a mi madre o a mi familia. Creo en la justicia, pero yo defenderé a mi madre antes que a la justicia”. Ya lo había señalado dos días antes durante su discurso de recepción del Premio Nobel: el rol del escritor “por definición no puede ponerse hoy al servicio de los que hacen la historia: está al servicio de los que la sufren. [… ] Sean cuales sean nuestros defectos personales, la nobleza de nuestro oficio siempre echará raíces en dos compromisos difíciles de mantener: la negativa a mentir sobre lo que se sabe y la resistencia a la opresión”.

Albert Camus, ese maldito
Teresa González Cortés (27-12-2013)
Tenía miedo de romper sus zapatos cuando jugaba al fútbol. No es para menos, Camus siempre supo lo que era vivir en el seno de una familia que, carente de recursos económicos, había quedado rota por la ofensiva bélica (su padre de origen alsaciano murió en las trincheras de la Iª Guerra Mundial, en la batalla del Marne, cuando él no contaba con un año de edad). Educado entre su abuela y una madre analfabeta y casi sorda, él admiraba la enorme fortaleza de Catherine Sintes, una mujer “escandalosamente pobre”, como así la define la hija de Camus. Trabajadora incansable, Catherine Sintes limpiaba casas para sacar adelante a la familia. No obstante y a pesar de estas circunstancias, Albert Camus (1913-1960) conocería la dicha de la gratitud, la fortuna de la lucha y el gozo del optimismo en los lazos de la solidaridad. Y ante los esfuerzos colosales de su madre, admitió que sentía pertenecer “a un noble linaje”.
Cerca de los parias, de ellos aprendió la humildad y reivindicó la esperanza. Y no solo eso. Camus intentó no caer en los peligros de los artificios, en los riesgos de una inteligencia embustera. De ahí que él no deseara para su país “ninguna forma de grandeza, ni la de la sangre ni la de la mentira” porque, en su opinión, la grandeza era una invención que genera soberbia y fanatismo.
Una cosa más. Él no fue un intelectual complaciente con el poder ni un sabio alambicado, cosa que algunos le reprochan. Y es que, a diferencia de la mayoría, Camus buscó calmar su sed en las aguas de la duda saludable y lejos, igual que hizo el viejo Pirrón, de los desiertos de la intolerancia. Es más, por su compromiso con la verdad, se empeñó en retratar la carnalidad de la existencia y quiso en sus escritos periodísticos, novelísticos y… filosóficos dar testimonio sin censuras ni equívocos, de las desdichas, de los dolores, de la muerte de las personas reales. Quizá por eso, diría Camus, “no estoy hecho para la política porque soy incapaz de desear o de aceptar la muerte del adversario”.
Filósofo “maldito”
Desde la vida que reivindica la vida nacía su hondo antiescolasticismo. Y de la salvaguardia incondicional de la vida brotaba ese genial inconformismo ockhamista suyo que le conducía a refutar las ideologías de las avanzadillas. Y a escapar de la “hýbris”, de la desmedida de los Savonarolas de su época. Y si su actitud, analíticamente desconfiada y brutalmente lúcida, llegó a provocar ríos de incomprensión, de discrepancia entre sus contemporáneos, con su ensayo El hombre rebelde (1951) Camus sería convertido en un “extranjero”, en un filósofo incómodo, “maldito”, por haberse atrevido a desvelar las tiranías que esconde el nacionalismo.
Divergiendo de los intelectuales de referencia, Albert Camus (que había abandonado en 1937 el Partido Comunista francés justo cuando todo el mundo se afiliaba a él) no silenció la vergüenza del pacto germano-soviético. Tampoco los asesinatos que ejecutaban los líderes del marxismo-stalinismo. Y por exponer esta sumarísima verdad era expulsado, cual hereje, del  “Grupo de Saint Germain”, liderado por Sartre. Éste responde a su antiguo amigo en la revista Temps Modernes (agosto de 1952, nº 82). Y en  su artículo Los comunistas y la paz argumenta a favor de la política de Stalin y declara, en clara alusión a Camus, que “un anticomunista es un perro”.  Recordemos que Sartre opinaba que “no hay que despertar a Billancourt”, frase con la que hacía hincapié en no facilitar a la clase obrera evidencias de los campos de concentración en la U.R.S.S.
Disidente, distante y distinto, a contracorriente, Albert Camus no queda atrapado en la falacia de perpetrar el mal para conseguir el bien. Y es que Camus tiene a su favor oponerse a las jaulas ideológicas de la filosofía y no acepta la incoherencia de pretender edificar una sociedad de ideales absolutos a partir del sufrimiento de mujeres y hombres. Esto explica por qué, en su antiplatonismo, critica con dureza implacable los grandes sistemas filosóficos de su época (existencialismo, marxismo, nazismo, fascismo, colonialismo…) y no tanto por el carácter inmutable que arrostran esas teorías a la hora de entender la Historia, que también, cuanto sobre todo porque en todas esas concepciones los individuos son transformados en marionetas y, por ende, sacrificados en el altar de las ideologías. Opuesto a los “ismos”, a Camus sólo le interesa el camino de la dignidad, no la artimaña de esconder y justificar las desdichas de los seres humanos bajo la tela de “conceptos-bandera”. 
Pensamiento de “encrucijada”
Camus es un hombre solidario, un pensador independiente, un filósofo de la frontera que desde su percepción del poder advirtió los abusos que se cometen en nombre de la Ley y la Justicia. Y tal es su “engagement” o su compromiso con el ser humano que, en la perspectiva de ese argelino francés por el que corría sangre española, la vida lo baña todo. Y él que había luchado en la “Resistencia” será quien pida clemencia por el escritor “colaboracionista” R. Brasillach, sentenciado a muerte en 1945.
Muchos destacan la luminosidad  incluso nietzscheana de su “pensée du midi” o de su exaltación a la vida mediterránea del “sur”. Yo de Camus prefiero rescatar ese pensamiento suyo de “encrucijada” arriesgado y prometeico que jamás se deja embriagar con las cumbres de la alta política ni enredar en los juegos dialécticos de la farsa filosófica.
Ni víctimas ni verdugos
Difícil de entender en un mundo arrastrado por la ilógica, Camus se enfrentó a la oscuridad del miedo, viniera del lado de donde vinera, y abogó, una vez estallado el conflicto colonial de Argelia (1954-1962), por la paz, por la prudencia, por el federalismo, por la  generosidad política de ambas partes, por la política de integración, por ayudar a conceder medidas de gracias a los argelinos condenados a muerte, por restablecer, en suma, la concordia ciudadana.
Sin tibiezas, y en desacuerdo con ambos bandos, reprendió el uso de la tortura, la instrumentalización del asesinato colectivo en las estrategias militares de Francia. Pero igualmente criticó la caída al absurdo de ciertos grupos argelinos que recurrían al terrorismo como puerta de salvación. Su postura rebelde, poco dada a los cajones de sastre, nunca fue grata: en Francia era considerado sospechosamente “africano”. En Argelia, su tierra de nacimiento, se le tipificaba “pied-noir”, francés residente en Argelia que encarna el espíritu colonial de los conquistadores. En ambos lados, Camus fue tachado de indiferente a la causa nacionalista.
Sin embargo, Camus cuya única posición fue la defensa de la vida se aleja de cualquier legitimación de la violencia. Y rehuyendo los lugares comunes de la discusión política rompió y destrozó los clichés al uso. Es más, como el célebre filósofo pacifista Pierre-Joseph Proudhon, no se dejó llevar por el derramamiento de sangre que conllevan las batallas ideológicas. De ahí que no encontrara justificación alguna a la guerra brutal ejercida por las fuerzas del Estado. De ahí, asimismo, que privara a las tácticas fascistas del F.L.N. de cualquier validez.
Contra la guerra
Incomprendido y difícil de comprender en un siglo, el siglo XX, lleno de guerras y odios causados por los nacionalismos, un 12 de diciembre de 1957 sus palabras levantarían polvareda en la Maison des étudiants de Estocolmo en el momento en que él, Albert Camus, a raíz de la obtención del Premio Nobel de Literatura, responde tras ser preguntado por Argelia: “He condenado siempre el terror. Debo condenar también el terrorismo que se ejerce ciegamente en las calles de Argelia, por ejemplo, y que un día puede herir a mi madre o a mi familia. Creo en la justicia, pero yo defenderé a mi madre antes que a la justicia”.
Ya lo había señalado dos días antes durante su discurso de recepción del Premio Nobel: el rol del escritor  “por definición no puede ponerse hoy al servicio de los que hacen la historia: está al servicio de los que la sufren. [… ] Sean cuales sean nuestros defectos personales, la nobleza de nuestro oficio siempre echará raíces en dos compromisos difíciles de mantener: la negativa a mentir sobre lo que se sabe y la resistencia a la opresión”.
MIS ESCRITOS

Ella es.

Marga Canalejo     Ella es, ante todo y sobre todo una profesional, y sabe....que los globos son, sólo eso, Globos. Blufh$$$$ que, o bien ...

Translate